Bolivia

Gordos o esqueléticos, la pandemia de la mala alimentación

La situación empeoró con el coronavirus, los dos extremos de la mala alimentación se tocan y suman un solo mal. Mientras 690 millones de personas en el mundo prácticamente no tienen qué comer, otros 650 millones comen mucho y comen mal. La sobregordura y el hambre resultan las dos caras de la moneda nutricional. El sistema alimentario mundial no funciona y, en suma, a más de 1.350 millones de personas afecta la malnutrición. Lo peor es que, el mundo, tal cual escribía en 2012 Raj Patel es cada vez más de obesos y famélicos.

Según el informe sobre el estado de la Seguridad Alimentaria y Nutrición en el Mundo en 2020, publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las cifras son poco alentadoras: cerca de 690 millones de personas pasan hambre, o el 8,9 por ciento de la población mundial. Se trata de un aumento de 10 millones de personas en un año y de casi 60 millones en cinco años. En el otro lado de la balanza, la Organización Mundial de la Salud calculaba no sólo que 650 millones de personas son obesas, sino que, además, 1.900 millones presentan sobrepeso. 

Mientras, en décadas pasadas, ya en el siglo anterior, el rostro de la mala alimentación era la hambruna, el mapa de los problemas alimenticios del planeta resultaba claro. Pero ahora la problemática ya no sólo afecta a los países del sur, sino que ha subido, incluso en el segmento del hambre al norte. Mientras que en el propio sur, el caso afectaba a áreas periféricas y determinadas clases sociales, ahora avanza hacia nuevos sectores.  

Pero incluso más allá de las víctimas perceptibles del problema, quienes cada vez son más visibles en las calles, los problemas de la mala alimentación castigan a otras personas de características “normales”. Más allá del hambre severa y el sobrepeso de los obesos, otras dos mil millones de personas en el mundo padecen deficiencias de micronutrientes (hierro, vitamina A, zinc, yodo, potasio…). Aproximadamente, el 26 por ciento de los niños tienen, a consecuencia de esas carencias, retraso en el crecimiento. Mientras que otros 1.400 millones de pequeños viven con sobrepeso.

Debido a las deformaciones que el negocio de la venta de productos alimenticios ha generado, el problema de la alimentación hace mucho que no consiste sólo en si podemos comer o no, sino en qué ingerimos, de qué calidad, procedencia, cómo ha sido elaborado. No se trata sólo de comer sino de comer bien. Y se trata también de romper con una serie de hábitos y vicios adquiridos e inducidos por la industria del sabor y de la oferta de bajo costo.  

En ese escenario, quienes cuentan con menos recursos económicos tienen más dificultades y pagan más consecuencias. En la primera potencia del planeta, por ejemplo, la obesidad afecta principalmente a la población afroamericana (36 por ciento del total) y la minoría latinoamericana (29 por ciento), según el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de EEUU.

La industria ha aprovechado así los “nichos de mercado”. Las crisis económicas o las condiciones de sobrevivencia de las minorías han empeorado la situación alimentaria del mundo. Incluso a su pesar, miles, tal vez millones de personas, saben que su única opción, entre la energía para continuar su lucha diaria y el hambre, es la denominada comida chatarra. En otros casos, la fuente de resistencia laboral constituyen los abundantes y nocivos, por acumulación, combos de carbohidratos y estimulantes llamados eufemísticamente “energizantes”.

En ese escenario, cada vez más personas son empujadas a comprar productos baratos y menos nutritivos, resumió el informe “Generación XXL” ya el año 2012, de la compañía de investigación IPSOS. Para entonces, en el Reino Unido, por poner un caso, la crisis había hecho que las ventas de carne de cordero, verduras y fruta fresca disminuyesen considerablemente. Mientras tanto, el consumo de productos envasados, como galletas y pizzas, aumentó sostenidamente en cinco años. No fue muy distinto lo que sucedió en otros países europeos.

Pero lo propio pasó en las nuevas megalópolis de los países emergentes. En México D.F., Buenos Aires, Santiago de Chile, etc. millones de personas sufren las consecuencias del modelo de alimentación “fast food”, altamente peligroso para la salud. “Seduce a los soñadores de cuerpo joven que confían en que su condición les permitirá resistir los riesgos –dice el informe “Entre la insulina y la diálisis”, de la Fundación Trabajo Digno–. No saben que antes de la vuelta de los 40 años puede esperarles una diabetes o un problema peor con mayores riesgos discapacitantes”. 

