Colombia

El país que queremos

Parece que cada uno de nosotros quiere un país diferente y está dispuesto a destruir el país que quieren los demás, así en ello se nos vaya la vida. Bástenos mirar lo que en las semanas anteriores presenciamos.

Iniciemos por lo que se dio en Popayán, cuando los indígenas de esos contornos, resolvieron derribar la estatua que de Sebastián de Belalcázar se erigió en el cerro o pirámide de Tucán, dado que Belalcázar fue el fundador de la ciudad. Pero no! A los llamados indígenas, denominación que es excluyente para el resto de habitantes del país, no les pareció eso bien, puesto que Belalcázar fue violento con los pobladores de la región en aquellos tiempos, tiempos en los que, los llamados conquistadores, conquistaron el continente americano. Conquistadores que, como en otros lugares del planeta, conquistaban a sangre fuego y sometían a los habitantes de las regiones que ocupaban haciéndolos esclavos. Era la ley del entonces, cosa que desde el hoy no es entendida por ciertas gentes que han resuelto hacer juicios, parapetados en lo que en estos días se tiene y con los que se juzga bueno o malo.

Ese día Sebastián rodó por el suelo y, en danza frenética sobre los escombros, fue celebrado el hecho, y para adobarlo se lanzaron piedras sobre la estructura derribada y maltrecha. Con eso, se satisfizo la sed de venganza almacenada por siglos de los que ejecutaron el acto, muchos de los cuales no sabían el por qué de esta gesta. Sucedido el hecho, las autoridades resolvieron judicializar a los actores, pero no a mucho de hacer pública su intención, la amenaza de siempre salió a flote y los gestores anunciaron que de hacerse justicia sobre ellos cerrarían la vía Panamericana. De esta manera, el país vuelve a verse sometido a la ley que impera en ese sector de Colombia, la ley de las etnias que habitan este territorio, en el que gobierna el narcotráfico y por el que mueren día a día los que se han doblegado, allí sí, al conquistador del hoy, el que les tomó las tierras dada la molicie de los de allí, conquistador al que no pueden derribar tan fácilmente como al indemne Belalcázar. Y esta amenaza nos recuerda el cerco sobre Popayán, y el sur del país, y sus habitantes, hace algo más de un año, hechos sin sanciones aún y en los que se incurrió en todo tipo de delitos. ¡He allí un país!

Pero también asistimos a un fallo de la Corte Suprema, Sala Civil, que ha resuelto inmiscuirse en el Poder Ejecutivo e indicarle el cómo y la manera en la que este Poder debe controlar el orden público y establecer los medios que para hacerlo debe usar. Quizás a la Corte le corresponda velar porque los derechos de los ciudadanos sean guardados, pero se va de narices al establecer el cómo y el con qué, en otra manifestación de que el Gobierno de los Jueces es una realidad en nuestro medio.

Tratar de controlar la expresión pacífica del malestar ciudadano sin medios contundentes y disuasivos, es sólo el desconocimiento de lo que en la realidad se presenta. ¿Acaso la expresión de la protesta no puede ser también orientada por la misma Corte para que se realice en las plazas de las poblaciones, para lo que expresamente se han hecho? ¿Esa manifestación de malestar y la protesta puede tolerarse cuando perjudica el derecho a la tranquilidad de otros integrantes de la sociedad? ¿Desconoce la Corte que las tales marchas, por si, o por actos de extraños, desembocan en expresiones violentas, en saqueos y en procederes que de una u otra forma son vandálicos y que en las más de las veces se prestan para saqueos?

Todo parece indicar que los integrantes de las Cortes son habitantes de otros mundos, mundos en los que los ciudadanos entienden que es necesario respetar a la autoridad y proceder en orden y sin perturbar a sus semejantes. Ellos, tienen otra percepción del país en el que habitan y consideran que sus disposiciones, por el respeto que demandan de los demás integrantes de la sociedad, serán atendidas en su integridad. Vaya, un criterio más salido de contexto. He allí el país de las Cortes!

Manizales, septiembre 25 del Año de la Peste.   

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