Argentina
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Mundos íntimos. Los médicos solemos enseñar desde el temor. Yo intento hacerlo con música y visitando pueblos.

Para mucha gente nuestra profesión, la medicina, está en un pedestal de palabras difíciles, inaccesible para el resto. Los doctores enseñamos desde el temor, igual que los curas. Dios te va a castigar si no rezás o te comportás según los preceptos. Vas a tener un infarto en el miocardio si comés con sal o no hacés ejercicio.

Las conferencias que desarrollamos los profesionales de la salud las iniciamos alertando que todos los años mueren más de dieciocho millones de personas de causa cardiovascular, tanto hombres como mujeres. Yo me propuse alterar el discurso y reemplazar el concepto de prevención de enfermedades por otro más optimista: el de promoción de la salud.

Así emprendí algunas giras por el país con la intención de alentar las buenas costumbres. Desde un léxico cotidiano, sin grandilocuencias y, lo más importante, a través de la música. Es un puente que ayuda a la gente a perder la timidez y aceptar los consejos cardiológicos no desde la imposición rigurosa, sino más bien desde el consejo amistoso.

El Hoyo. En esta población César Berenstein dio una charla sobre cardiología para pacientes y familiares.

El Hoyo. En esta población César Berenstein dio una charla sobre cardiología para pacientes y familiares.

Arranqué con las charlas cuando vivía en Ushuaia por pedido del Sanatorio San Jorge, donde trabajaba. En un año y medio se sumaron a nuestra propuesta más de 1600 personas, un número altísimo para la ciudad en aquel momento. Para que las charlas fueran entretenidas realizaba un espectáculo de “stand up”, aunque luego deseché la opción. Si a los espectadores no les causaba gracia podía quedar en una posición ridícula difícil de remontar. Decidí entonces que la música y las canciones podían ser una opción más eficaz.

Luego me convocaron para dar otra charla-espectáculo en el Teatro Colón de Mar del Plata. Pero la necesidad de incorporar un número musical tenía una contra: no sabía tocar ningún instrumento. En un curso aceleradísimo de dos meses aprendí a tocar la guitarra con mi profesor Marco Duarte, quien sería mi compañero en las giras posteriores. Y con la ayuda de mi amigo Gabriel Lezcano compusimos algunas canciones con temáticas médicas abordadas desde el humor. Así surgieron “Se viene la chaqueta” (en honor a un insecto de los Andes patagónicos que produce mucho dolor al picar y genera urgencias alérgicas), “Canción de amor a un salchichón”, “El rap de la farmacia”, entre otras. El repertorio fue un éxito y sembró lo que vendría después. Y “Llegó el doctor” fue el hit más resonante.

Si te falta un buen consejo
y querés llegar a viejo
Si temés a la influenza
Y hasta el dolor de cabeza
Llegó el doctor, llegó el doctor

Ahora vivo en El Bolsón desde hace siete años. Agradezco todos los días despertarme en este lugar. Desde mi ventana veo el cerro Piltriquitrón –que ahora está nevado– el camino de los nogales y entre ellos se encuentra una chacra que se dedica a la producción de fruta fina. Además de su belleza natural, me gusta también la dinámica del pueblo. En mi consultorio recibo a los vecinos, que no son seres anónimos como en las grandes ciudades. De hecho, en las historias clínicas de los pacientes anoto algunos datos que tienen que ver con su vida cotidiana. De qué equipo son hinchas, cómo anda su hijo que sufre una adicción, de qué lugar de la Comarca Andina vienen a la consulta.

Kilómetros. César Berenstein con su amigo Marco Duarte (foto) y su hijo de 11 años, recorren los pueblos.

Kilómetros. César Berenstein con su amigo Marco Duarte (foto) y su hijo de 11 años, recorren los pueblos.

En el supermercado me reconocen todos. Tengo un programa radial que se llama –por supuesto– “Llegó el Doctor”. Hace un tiempo ganamos un Martín Fierro Federal, y todos siempre me reciben con ese grito de guerra: ¡Llegó el Doctor! Pero algunos se esconden para que no los rete. Tanto remarcar los buenos hábitos, no quieren que los vea con un paquete de papas fritas en la mano.

En un momento sentí que no podía quedarme de brazos cruzados en el paraíso. La pulsión de las experiencias anteriores, las ganas de compartir mis conocimientos cardiológicos y la idea de aventura me zumbaban todo el tiempo. Así organicé la primera gira por mi cuenta, me subí a la camioneta y recorrí varios pueblitos patagónicos perdidos en el mapa.

