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Argentina

Karl Ove Knausgard, divorciado de la literatura

Diez años y 3904 páginas más tarde, llegas a las últimas palabras de los seis volúmenes de Mi lucha (“iremos a casa, a nuestra casa, y durante todo el trayecto disfrutaré, realmente disfrutaré pensando que ya no soy escritor”) y te preguntas qué ha sido exactamente lo que has leído y lo que has vivido.

La saga autobiográfica del escritor noruego Karl Ove Knausgård, a partir de la muerte del padre –y su memoria dolorosa–, narra en desorden toda una vida, con énfasis en algunos días, semanas o meses particularmente decisivos para la configuración de su personalidad y de su vocación literaria.

Mediante su detallada recreación aborda el miedo que en la niñez les infundió su padre a su hermano y a él; sus primeros intentos de escribir; los primeros amores y el difícil camino hasta la pérdida de la virginidad; los abusos de alcohol y las autolesiones; su trabajo en un hospital psiquiátrico; el año que pasó como profesor de secundaria en un pueblo perdido y el año que pasó como alumno de un máster de creación literaria; el difícil parto de su primera novela y su experiencia en el ámbito del periodismo y la edición; el amor por Linda y su caótica paternidad; la publicación de las primeras entregas de Mi lucha y sus incómodas consecuencias.

En el proyecto, el gesto se confunde con la gesta. El gesto responde a la voluntad de devolverle sentido, intensidad y relevancia al género de la novela, mediante un ejercicio narrativo de sinceridad tan brutal como polígrafa, cuyas reglas principales tal vez sean dos: que el yo quede expuesto radicalmente, en toda su posible autenticidad, y que todos los personajes (familia cercana o lejana, vecinos, compañeros, profesores, amantes) aparezcan con sus nombres y apellidos reales, sean cuales fueran los defectos o pecados que de ellos se revelan, para que se diluya la frontera entre la realidad y la literatura.

La gesta es la escritura en un tiempo récord de la novela más larga de la historia de la literatura noruega, que es a la vez –desde su título hitleriano– una superlativa provocación. Pura utopía: “La literatura siempre ha estado emparentada con lo utópico, de modo que cuando lo utópico pierde su sentido, también lo pierde la literatura”, leemos en el volumen que lo inició todo, La muerte del padre.

Cuando Knausgård ve el proyecto en retrospectiva, no duda en preguntarse por su naturaleza: ¿fue literario o más bien artístico? Según ha declarado él mismo, la intención de publicar seis libros durante un año (finalmente fueron casi tres), de lo cuales todavía no había acabado de escribir los dos primeros, situó el proyecto más cerca del arte contemporáneo que de la literatura. La decisión de escribir a máxima velocidad, para provocar el desbordamiento de la prosa, para que la libertad fuera la mayor posible, inclinó la balanza hacia la cantidad en detrimento de la calidad. En el volumen sexto se afirma –de hecho– que todo ha sido un experimento. Y que ha fracasado.

La poética del exceso se impone en dos dimensiones. La del combate literario contra la realidad, la del pulso con la memoria –por un lado– conduce a algunos de los pasajes más intensos y memorables de los libros (como la limpieza de la casa de la abuela tras la muerte del padre, o el tedioso caminar por la nieve de los adolescentes cargados con botellas de alcohol, que no en vano tantísimos lectores recordamos con emoción). La adicción a la escritura, la acumulación incesante de prosa –por el otro lado– nos enfrenta a cientos de páginas narrativas olvidables en todas las etapas de su vida y a las innecesarias quinientas de ensayo en el centro de Fin.

Ese intento de lectura de conjunto de la vida de Hitler, la Europa de la primera mitad del siglo XX y la filosofía sobre el Holocausto solo puede ser juzgado como un pecado de hibris. Borracho de escritura, Knausgård produce en unas semanas un texto larguísimo que hubiera necesitado años de lectura, reflexión y redacción para ser realmente relevante. Sus ideas sobre la relación entre el tú y el yo, en el contexto de la importancia de los nombres propios, que atraviesa las 1016 páginas del volumen, son muy atractivas; pero se diluyen cuando se enfrentan a obras que reclaman años de estudio que él no les ha dedicado (en vez de leer las páginas sobre Paul Celan, por ejemplo, recomiendo la lectura del mejor libro que se ha escrito sobre su obra, Poesía contra poesía, de Jean Bollack).

