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Argentina

Luis Scola, el padre de la criatura, el MVP de un asombroso Mundial de Básquet

Camina mirando hacia las tribunas. No ve caras detrás de las luces que iluminan el parquet. Ve siluetas corpóreas que gritan enajenadas, que saltan, se abrazan, sonríen y lloran. Recorre panorámicamente la visual del Wukesong Arena y se señala la camiseta, específicamente donde dice "Argentina". Como para que a todos les quede claro qué equipo estará en la final enfrentando a España. Es él, Luis Scola, el único que estaba plenamente convencido del lugar al que podía llegar la Selección. "Su" Selección. A esta altura, casi su familia.

Después de abrazos varios dentro de la cancha, es turno de ir afuera. Se acerca a una de las escalinatas, en las que un miembro de la seguridad hace espacio para que ellos, que llegaron especialmente para este partido, bajen. Entonces pasa Matías, quien lo estrecha en un abrazo que conmueve. Ella, Pamela, su gran amor, no puede contenerse. Así que lo abraza haciéndole "sanguchito" al pibe, que queda en medio de sus papás. Hasta el hombre de seguridad aplaude.

Enseguida se acerca Tiago, el mayor, ese que ya imita los movimientos de papá en A.F.A.L.P. de Ciudad Jardín Lomas del Palomar, el club de toda la vida de los Scola. Luego es el turno de Lucas, el más chiquito, el mimado, y detrás de él aparece Tomás.

Pamela, la misma que lo acompaña desde los tiempos de secundaria en la escuela Atilio Cattaneo de Ciudad Jardín, la misma que dejó todo para irse a vivir con él a España cuando todavía ni se habían desprendido de la adolescencia, se seca las lágrimas de sus mejillas con ambas manos y le regala un beso más antes de que Luis, papá, el ídolo, vuelva al campo de juego. 

Ese hombre, el dueño de la camiseta número 4 de la Selección, casaca que nadie volverá a usar jamás el día que se le ocurra retirarse, acaba de escribir otra página histórica en su carrera y en la vida del equipo nacional de básquetbol.

Le acaba de meter 28 puntos a una defensa francesa que tenía custodiando el aro a una torre de 2,16 metros que venía de ser elegida, por segundo año consecutivo, Mejor Defensor de la NBA: el amigo Rudy Gobert. Y el "viejito" capturó 13 rebotes, dio 2 asistencias y sólo perdió una pelota. Y jugó 34 de los 40 minutos del partido. 

Esa planilla estadística invita al olvido del detalle, pero se trata de un jugador de 39 años. Que lleva 25, más de la mitad de su vida, recorridos en selecciones desde la primera vez que se vistió de celeste y blanco, en el Mundial Juvenil de Grecia 1995, un torneo Sub 19 al que fue dando cuatro años de ventaja. Y que lo siente como la primera vez.

Lo había reconocido Sergio Hernández antes del partido y lo certifica Facundo Campazzo ahora que el juego terminó: "Sólo Luis nos había dicho que podíamos llegar a la semifinal". ¿Se trataba de una estrategia motivacional? ¿Una palabra para convencer a los jugadores de algo que ellos no creían, al estilo Guillermo Vecchio, el primero que convenció a los basquetbolistas en los albores de la Generación Dorada? Para nada.

Cuentan los que más lo conocen que jamás Scola apela a palabras que busquen tocar las fibras desde la emotividad. Lo suyo, racional, pasa por establecer metas de las que está convencido. Y ésta era una de ellas. 

Es el turno ahora del abrazo con Emanuel Ginóbili. Una postal que quedará a la altura de aquella que inmortalizó Ubaldo Fillol con el hincha sin brazos tras la final del Mundial de fútbol de 1978. Palabras que sólo ellos conocen y que seguramente se guardarán en el arcón de las memorias más dulces que el deporte les haya entregado. Sí, tanto como las múltiples hazañas que consiguieron juntos.

Antes de dar la entrevista dentro del campo para la televisación oficial, se fundirá en un abrazo con Juan Ignacio Sánchez, en el que se quebrará y llorará, como pocas veces se lo ha visto.

Scola es el último sobreviviente de la Generación Dorada. Es el tipo que asumió la responsabilidad de transmitir el legado que había dejado la camada más importante y de mayor jerarquía que había dado el básquetbol argentino.

Hay hombres que están (y han estado) presentes. Andrés Nocioni colaboró con el staff técnico durante las Eliminatorias. Leonardo Gutiérrez pasó por la concentración en Bahía Blanca antes de este torneo, lo mismo que Pepe Sánchez, que puso su casa -el Dow Center- para que el equipo se pusiera a punto. Manu podía estar en cualquier parte del mundo, pero eligió viajar a China para la semifinal, tal como había hecho en el Preolímpico de México 2015. Dentro de la cancha, sin embargo, sólo queda él. Lo ayuda la edad (siempre fue el más joven de los dorados), pero hay un compromiso ineludible.

El paso por la zona mixta, que incluye un salto y un beso de Campazzo, lo encuentra mesurado, como siempre. "Jugamos mejor que ellos. Vinimos jugando mejor todo el campeonato -asegura-. Estamos jugando un muy buen básquet. Quizás antes del torneo algunos no nos veía donde estamos. No era nuestro caso. Nosotros nos veíamos acá, pero nadie puede discutir que estamos donde merecemos".

Y agrega: "Este equipo tiene cosas de la Generación Dorada. No estaba loco cuando lo dije. Alguna gente me miró con cara rara y otros pensaba que exageraba".

La pregunta, clasificación a la final consumada, se repite: ¿irá a Tokio 2020? "El domingo juego, el lunes no sé", se limita a contestar.

En el vestuario cosecha el afecto de todos. Lo reciben dos de los asistentes de Hernández, Gabriel Piccato y Juan Gatti, y cuando el grueso del grupo (que está cantando un tema clásico tras cada victoria y no se lo puede reproducir) nota su presencia, le dedican el grito de "MVP".

Es un mimo de parte de un grupo de compañeros que no pocas veces se cansan del grado de exigencia de Scola, pero que jamás deja de reconocer cuánto su capitán los ha hecho mejorar. Él se detiene y afirma: "MVP: Más Viejo Player". Y mientras los chicos saltan y cantan que los jugadores "lo llevan adentro", se sienta junto a su locker. Y suelta un suspiro. Vaya uno a saber qué está pensando.

Luis Scola es el jugador más importante en la historia del seleccionado argentino. Será el único doble medallista olímpico (oro en Atenas 2004 y bronce en Beijing 2008) y doble medallista mundial, tras la plata en Indianápolis 2002. Vaya si marcará la vida del básquetbol argentino que su legado va mucho más allá de esos logros incomparables.

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