Realicé dos giras de quinientos y mil kilómetros por la Patagonia andina y me dispuse a realizar la tercera en marzo de 2020. Con todo preparado para partir a la aventura, escuchamos la noticia de que entrábamos en cuarentena, por lo que pospusimos la experiencia para este año. Esta vez nada nos detuvo y realizamos la tercera gira, denominada “Dos mil kilómetros de salud y alegría”. Fuimos desde la montaña hasta el mar recorriendo la vasta estepa patagónica.

Si te da ardor la milanesa
y no tienes la certeza
de vivir con energía
esperanza y alegría
Llegó el doctor, llegó el doctor

La primera charla fue en una escuela cerca de casa, en El Bolsón. A partir de ahí, recorrí junto con mi profesor de guitarra el sur de Río Negro, una zona donde hay pueblitos en plena estepa. Desde Bariloche nos dirigimos hacia Pilcaniyeu, Ingeniero Jacobacci, Valcheta y Las Grutas y en Chubut hicimos parada en Puerto Madryn, Paso de Indios, Tecka, Trevelin y, finalmente en El Hoyo, ahí nomás de El Bolsón, en la Comarca Andina.

Patagonia. César Berenstein con su hijo Benjamín y Marco Duarte.

Patagonia. César Berenstein con su hijo Benjamín y Marco Duarte.

La estepa patagónica es un lugar que parece inanimado pero está lleno de vida. Hicimos bastantes paradas para contemplar el paisaje. Necesitaba incorporarlo dentro de mi retina, necesitaba hacerlo mío. La inmensidad del desierto, el horizonte infinito. El sonido del viento. Los acordes de nuestra guitarra.

Una de las primeras charlas la di en un centro de jubilados. Me llenaron de preguntas esos queridos abuelos, muy preocupados por su salud. Si se podía utilizar sal marina para reemplazar la sal de mesa, cuánta fruta y verdura había que comer por día para una dieta saludable, cuánto líquido diario recomendaba para que no sufrieran los riñones. Terminé mi charla y sonaron estruendosos aplausos de agradecimiento. Hasta que pasó lo inevitable.

Justo ese día celebraban el cumpleaños de dos integrantes del centro y me invitaron a compartir con ellos la reunión. Y pasó: me sirvieron el choripán más grande que había visto en mi vida. Eran treinta centímetros de chorizo crujiente, adobado con abundante chimichurri. Era el placer visual más alucinante de todos, mi boca se hizo agua ante semejante maravilla culinaria. Pero minutos antes había recomendado una dieta saludable. No podía rechazar semejante ofrenda al mismo tiempo que debía atenerme al discurso médico. Entonces opté por una decisión salomónica: corté una parte muy pequeña del chorizo y lo comí con muchísimo placer. Aunque debo confesarlo: me moría de ganas de comerlo entero.

Otra anécdota divertida la encontré en Ingeniero Jacobacci, antigua ciudad cabecera de “La Trochita”. Primero dimos una charla a médicos y enfermeros sobre cómo tratar dolores de pecho. Hasta ahí todo marchaba bien. Pero al encaminarnos a la segunda charla del día dirigida a la comunidad, encontramos cerrada la sala de reuniones. Esperamos y esperamos, pero los organizadores nunca llegaron.

Nosotros no estábamos dispuestos a quedarnos de brazos cruzados. Nos habíamos prometido realizar las reuniones en todos nuestros destinos, aunque fuera en la plaza del pueblo. Por suerte una familia se apiadó de nosotros y nos abrió las puertas de su casa. Mate de por medio, dimos la charla y nos distendimos con la ronda musical. Fue una alegría poder intercambiar conocimientos y música a partir de la recepción espontánea de los vecinos. Ahí me convencí. El ambiente festivo es fundamental a la hora de incorporar recomendaciones médicas. Hace bien al corazón.

Al dúo musical lo llamamos “Los guardianes del botiquín”. No puedo decir que suena muy bien cuando toco la guitarra, pero la compañía de un gran músico y la idea del doctor que se anima a cantar me resultan escudos fundamentales para cuando desafino o pifio algún acorde.

