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De la cuna colgada al retrato con un fusil o con cara asustada: una muestra recupera cómo era ser niño en el siglo XIX

Niños hubo siempre. Pero ¿cómo era ser niño en el siglo XIX? La respuesta no fue –ni es aún– fácil de responder. ¿Qué testimonios quedan de aquella época? ¿Cómo reconstruir la vida de los más chicos? ¿Cómo era la dinámica familiar a partir de la llegada de un bebé y a medida que iba creciendo? Con estas preguntas como disparadores, Eleonora Jaureguiberry, secretaria de Cultura y Ciudad de San Isidro, empezó una minuciosa investigación sobre un tema que siempre le intrigó y del que aún escasea información.

Lo que ella y su equipo encontraron a partir de fotografías, ambrotipos, daguerrotipos, archivos, libros de historia o diarios de época se plasmó ahora en (infancia)s, una muestra que hasta el 11 de diciembre se puede ver en el Museo Pueyrredón –el museo que se dedica sobre todo al siglo XIX– con entrada gratuita.

Si como plantea Jaureguiberry, curadora general de esta iniciativa, “se trata de una muestra que genera más preguntas que respuestas”, entonces lo primero antes de recorrer la primera de las tres salas de esta exposición es saber por qué ese título, (infancia)s, o más bien, por qué planteado de esa forma, como una fórmula matemática, entre paréntesis y elevado a una potencia, en este caso, a una letra, la “s”, la que, en general, es marca de plural. Precisamente: “Ponemos el acento en lo plural, en potenciar las infancias”, explica Cecilia Lebrero, a cargo de la producción.

"(infancias)s". Se titula así porque pone el acento en lo plural y en potenciar las infancias. Foto Constanza Niscovolos
"(infancias)s". Se titula así porque pone el acento en lo plural y en potenciar las infancias. Foto Constanza Niscovolos

La muestra, que da cuenta de los cambios producidos a fines de ese siglo con la llegada masiva de inmigrantes, el fortalecimiento del Estado nacional, la educación obligatoria, el avance higienista y la figura del niño como sujeto de derechos, está compuesta por unas setenta imágenes, en gran mayoría de colecciones privadas.

También está formada por una docena de pinturas de notables pintores del siglo XIX, como Cándido López, Ángel della Valle, Prilidiano Pueyrredón, Gaetano Gallino, Benjamín Franklin Rawson, Fernando García del Molino, Juan León Pallière, Henri Gavier y otros. Y tiene como objetivo pensar y repensar las infancias de antes y de ahora a partir del origen social, el entramado familiar, la ascendencia étnica y el género. 

Primer impacto visual: una cuna –especie de pequeña hamaca paraguaya–, colgada a un metro y medio del piso. Vendrá luego el impacto sonoro: en la sala se escuchan a repetición canciones de cuna. ¿Los bebés dormían ahí arriba? ¿Colgados? ¿No se caían? Lo que se sabe es que dormían así, lejos del piso, para que no se los comieran o mordieran los ratones, las alimañas, los perros o cualquier otro animal.

Primer impacto visual: una cuna –especie de pequeña hamaca paraguaya–, colgada a un metro y medio del piso. Gentileza
Primer impacto visual: una cuna –especie de pequeña hamaca paraguaya–, colgada a un metro y medio del piso. Gentileza

Aún con sus cambios y diferencias, dormir al niño parece ser lo que perdura hasta nuestros días, el arrorró, el arrullar al pequeño para calmarlo, para espantar el miedo a la oscuridad y “al cuco” y que concilie el sueño. Para futuras muestras sobre el dormir de los niños del siglo XXI, lo más frecuente en la actualidad es practicar el colecho, compartir cama con padres y hermanos.

“Esta muestra nos permite mostrar que en el llamado largo siglo XIX, que va de 1789 a la Primera Guerra Mundial, había muchas infancias, que muchas situaciones cambiaron respecto de la mirada actual, pero también que hay permanencias, como las aspiraciones y expectativas que los adultos depositamos en nuestros hijos. Es una exhibición que también nos permite comprender cómo los cambios a nivel social, político y organizacional generan enormes impactos en la vida privada y pública, y en nuestros modos de estar en el mundo”, explica Jaureguiberry.

