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Colombia

Irresponsabilidad

Esta columna comenzó, hace más de diez años, cuando no se sabía si Uribe iba a poderse reelegir otra vez o iba a lanzarse a la alcaldía de Bogotá para convertirla en la capital del país o iba a dirigir los destinos de un pequeño pueblo antioqueño –sacado de alguna página de don Tomás Carrasquilla o don Jesús del Corral– antes de entregársele al ocaso. No me lo estoy inventando, no, todo eso se dijo en aquel entonces: tanto los uribistas como los agnósticos perdimos meses y meses y meses en ese suspenso tan diciente. Y desde ese momento, como si se tratara de honrar la hipótesis de que Colombia no solo está mal hecha, sino que está condenada a repetirse, todas nuestras elecciones han parecido de vida o muerte: si gana Santos, si gana Zuluaga, si gana el ‘no’, si gana Duque, va a ser el fin.

Digo esto porque una democracia hecha y derecha no debería temerles tanto a los resultados de sus votaciones. Pero nuestras elecciones regionales también se han convertido en máquinas de predecir el acabose si gana el uno o pierde el otro. Y, como esta década trastornada ha sido la década de las redes sociales, se han vuelto permanentes e indelebles los delirios, los odios, los prejuicios, las bajezas, las superioridades de manada, las noticias falsas y las teorías de conspiración de tiempos de campaña. Claro que hay un montón de candidatos capacitados para hacer el trabajo que les describe y les encarga la ley. Pero lo cierto es que –ridiculizados, sobreexpuestos y difamados todo el día– se dedican en cuerpo y alma a no ser derrotados por hordas de trolls. Y se la pasan hablando de más porque se la pasan oyendo de más.

Hay que estar atentos a estos líderes insaciables e inescrupulosos que van por ahí –por todas las plazas posibles, digo– dejando un rastro de palabras claves para echar a andar el horror de los demás

Es increíble que en esta larga década de columnas no se me haya venido nunca a la cabeza el título de esta semana: ‘Irresponsabilidad’. Pues cada año que pasa, mientras el extraño oficio de ser ‘seguidor’ se degrada y se degrada, mientras se vuelve innegable que hashtag significa ‘estigma’ en colombiano, y el mundo se inunda de pruebas de que demasiados hombres viven a la espera de un pretexto para su violencia, me parece más y más claro que no solo hay que fiscalizarles las carreras a aquellos políticos corruptos que creen que hacer campaña es invertir en el negocio más rentable de todos, sino que hay que estar atentos a estos líderes insaciables e inescrupulosos que van por ahí –por todas las plazas posibles, digo– dejando un rastro de palabras claves para echar a andar el horror de los demás.

Hay que evitarlos como al diablo. Hay que hacer lo posible para no servirle, como ellos, al vicio del desprecio. Hay que señalarlos cada vez que repitan su truco infame: el ejemplo más obvio es el del imperdonable Donald Trump, que insiste e insiste en su discurso xenofóbico en un país en el que un “supremacista blanco” acaba de asesinar a 22 personas en El Paso, Texas, en la misión delirante de impedir una “invasión mexicana”, pero la verdad es que aquí en Colombia una frase pendenciera o un tuit envenenado de cualquier poderoso –contra los inmigrantes venezolanos, contra los opositores, contra los críticos del poder, contra los líderes sociales– puede ser recibida como una orden o como un espaldarazo por miles de empleados de la violencia.

No es un mal criterio tanto en los días traumáticos de las elecciones como en los años eternos de los gobiernos: el de no volverse a poner la camiseta de un político, como si la vida dependiera de ello, encima de la camiseta que cada uno lleva –y tener claro que todos, por extremistas que suenen, tendrán que terminar en ‘el centro’ porque el tal centro es el Estado y es la ley, y aquí los vigilamos–, y jamás reducirse a seguidor de un líder que en esta era incierta no sea capaz de responder por sus palabras.

www.ricardosilvaromero.com

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