“La catástrofe constituye el elemento vital y el modo normal de existencia del capitalismo en su fase final”. Esta definición de Rosa Luxemburgo aparece como epígrafe de Golpe de Estado climático, un libro fundamental del filósofo francés Mark Alizart en el que plantea que “la crisis ecológica es el golpe de suerte que el ‘capitalismo del desastre’ necesitaba para extender su control sobre la tierra entera. “Lo primero que el movimiento ecologista tiene que hacer para constituir un frente único es romper con la idea de que la crisis ecológica afecta a todo el mundo sin distinción. Esta idea tiene el efecto contrario, permitir que aquellos que objetivamente están menos concernidos por la crisis se laven las manos. No hacer nada por impedir la crisis ecológica equivale a una exterminación de masa (…) y hay que hacer que los que se adaptan a ella carguen con el oprobio”, advierte Alizart, filósofo posnietzscheano a quien se lo puede inscribir también en la tradición del marxismo y el trotskismo.

“Tenemos que volver a tomarnos el mundo como los sans-culottes se tomaron la Bastilla, como los insurgentes de 1917 se tomaron el Palacio de Invierno, puesto que este mundo es nuestro, nos pertenece y es porque nos lo han robado que no se hace justicia”, escribe Alizart (Londres, 1975) al final de Golpe de Estado climático, libro traducido por Manuela Valdivia y publicado por La Cebra, editorial independiente de Adrogué dirigida por Cristóbal Thayer y Ana Asprea, que también ha editado del mismo autor Criptocomunismo y Perros.

-¿Por qué afirmás en Golpe de Estado climático que la causa ecologista retrocede?

-¡Basta con mirar quién conduce las naciones más grandes del mundo! Trump, Putin, Xi Jinping, Modi, Scott, Johnson, sin hablar de Orban o Duterte… No solo no hay un ecologista en el cargo, sino que hay personas que, conscientemente, hacen la guerra a la ecología. Y eso a pesar de cuarenta años de difusión de la palabra ecologista. O más bien a causa de eso: saben ahora que son o ellos o los ecologistas. Ellos o la democracia. Por lo tanto, hacen lo que sea para que sean ellos. De ahora en adelante se juegan el todo por el todo.

-Los gobernantes están informados del calentamiento climático hace 40 años a través del Informe Charney. ¿En qué estadio de la “negación” del calentamiento climático estamos hoy? ¿Cómo entender la pasividad y la falta de acciones?

-Estamos en la última fase: la destrucción activa de los ecosistemas. Los locos que nos gobiernan terminaron con el climatoescepticismo. Les fue útil, pero ya pasó su tiempo. Ya no se puede ocultar a las poblaciones que el clima está en crisis. Por lo tanto, ha llegado el momento de convencerlas de que está bien que el clima esté en crisis. Es lo que Tony Abbot, el ex Primer Ministro australiano contratado por Boris Johnson para llevar adelante las negociaciones del Brexit, dijo textualmente en 2018: “el cambio climático probablemente sea bueno”.

-Es interesante cuando señalás la relación que hay entre quienes rechazan la ecología, porque la crisis ecológica amenaza esencialmente, por ahora, a las poblaciones indígenas y a los pobres de Asia, África y Medio Oriente, con el hecho de que cuando se hizo evidente que por la Covid-19 se morían los ancianos, los más pobres y los trabajadores menos calificados, varios dirigentes políticos en distintos países del mundo argumentaron que no había que sacrificar la economía por “esa gente”. ¿El lucro ilimitado empuja al capitalismo a coquetear con su propia destrucción?

-El capitalismo no coquetea nunca con su destrucción. Realmente es preciso llegar a entender eso, sino no se entiende nada. El capitalismo pasa por fases de destrucción, pero ellas son siempre creadoras, como lo ha señalado (Joseph) Schumpeter. Dicho de otro modo, la crisis ecológica es para el capitalismo sólo una ocasión para obtener más beneficios, o para obtenerlos en otra parte, cargándolos a espaldas de otras personas. La crisis ecológica no es el fin del capitalismo, es el capitalismo con menos personas, aquellos que morirán a causa de ella, los losers de la crisis ecológica, como diría Trump. Del mismo modo, la Covid no fue el fin del capitalismo: sólo condujo a una transferencia de riqueza de los pequeños comerciantes hacia Amazon.