Existe una tradición moderna que ha intentado periódicamente revitalizar la novela a través de lo que se ha dado en llamar “malas escrituras”: estilos desaliñados, sintaxis convulsas, prosas nerviosas que intentan dar cuenta con su imperfección de la rota y rugosa realidad. En nuestra lengua, para entendernos, podríamos dibujar una línea desde Pío Baroja hasta César Aira que pasaría por Roberto Arlt. Lo que cuestionan es la noción de bellas letras, de la que Knausgård también duda: “No tengo ni idea de qué es la artesanía, tampoco de lo que es escribir”, afirma en la citada entrevista del New Yorker.

El método creativo que se impone a sí mismo atenta contra la mera idea de “perfección”. “Solo con una gran fuerza de voluntad conseguía escribir las cinco páginas que me había puesto como meta al día. Pero lo lograba. Odiaba cada sílaba, cada palabra, cada frase, y aunque no me gustaba hacer lo que estaba haciendo, no significaba que no fuera a hacerlo”, dice en Un hombre enamorado. Recuerda a las restricciones oulipianas o a las de los actos performativos de Marina Abramović. Pero no son esos los referentes que invoca el escritor.

“En la historia del arte noruego la ruptura llegó con Edvard Munch, fue en sus cuadros donde el ser humano llegó a ocupar todo el espacio por primera vez”, afirma en La muerte del padre. La fascinación por el pintor nórdico se prolonga hasta el nuevo libro de Knausgård, que en inglés se ha titulado So much longing in so little space. En el catálogo de la exposición Hacia el bosque. Knausgård sobre Munch, que tuvo lugar hace dos años en el Museo Munch de Oslo, escribió que el artista “no se preocupó por la calidad, no se preocupó por los aspectos técnicos de la pintura, estaba solamente interesado en la esencia”, ya que “odiaba la ornamentación y la belleza, si se interponían en el camino de la verdad”.

Los grandes pintores del cambio del siglo XIX al siglo XX reformularon, en efecto, las ideas de mímesis y de academia, representando el mundo tal y como lo sentían o lo pensaban, en lugar de cómo lo veían (que era tanto a través de los ojos como a través de la memoria de la tradición). Paradójicamente, Knausgård acomete un siglo después una operación similar, pero mediante una suerte de hipermímesis, como si el realismo extremo pudiera ser la inyección de adrenalina que reanime el cuerpo inerte de la novela. Expresionistas e impresionistas, sus libros buscan las escenas sublimes rodeándolas de toneladas de tedio. Centros memorables sepultados por prosa a menudo mecánica.

El abundante uso de la forma del diario –a la que el proyecto recurre de un modo anárquico– permite ver el conjunto como el registro de una gran representación performativa de escritura desatada y suicida. Un proyecto que nace de la intención de matar (y no obstante honrar y nombrar) al padre mitómano, mediante una reducción sistemática e imposible de la ficción; crece como la tentativa de agotar el interés narrativo de una vida; y se acaba configurando como una gran antinovela o una obra de artes vivas. Por debajo, lucha por emerger el auténtico sentido de las casi cuatro mil páginas: el autor intenta reunir el valor suficiente para abandonar a la mujer que ama, a la madre de sus tres hijos, con la esperanza de volver a ser feliz.

Mi lucha tal vez sea recordada como una gran novela fallida o como una obra de arte brutal o como una gran operación literaria y artística en que un escritor pensó que hablaba de su padre, de su yo y de la realidad, cuando en realidad lo que hacía era un monumento al cambio de paradigma de la masculinidad y del genio, en una examinación de su modo de relacionarse con su mujer y con sus hijos pequeños mientras decidía su divorcio. En la tradición literaria, muy probablemente sea una obra menor. En la del arte contemporáneo, en cambio, podría ser una obra mayor. Su género y su circulación se insertan en el ámbito de lo literario; su concepto, su forma y su ambición, en el de lo artístico. En ese cortocircuito está todo su poder. Y quién sabe si también radique su significado.

Como Graciela Speranza escribió en Cronografías, la duración “es también la piedra filosofal del hiperrealismo mnemónico de Mi lucha, que quiere envolver al lector y sumarlo a la experiencia”. El acto performativo de Knausgård –en efecto– solo cobra sentido cuando un lector llega a la página 3904 y completa su propia experiencia paralela. No se trata de la experiencia de un espectador pasivo, sino de la del que rompe la cuarta pared y se implica y se indigna y se deja seducir y se pregunta: ¿qué diablos hago yo aquí? Y, sobre todo, cuando está ya a punto de divorciarse para siempre: ¿por qué le habré sido fiel durante tantos años?

© New York Times

Fin, Karl Ove Knausgård. Trad. Lorenzo Asunción y Kirsti Baggethun. Anagrama, 1024 págs.

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