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Colombia

Acecha el dopaje

El ciclismo, uno de los grandes motivos de orgullo del país y una esperanza concreta de transformación positiva de sus vidas para miles de jóvenes, está en peligro.

La seguidilla de malas noticias en materia de dopaje de ciclistas colombianos amenaza seriamente el presente y el futuro de una disciplina en la que Colombia es hoy, tras mucho esfuerzo, potencia mundial. Están en juego la credibilidad de futuras victorias y la posibilidad de que los nuevos valores encuentren un espacio en la élite de este deporte, el World Tour. Es evidente también que estas noticias no son de buen recibo por las empresas patrocinadoras.

En apenas un mes, cuatro pedalistas han sido suspendidos por la Unión Ciclística Internacional debido a resultados adversos en pruebas antidopaje: Járlinson Pantano, Wílmar Paredes, Juan José Amador y Álex Cano. Meses atrás, el pistero Fabián Puerta, igualmente, fue objeto de una sanción por la misma razón y, fresco en la memoria, está el sórdido episodio de ocho corredores cuyos exámenes arrojaron resultado positivo en la Vuelta a Colombia del 2017.

A estas alturas, ya parece ingenuo hablar de casos aislados. Todo apunta más bien a la necesidad de aceptar una dolorosa realidad: el auge del uso de sustancias prohibidas en el ciclismo colombiano. Y, en este punto, el peor camino es el de la negación.

Es nula la sanción social para quienes han sido penalizados por este motivo. Al contrario, algunos son todavía aplaudidos.

Es necesario, para comenzar, pasar la página de la ropa sucia que se lava en casa, la de señalar como enemigo a quien invita a una discusión franca sobre el tema. Llegó el momento de un esfuerzo conjunto para establecer, por fin y como tantas voces llevan años pidiéndolo, si detrás de estos casos hay algo más que jóvenes en cuyo fuero interno la necesidad de éxitos supera las consideraciones éticas. Para ser claros: si es verdad que hay una red con cabezas visibles y un modus operandi concreto. Es hora de sincerarse y reflexionar por qué es nula la sanción social para quienes ya han sido penalizados por este motivo y en otros países han visto cómo se les cierran las puertas. Aquí, en cambio, todavía son aplaudidos. Hay que generar conciencia sobre todo lo que está mal con el dopaje, y así prevenir.

Es mucho lo que está en juego. Hay que poner a salvo a los jóvenes que apenas comienzan y que deben encontrar en la institucionalidad del deporte un refugio seguro frente al acecho del flagelo. Sin embargo, la actitud hasta ahora vista por el ente federativo no es la que la coyuntura demanda. Aunque ha habido avances, pues se pasó de declaraciones públicas y reuniones privadas de sus directivos desligándose del cualquier compromiso en esta tarea a comunicados en los que se rechaza firmemente el dopaje, estos están lejos de ser suficientes. Faltan acciones, sentar precedentes.

En lo que concierne a Coldeportes, ente regulador del deporte, su nuevo director, Ernesto Lucena, ha anunciado un giro que es urgente en la postura de la entidad frente al asunto. Ha hablado de un proyecto de ley que penalice el tráfico de sustancias dopantes y de recuperar el aval de la Asociación Mundial Antidopaje que tenía –y que perdió, por razones que deben aclararse– el laboratorio antidopaje de Bogotá. Que no sean solo anuncios.

editorial@eltiempo.com

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