La cuna colgada, lejos del piso. Foto Constanza Niscovolos
La cuna colgada, lejos del piso. Foto Constanza Niscovolos

Ya sin música, en la segunda sala, se disponen tres vitrinas, con fotos, retratos, objetos y daguerrotipos, y algunos cuadros, que representan a un adulto con un niño (padre, madre, abuelos): el niño como heredero, el niño como atributo del padre.

Las caras de los chicos, tanto en las fotos como en los cuadros, expresan susto, miedo, angustia. Al menos no denotan felicidad. En esa época, tomar un daguerrotipo, una foto o ser retratado en un cuadro implicaba permanecer quieto durante largas, larguísimas sesiones.

Retratos de adultos con niños, sus caras expresan temor. Foto Constanza Niscovolos
Retratos de adultos con niños, sus caras expresan temor. Foto Constanza Niscovolos

¿Es posible imaginar a un chico “multitask” del siglo XXI, estimulado por pantallas y redes sociales, quieto, quietito mirando a cámara durante varios minutos o posando durante varios días para un pintor? Difícil.

Hay también otra lectura posible a partir de las fotografías que se exhiben y tiene que ver con la construcción social de los niños, a quienes hay que moldear, educar, domesticar; lo que la sociedad espera de ellos.

En las fotos de estudio, a las nenas se las retrata con muñecas, mientras que a los nenes con fustas –varas para darle órdenes al caballo– diarios (aunque no leyeran) y hasta con fusiles. Toda una demarcación de género.

Demarcación de género: el niño con un fusil. Foto Constanza Niscovolos
Demarcación de género: el niño con un fusil. Foto Constanza Niscovolos

Se trata de un tiempo, también, en que la mortalidad infantil era alta; las condiciones de higiene y sanidad no eran las de ahora y los niños morían antes del año: los niños expósitos eran más del 40 por ciento y la mayoría de los argentinos antes de 1880 no sabía leer. Existía por lo tanto la premura por fotografiar al recién nacido “antes de que pase algo”. Que pasara algo era, sin dar rodeos, que el niño se muriera.

La muerte infantil (la muerte niña) existía –existe– y existían en consecuencia las fotografías de los niños fallecidos. Si el siglo XVIII fue el siglo que sobrevaloraba la vida en el más allá, el siglo XIX fue el siglo narcisista. La muerte era considerada, de algún modo, el último momento de una vida. Y la foto del niño muerto era el único testimonio de la (breve) existencia de ese bebé en una familia.

La muerte infantil (la muerte niña) existía así como las fotografías de los niños fallecidos. Foto Constanza Niscovolos
La muerte infantil (la muerte niña) existía así como las fotografías de los niños fallecidos. Foto Constanza Niscovolos

La imagen iba de inmediato al álbum familiar o se repartía entre amigos y familiares como “carte de visite”, un formato fotográfico para los retratos de estudio –y aquí se destacan los provenientes del estudio Witcomb, hoy devenido galería de arte–, que servía como recuerdo.

Como si fuera un álbum de figuritas, era habitual entre las familias intercambiar estas “cartes de visite” y que el álbum familiar contuviera tanto las fotos propias como las de amistades.

¿Qué se espera de los niños? Foto Constanza Niscovolos
¿Qué se espera de los niños? Foto Constanza Niscovolos

La tercera vitrina de esta sala pone el foco no en los niños burgueses y “herederos” de una familia, como hasta ahora, sino en los niños hijos de esclavos y sirvientes, los niños como unidad de trabajo. En aquella época, el trabajo infantil no era visto como explotación, no se medía con los parámetros actuales. Por el contrario, era el lugar de la socialización y, sobre todo, una necesidad de la familia: el trabajo para subsistir.

El lugar de encuentro entre los niños burgueses y los niños esclavos era el patio de la casa, no el patio principal, sino el patio del fondo. En esta vitrina se pueden ver fotos de niños burgueses con sus niñeras afrodescendientes, imágenes que las familias, en tanto que inmigrantes, enviaban a Europa. Aquí aparecen palabras como entenado, arrimado y huérfano, entre otras. 