-“¿Podrías ampliar tu afirmación “Los mega incendios de la Amazonía son nuestros incendios del Reichstag” en función del rescate que hacés de Trotsky-Luxemburgo-Marx?

-El incendio del Reichstag fue orquestado para que Hitler no perdiera las elecciones legislativas. En este incendio perpetrado por los nazis subyacía la idea de endosarle la responsabilidad del mismo a un comunista para demostrar que si su partido no era reelegido masivamente los socialistas destruirían Alemania. En este momento, una lógica similar está detrás de la exaltación de las revueltas en Estados Unidos. Trump quiere convencer a su base de que es él o el caos. Pero esta es también la lógica que se aplica a los mega incendios forestales y, de modo general, al calentamiento climático: son intentos de Golpe de Estado. Se trata de agravar la crisis climática para debilitar la democracia. Todo lleva a creer, en efecto, que con la multiplicación de los dramas ecológicos el mundo será desestabilizado por oleadas migratorias y revueltas del hambre. Pero un mundo desestabilizado es un mundo que se arma y se protege, que declara la ley marcial, que impone el toque de queda y que, últimamente, suspende sus elecciones democráticas. Trump, otra vez él, por otra parte, no ha ocultado su deseo de posponer las elecciones a causa de la Covid. Pero lo más extraordinario de todo esto es que los climatofascistas pueden apropiarse de las acusaciones de los ecologistas y decir que los responsables de la crisis climática son “el capitalismo”, la “modernidad” o “el progreso”, ¡no ellos! Entonces, de este modo, hacen un doble golpe: desestabilizan la democracia liberal y, además, ¡pueden encarcelar a los liberales y a los demócratas!

-¿Qué pueden aprender los ecologistas, en términos de activismo político, de la asociación “Act Up”?

-En la época en que apareció el Sida muchos militantes dedicaron su tiempo, en primer lugar, a acompañar a los enfermos esperando que los gobernantes y los laboratorios encontraran un remedio. Act Up nace al tomar conciencia de que este remedio no llegaría nunca porque la muerte de los homosexuales, las prostitutas, los drogradictos, los haitianos, no interesaban a los gobernantes, e incluso esas muertes les venían bien a algunos políticos. Desde entonces, Act Up decidió tomar cartas en el asunto, e ir por los laboratorios y ministerios para forzar a los científicos y a los políticos a trabajar. De la misma manera, el giro Act Up de la ecología que apoyo consiste en que los ecologistas dejen de creer que los gobernantes y los industriales van a reducir voluntariamente las emisiones de dióxido de carbono o la producción de plástico. Eso no va a suceder porque, como he dicho, hoy nos encontramos en una fase terminal en la que las naciones se sirven del clima para hacerse la guerra entre ellas y para hacer la guerra a una parte de su población. Es preciso, por lo tanto, que los ecologistas de ahora en más vayan por las empresas, los ministerios y también los laboratorios de investigación, que obliguen a las personas a hacer su trabajo.

-¿Por qué no se cuentan las muertes de la crisis ecológica? ¿Por qué no se muestra la “curva” de emisiones de carbono que tendremos que aplanar como la curva de contagios del Covid-19?

-Porque son como los muertos del Sida: invisibles. Son viejos, inmunodeprimidos, lejanos, de color… La única razón por la cual se ha mostrado tanto la curva de la Covid es porque se tenía miedo de enfermar. En Estados Unidos, ahora que se sabe que afecta más a las personas invisibles, trabajadores sociales, personas de color, Trump no la muestra más, e incluso ha dado consignas para que no se cuenten más los muertos.

-¿Qué impacto podría tener que las elecciones presidenciales en Estados Unidos las gane Joe Biden, un candidato sensible al ecologismo?