Por ello, la pandemia de la mala alimentación ha sido la cabeza de la Medusa de  enfermedades que no han hecho sino aumentar en los últimos tiempos: diabetes, alergias, colesterol, hiperactividad infantil, etc. Y esto tiene consecuencias económicas directas. Según el Banco Mundial, cuatro millones de personas mueren cada año debido a causas relacionadas con la obesidad y la prevalencia de personas con sobrepeso se triplicó en el mundo desde 1975 hasta 2020. Reportes oficiales señalan, por citar dos ejemplos, que en México siete de cada diez adultos sufren sobrepeso, mientras que en España son cuatro de cada diez los afectados por ese problema. 

En toda crisis hay ganadores y perdedores. En ésta quienes no dejan de ganar, y hasta aprovechan las quejas de sus víctimas, resultan la industria agroalimentaria y sus grandes distribuidores, es decir, los supermercados. El desbalance ya no tiene límites. Las quejas se multiplican, pero no logran ser escuchadas.

No se entiende, por ejemplo, que alimentos producidos localmente tengan competencia china, estadounidense o coreana, en países ubicados a miles de kilómetros. Resultan productos cultivados y, a veces, considerados de descarte por sus altas dosis de pesticidas y fitosanitarios que no sirven para exportaciones a países con controles rigurosos. En otras oportunidades, constituyen alimentos producidos en condiciones laborales precarias, con poco valor nutritivo, pero precio muy bajo. También suman aquellos alimentos en el límite de su vigencia. Para colmo, suelen forzar la quiebra de una sana, pero poco protegida producción local o aquella que, por causas como el cambio climático u otras razones, bajó sus rendimientos.  

En definitiva, un sistema que antepone los intereses particulares de los grandes círculos del agronegocio o las transnacionales del sabor enlatado, empaquetado o embotellado a las necesidades alimentarias y la salud de las personas. Se ha llegado a tales niveles de abuso que las grandes empresas, a la par de abaratar sus ofertas de comida chatarra y productos sobre cargados de agregados, también se apropian de recursos sanos y valiosos para la salud humana. La venta de agua pura, de jugos naturales sin preservantes o de comida orgánica seleccionada se va convirtiendo en nuevos departamentos exclusivos de conocidas transnacionales. Y a cada oferta le añaden su particular impuesto.

Por ejemplo, datos del Banco Mundial indican que mientras en Estados Unidos los cereales infantiles fortificados cuestan 3,7 veces el precio del pan, en La India cuestan 11 veces más y en Nigeria hasta 30 veces más.En México, el litro de leche cuesta 16 pesos, la botella de tres litros de Coca Cola, 35, y la de refresco sin marca, 20. Y en Kenia, el precio del agua embotellada es bastante más alto que el precio de las bebidas gaseosas azucaradas, y, en consecuencia, muchas familias pobres que no tienen acceso a agua segura, sólo toman bebidas azucaradas.

Además, los productos más nutritivos y saludables no llegan fácilmente a los consumidores de países de bajo ingreso por problemas relacionados con la distribución y venta al por menor. Curiosamente, los productos procesados y menos saludables no sólo son más baratos, sino que superan los obstáculos de distribución y llegan a los puntos más remotos. Los consumidores de países de renta baja que viven en zonas urbanas compran la mayor parte de la comida que consumen en supermercados y de ella, un porcentaje alto es comida procesada. 

¿Algo más? Sí. En el lado del mundo donde ni siquiera existe el nocivo consuelo de comer algo, por alterado o adictivo que sea, surge una silenciosa pregunta abierta al resto de la humanidad: ¿Por qué casi una tercera parte de los alimentos listos para consumo es echada a la basura cada año? Así lo establece la FAO. Y, por doloroso que suene, 1.300 millones de toneladas de alimentos cada año son echadas a los contenedores de basura o al mar.  

Mala alimentación, una pandemia que, entre cartas y espadas, causa 15 mil muertos cada día, cinco mil más que lo previsto para la Covid-19. Peor aún, entre cuarentenas y bajones económicos causados por la pandemia del coronavirus se presume que esas cifras probablemente empeoren.  Pero, por ahora, no hay quien entre los poderosos asuma decididamente este problema que se podría superar sin mayores esfuerzos de los laboratorios ni de los investigadores. Sólo algunos ajustes en los sistemas educativos y una mayor equidad distributiva, bajo una adecuada voluntad política bastarían.  

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