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Argentina

Dermisache y Chejfec, grafismos y garabatos

Primero lo primero: las condiciones de aparición de una obra. Vale decir, la existencia de, Libro Nº 8: 1970 de Mirtha Dermisache precede a la escritura de El mes de las moscas de Sergio Chejfec, y de algún modo es causa. Luego la figura del editor Gerardo Jorge –también poeta– completa el cuadro y da realidad material al presente libro bajo N direcciones, el sello que dirige. El volumen en cuestión reúne las dos obras bajo la premisa de coexistencia de dos programas, en el que uno es condición del otro, y ambos, aun en la simultaneidad del espacio que comparten, persisten en conservar su autonomía.

Para Chejfec, este trabajo “intenta ser una arbitraria secuela, asignándose una voz que el libro de Dermisache no precisa pero que debido a su naturaleza abierta, sin duda atrae”. El resultado es un libro que postula una paradoja: la utopía de legibilidad de un modelo utópico, cuyo centro es, justamente, “una escritura no solo ilegible sino, de algún modo también, ininterpretable, en el sentido semiótico, semántico y lingüístico”, según definiera el pintor Eduardo Stupía la escritura asémica de Dermisache.

Asentada en un principio escritural, la obra de Mirtha Dermisache (Buenos Aires, 1940-2012) recibió tempranamente el interés y la admiración de Edgardo Cozarinsky, César Aira, Héctor Libertella y Arturo Carrera, entre otros, hasta la célebre carta que le envió Roland Barthes en 1971, en la que este le dice: “Quedé impresionado, no solamente por la gran calidad plástica de sus trazados (y esto no es indiferente) sino también, y sobre todo, por la extrema comprensión de problemas teóricos en relación con la escritura que supone su trabajo. Usted ha sabido producir un cierto número de formas, ni figurativas ni abstractas, pero que se podrían nombrar bajo el término de “escrituras ilegibles”, lo que significa proponer a sus lectores no mensajes o siquiera formas contingentes de la expresión, sino la idea, la esencia de la escritura”.

La radicalidad de su propuesta puso en tensión desde un comienzo su pertenencia al ámbito de las artes visuales. Si se ha señalado en sus grafismos “un grado cero de la escritura”, habrá que aceptar entonces que en el mismo gesto Dermisache funda un grado cero de la lectura. Si los trazos que vuelca sobre el papel nada significan –y sin embargo siguen siendo escritura– habrá que admitir que lo es en todos los sentidos y hacia todas direcciones. Como nada dice, todo puede decirlo, lo mismo que el cielo estrellado en manos de la astronomía.

El mes de las moscas es un poema desplegado a lo largo de catorce páginas, cada una de ellas en espejo con las que forman Libro Nº 8: 1970. En su espacialidad, el libro se asemeja a esos volúmenes de poesía bilingües en los que la página par contiene el texto original, y la impar su traducción a la lengua en la que el libro es publicado. En este caso, la decisión sobre la forma en que se presentan ambas escrituras en el soporte libro puede arrojar la siguiente hipótesis: tener a mano –o a golpe de vista– el referente que da origen al texto legible para someterlo a cierta prueba de fidelidad. Como si se tratase de una traducción.

¿Pero, cómo traducir una serie de signos ininteligibles, puro grafismo indeterminado, trazos sin huella comunicable? ¿Cómo ir de la expresión visual, plástica, de una caligrafía preciosista, carente de toda significación, a la letra del poema? En una nota que acompaña el volumen, Chejfec escribe: “Al recorrer los grafismos como si se los leyera, uno intuye la presencia de un ritmo o entonación. Primero advierte que no puede leer, luego entiende que debe mirar como si leyera sin leer, después percibe o postula el ritmo. Es un trabajo recíproco entre la percepción de la forma y el modo de la percepción, similar al de la lectura –aunque incompleto–.”

Si se acepta entonces la idea de la traducción como una de las vías posibles para pensar el procedimiento puesto en marcha por Chejfec, si en toda traducción, más allá del sentido, anida un ritmo lo mismo que en el poema, no estaríamos lejos de la imagen utilizada por Marcelo Cohen para la práctica del traducir como, “la ejecución de una partitura”. La dimensión musical amplía el horizonte de lectura, a la vez que limita la tentación mimética. Tanto puede aligerar el malentendido, como expandirlo. En cualquier caso, desestabiliza la fijeza de la obra que inspira el poema.

En cuanto al “motivo del poema”, se trata de un viaje a “la más enigmática isla de la Argentina”. Una peripecia fluvial, un andar por el agua y luego por la tierra firme de Martín García, donde se asiste, al interior del texto, a ciertos procedimientos habituales en el autor de Los planetas.

Derivas, devaneos que, ponen en práctica lo que el propio Chejfec definió de este modo: “Hacer del relato el desarrollo descriptivo de su propia elaboración”. Por otra parte, cabe señalar aquí el sostenido interés de Sergio Chejfec en las relaciones entre la escritura como práctica material, las artes visuales y la literatura, como quedó expuesto en un libro notable, Últimas noticias de la escritura, en el que ya aparecen ciertas reflexiones en torno a la obra de Mirtha Dermisache.

Traducción y partitura. Duplicación y exégesis. La noción musical en este caso proporciona una salida posible a la encerrona que implica la “arbitraria secuela” de la que habla Chejfec, libera al poema del lastre de la sustitución, o de cualquier esencialismo que quiera adjudicarse al texto.

En términos visuales, la escritura de Chejfec acompaña ciertas torsiones en el trazo de Dermisache, reproduce la espacialidad como si de versos se tratasen los grafismos. En muchos momentos, incluso, las palabras son cortadas allí donde el “original” sugiere un corte.

De todos modos, se trata de una simulación que ahonda la irreductibilidad de la operación. Apariencia, mismimad, ecos de un ritmo impulsado por “eventuales flexiones emocionales”. Cada aproximación parece destinada al fracaso y sin embargo, la experiencia de lectura resulta en un desdoblamiento de la dicha, ampliándola en un camino constante de ida y vuelta.

Libro N°8: 1970 y El mes de las moscas, Mirtha Dermisache y Sergio Chejfec. Editorial N Direcciones.

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