-Biden es literalmente la última chance para el planeta. Sé que puede parecer un poco dramático decirlo en estos términos, pero si el país más contaminador del planeta sigue contaminando otros cuatro años como hasta ahora, y sobre todo si no asume el liderazgo mundial en torno al clima, y no impide a los otros contaminar, será el fin.

-Greta Thunberg prometió que pronto seguirá con sus consignas e iniciativas, en pausa por la pandemia, respetando los protocolos sanitarios que sean necesarios. Las derechas en el mundo, que no suelen ser respetuosas de ningún tipo de protocolo, han salido a manifestar en las calles, sin cumplir el distanciamiento necesario, sin usar mascarillas, con un discurso conspiranoico de la pandemia. ¿Por qué las derechas están en las calles y las izquierdas en casa?

-¡Buena pregunta! Hay muchas cosas. En primer lugar, la derecha es más rica que la izquierda. El capital está de su lado, y el capital se organizó para ganar la lucha de clases y la batalla de las ideas creando todas estas redes de información que transmiten su propaganda día y noche. Ahora bien, entre esas ideas difundidas está aquella según la cual el Occidente cristiano blanco lucha en adelante por sobrevivir. Se ha dicho hasta el cansancio a los blancos norteamericanos que pronto serían una minoría; a los cristianos en todo el mundo que iban a ser superados por otras religiones, el Islam a la cabeza; a los Occidentales de manera general que sus antiguas colonias, África, India, China, iban a adelantarlos, que luchan con la fuerza loca de los condenados a muerte. Por izquierda, la organización es más débil. Las divisiones ideológicas más fuertes. Y el sentimiento de que su vida está en juego menos fuerte. Seguramente, existe el calentamiento climático pero lo esencial de la intelligentsia de izquierda es suficientemente próspera, vieja e instalada en las democracias moderadas, para no tener que sufrir sus consecuencias directas. Viéndolo bien, vacila, igual que la izquierda alemana en 1933 frente al nazismo. Hay una izquierda que se dice que, a pesar de todo, las cosas no son tan graves. Otra que se dice que frente a la violencia siempre se puede oponer el diálogo. Otra en fin que sigue estando apegada a cuestiones sociales y societales. Todo ello compone un punto de vulnerabilidad que no tiene idea de lo que le va a caer encima.

-En el último capítulo del libro, recordás un libro de Bataille, La parte maldita, en que trataba de pensar una economía humana que imitara la naturaleza, una especie de comunismo cósmico capaz de triunfar sobre el doble callejón sin salida del capitalismo y el sovietismo. ¿En qué aspectos ese proyecto político sigue siendo actual?

-Es actual en todo. Bataille estaba apasionado por la termodinámica que es la ciencia más general de los sistemas caóticos, y de la cual algunos aspectos pueden ayudar a comprender y establecer un modelo de los ecosistemas. La meteorología por ejemplo es una aplicación de las leyes de la termodinámica, de modo que el estudio del clima y de la ecología dependen también de ella. En este sentido, su comunismo cósmico era una especie de “ecología del capital”. En los años setenta, los teóricos de la bioeconomía recuperaron esta idea y profundizaron en ella. Después de algunos años, se descubre que Marx mismo pensaba que el socialismo tenía que tomar la forma de una gestión termodinámica de la economía. “El ecosocialismo” es hoy el nombre de esta corriente de pensamiento que es el único escudo contra el carbofascismo.

-¿Cómo estás viviendo esta “gran pausa” que implica la pandemia? ¿Pudiste escribir y leer o es tal la magnitud de la incertidumbre que hasta tus propios hábitos se vieron alterados?

-No, no he podido trabajar mucho. Fue una conmoción muy grande. Pero yo he visto en la pandemia, por desgracia, la confirmación de la idea central de Golpe de Estado climático. La pandemia ha sido administrada según los principios del darwinismo social. Y ahora, con posterioridad, se liberan todas las pulsiones autoritarias del Estado. La Covid no es, por desgracia, más que el tráiler del desastre climático hacia el que nos dirigimos.