Afrodescendientes. Foto Constanza Niscovolos
Afrodescendientes. Foto Constanza Niscovolos

De cuadros está compuesta la tercera y última sala de esta muestra que abre una ventanita para conocer las infancias del siglo XIX. "Comprendimos que los niños ocupaban un lugar importante, al menos entre las familias burguesas que hacían un alto gasto para un encargar un retrato y registrar los momentos clave de la vida de estos niños”, comentó Cecilia Lebrero, responsable de la colección de la institución.

Si bien son pinturas de los retratistas más importantes de la época, como Cándido López o Prilidiano Pueyrredón (hijo de Juan Martín de Pueyrredón, quien fuera Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata y dueño de esta bellísima casona colonial), el foco está puesto en los niños y sus atributos: la nena con una muñeca, el nene con un canasto con frutas, otra nena con un sonajero (que no se condice con la edad, pero ahí está) o con animales que deben domesticar (como ellos mismos deben “ser domesticados”); todos vestidos con ropa azul cobalto, el color de moda a mediados del siglo XIX.

Azul cobalto, el color de moda en el siglo XIX. Foto Constanza Niscovolos
Azul cobalto, el color de moda en el siglo XIX. Foto Constanza Niscovolos

“Todas estas representaciones estaban acotadas a las familias burguesas. La vida del resto de los niños era muy distinta ya que se incorporaran al trabajo desde los siete años. Por otro lado, los niños libertos eran obligados a trabajar para pagar su subsistencia desde que podían ponerse en pie y la mitad de los niños entregados a Casas de Expósitos moría antes de cumplir un año”, refiere Jaureguiberry.

La educación

La exhibición del Museo Pueyrredón, cuyo foco está puesto, sobre todo, en la imagen, se complementa con otra a siete cuadras de distancia en el Museo Beccar Varela. Allí la apuesta es hacer foco en la educación de los niños del siglo XIX a partir de dos personajes que vivieron en esa casa y fueron protagonistas de la construcción de las infancias en San Isidro y también en la Argentina: Mariquita Sánchez de Thompson –se destaca su frase: "Cada alumno llevaba una silla de paja desde su casa. Escribían sobre una mesa muy tosca, primero los varones y luego las mujeres"– y Cosme Beccar.

Recién a partir de 1884, con la promulgación de la Ley 1420 de educación común, gratuita y obligatoria, el niño sale del mundo adulto, lo que provocó grandes cambios en las familias para las cuales el chico era una fuente de ingresos.

Un aula del siglo XIX en el Museo Beccar Varela. Foto Constanza Niscovolos
Un aula del siglo XIX en el Museo Beccar Varela. Foto Constanza Niscovolos

En este espacio, con objetos y materiales didácticos prestados por el colegio Marín (bancos, pizarrón de clase, pizarra individual), se recrean dos aulas o lo que es lo mismo decir se recrea la totalidad de una escuela de aquella época, que no sobrepasaba los 50 metros cuadrados. No había división por grados y chicos de todas las edades compartían el lugar y los materiales de estudio.

“Esta segunda sala remite a los tiempos en que Cosme Beccar, como titular del Consejo Escolar de San Isidro, fue reconocido por el ex presidente Domingo F. Sarmiento a raíz de su trabajo en la normalización de la educación local, que incluyó ir al encuentro de niños por escolarizar en las chacras donde vivían”, comenta Christian Schwarz, Director del Museo Beccar Varela.

Objetos didácticos prestados por el colegio Marín. Foto Constanza Niscovolos
Objetos didácticos prestados por el colegio Marín. Foto Constanza Niscovolos

Ambas exposiciones se complementan con un catálogo, cuyos textos echan luz sobre el tema. De los especialistas Pablo Cowen, Sandra Szir, Christian Schwarz y Sebastián Freigeiro, resulta de gran valor por el escaso material y las pocas fuentes disponibles sobre las infancias del siglo XIX, acotadas, sobre todo, a la mirada adulta y de la clase burguesa. 

Ficha

(infancia)s
Dónde: Museo Pueyrredón, Rivera Indarte 48, Acassuso. Museo Beccar Varela, Adrián Beccar Varela 774, San Isidro.
Cuándo: martes y jueves, de 10 a 18; sábados y domingos, de 14 a 18 (hasta octubre) y de 15 a 19 (de noviembre a febrero).
Entrada: gratuita.

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