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Colombia

Hoy por fin

Que el fútbol es como la vida misma, y a veces mejor que ella, es una verdad tan vieja como la costumbre de coger una pelota y empezar a patearla; echarla a rodar como el mundo, vivimos dentro de un balón, qué más se podía esperar. Y en la cancha está todo: la comedia, la tragedia, el drama. La astucia y el talento, pero también el azar, la nobleza, la maldad. La envidia y la admiración, “parientes dicen que son”.

Por eso, como ningún otro deporte sobre la Tierra, como ninguna otra cosa, el fútbol convoca la atención y la pasión de la humanidad hasta el extremo delirante de ser lo más importante que le ocurre mientras está ocurriendo. Como si el tiempo se detuviera y dejara de existir por esos noventa minutos que dura un partido, qué paradoja: noventa minutos en los que el tiempo no existe y sin embargo nos la pasamos viendo el reloj.

Algo así pasa cuando llega el Mundial cada cuatro años, por fin, pero es aún mejor. Porque entonces la suspensión del tiempo, la suspensión de la incredulidad, no dura ya noventa minutos sino un mes entero: treinta días con sus noches en los que es como si nadie quisiera hablar ni saber de nada más. Una especie de estado de gracia universal, o eso creemos, sublimado por la ilusión de cada nuevo partido que ya va a empezar.

En el caso colombiano hay además un impagable servicio paliativo que nos obsequia el Mundial y es que su inauguración y sus primeros partidos coinciden casi siempre con la segunda vuelta de la campaña presidencial. Así que después del agotamiento y la saturación, las consignas, los insultos, las promesas, las ideas, el guayabo y la realidad –es inevitable, alguien tiene que quedar–, el fútbol se vuelve también un consuelo.

El fútbol convoca la atención y la pasión de la humanidad hasta el extremo delirante de ser lo más importante que le ocurre mientras está ocurriendo.

Y no solo por indolencia y frivolidad, quizás no solo por eso, sino además porque el fútbol es la religión de nuestro tiempo: la última gran religión inventada por la especie humana, perdónenme la blasfemia y la herejía y la fe, la que acaso haya logrado más fieles en toda su historia. Cada partido una misa: una celebración con sus rituales, sus misterios, sus sacrificios; hombres vueltos dioses ante los ojos del mundo.

Norbert Elías, un gran sociólogo y un gran poeta (“salgamos a pasear, a despertar dragones...”), decía que el fútbol es sin duda el deporte más importante del mundo moderno, el que mejor resume lo humano, porque es el que más nos permite repetir el viejo destino de la guerra, solo que sin sus peligros, sin que aceche la muerte. Casi como una justa medieval en la que todos los valores de la sociedad se escenifican.

Y eso es lo que pasa en el Mundial; de eso se trata. Porque al final, más allá del descomunal negocio, más allá del espectáculo y la industria que todo lo envilecen, al final la cancha sigue siendo un potrero: el lugar donde anochecía cuando éramos niños y aun sin luz seguíamos pateando un balón hasta meter el último gol. Había una música, me acuerdo bien, la de los grillos en el pasto, la de las tenues lámparas que no servían para nada.

Luego uno crece (es un decir) y descubre un día, después de mucho esfuerzo, después de haberlo creído con fe de carbonero toda la vida, que no va a ser futbolista, que no va a jugar el Mundial. Existe sin embargo un consuelo, el fútbol mismo. Jugarlo y verlo jugar, hablarlo, escribirlo, pensarlo, incluso odiarlo. Y, sobre todo, detener el tiempo: esperar a que pasen otra vez cuatro años para volver a empezar.

Como San Agustín en sus 'Confesiones', cuando cuenta que no estudiaba por jugar a la pelota. Luego, en el mismo libro, se pregunta el sabio por la eternidad.

Treinta días al año cada cuatro años, eso es la eternidad. Y hoy, por fin, hoy otra vez. Ya, el Mundial.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN


catuloelperro@hotmail.com