En cuanto al contenido de las charlas, invito a los participantes a modificar sus hábitos de vida. Alejarse del sedentarismo y la mala alimentación de la modernidad basada en azúcares y grasas son pasos claves, así como evitar el exceso en el consumo de sal. También me gusta alentar a las personas a que elaboren su propia huerta. Es algo que se puede hacer en un balcón de cualquier ciudad, cultivando cherries en una maceta y también en plena Patagonia, porque -aun con un clima tan seco y un paisaje tan desértico-, vimos en Paso de Indios unos zucchinis enormes, de más de un kilo, cultivados al aire libre por unas vecinas que muy orgullosas nos compartieron su experiencia. Si en Paso de Indios es posible hacer una huerta, entonces se puede hacer en cualquier lugar del país. Además, se me ocurre que es una linda metáfora sobre los cuidados médicos, que pasan de generación en generación. Abuelos sanos, padres e hijos sanos. Sin agroquímicos ni nada raro de por medio.

Llegó el doctor, llegó el doctor
la familia está tranquila…
llegó el doctor, llegó el doctor
Si me duele la barriga

Durante las primeras dos giras me hice cargo de los gastos. No me gusta decir que trabajo gratis, prefiero el concepto de ad honorem. Para mí es un verdadero honor dar una mano transmitiendo mis conocimientos en los pueblos de la Patagonia. Además, me recibí de la Universidad de Buenos Aires, por lo que siento una necesidad de retribuirle al Estado la posibilidad de formación profesional que me dio. Mis padres, nacidos en áreas rurales, apenas alcanzaron el sexto grado, pero gracias a la educación pública y gratuita nos permitieron tener la posibilidad del estudio universitario a sus tres hijos.

Durante la tercera gira estaba dispuesto a cargar nuevamente con los costos, pero muchos vecinos se sintieron interpelados por el proyecto y dejaron sus aportes en el consultorio donde trabajo. Al principio me ruboricé. Nunca fue mi idea pedir aportes a la gente del pueblo, pero lo tomé como una verdadera caricia para el alma. Me conmovieron las ganas de acompañarnos de manera simbólica en nuestra humilde epopeya. También el municipio y un senador por Río Negro nos ayudaron en la última gira.

Ahora estamos preparando la cuarta en los últimos días de septiembre, en la fecha que se celebra el día mundial del corazón, como siempre representando a la Sociedad Argentina de Cardiología, la Fundación Cardiológica Argentina y la Federación Mundial del Corazón, sociedades de las que soy miembro y en las que participo activamente. En esta ocasión queremos recorrer algunos kilómetros más, con el objetivo de visitar una comunidad mapuche situada en lo que podríamos llamar la profundidad de la estepa, donde tenemos ganas de intercambiar experiencias. Yo desde mi ciencia, ellos desde su cultura milenaria.

Quiero cerrar esta nota agradeciendo a mis compañeros de viaje. A Marco, el profesor de guitarra, maestro de música en escuelas rurales de los alrededores de El Bolsón. Es un ser muy solidario, cualidad indispensable para nuestras aventuras. Es un idealista que, de forma voluntaria, da clases de apoyo a niños en un Centro comunitario.

Por último, el otro integrante de la troupe: mi hijo Benjamín, de solo once años. Él pidió venir con nosotros en la tercera gira, movilizado por los comentarios sobre las anteriores. Le compré un diario de viaje para compensar las ausencias a la escuela y puso palabras a las emociones que nos recorrían durante el camino. Yo me pregunté durante todo el viaje qué sentiría este inquieto muchachito, cómo vería a su padre, toda una autoridad que le habla a la gente sobre cómo mejorar su calidad de vida. Y que termina cantando “Llegó el doctor” a viva voz.

Benjamín quizás no dimensiona todavía el objetivo de tanto esfuerzo, de tanta dedicación, de más de veinticuatro horas al volante en nuestra querida Patagonia Argentina. Pero cuando recuerde las aventuras compartidas dará importancia al sentido de solidaridad y de amor al prójimo. De eso estoy seguro.
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César Berenstein. Médico cardiólogo, comunicador y viajero. Se divierte difundiendo su mensaje de prevención en la Patagonia. Rompe las estructuras típicas de los profesionales de la salud. Subió a Youtube el video con algunas imágenes de la gira. Se puede buscar como “2000 km de salud y alegría”. Con su programa “Llegó el Doctor” (FM Patagonia Andina) ganó el premio Martín Fierro Federal en 2019. Vicepresidente segundo de la Sociedad Argentina de Cardiología en 2019, coordinador del grupo de prevención cardiovascular “Objetivo 25 x 25” de S.A.C y la Fundación Cardiológica Argentina. Trabaja en El Bolsón, sus pacientes lo reconocen de oírlo por la radio y entran al consultorio tarareando sus canciones. Eso lo hace feliz.

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