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Colombia

Luz al final del camino: el éxodo venezolano en frontera con Ecuador

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde. En el puente internacional de Rumichaca, paso fronterizo entre Colombia y Ecuador, la esperanza llega trastocada, metida en maletas roídas por el traqueteo del trayecto, desinflada después de tantos días de viaje. Pero llega. “En Perú espero encontrar un buen trabajo, y si no puede ser de lo que estudié, por lo menos uno donde pueda tener una estabilidad para darle una buena alimentación a mis hijas y una vida digna. Tengo unas amigas que están allá y me han dicho que hay trabajo”, cuenta abrumada Paola Romero, terapeuta masajista profesional de 23 años, originaria del municipio de Esteller, en el estado Portuguesa, al noroeste de Venezuela.

La joven acaba de alcanzar este punto del territorio colombiano –a unos tres kilómetros de distancia del centro de Ipiales, Nariño–, después de seis días caminando y ‘pidiendo colas’ (haciendo ‘autostop’) desde Cúcuta, Norte de Santander, principal punto de entrada a Colombia de los venezolanos que dejan atrás su país. En 2018 ingresaron 70.000 al día, según cifras de Migración Colombia. A su lado están Karlendis e Isabella, sus dos hijas de 2 y 5 años, que revolotean enérgicas a su alrededor, como si el viaje no hubiera hecho mella alguna en ellas.

Paola ha tenido que aplazar por unas horas o días –no sabe muy bien– su aspiración de alcanzar Perú hasta que formalice la situación de una de las niñas. Está pendiente de recibir un poder del padre de Isabella sin el que la menor no puede obtener la Tarjeta Andina Migratoria, la cual le permite transitar por ciertos países de la región junto con su madre y hermana.

Mientras espera resignada, a pocos metros, cientos de sus compatriotas hacen fila para recibir el tan ansiado documento en el punto migratorio o sellar su pasaporte y así seguir su camino. Para muchos, la Tarjeta se ha convertido en una tabla de salvación para regularizar su situación migratoria, ante la apatía de las autoridades venezolanas para emitir documentos o la imposibilidad de hacerse con un pasaporte oficial por su alto costo. “Son como 300 dólares para sacárselo. Eso son como cuatro años de trabajo, porque el salario mensual en Venezuela está equivaliendo a unos siete dólares”, explica Eliomar Montaño, otro venezolano que aguarda estoico el momento de franquear el puente de Rumichaca con su esposa, sus dos niños de 4 y 2 años, y su prima, de 15. En lo que va del año, 224.326 venezolanos han salido del país por este punto, según Migración Colombia.

Oriundos de Maracay, estado Aragua, Eliomar y su familia quieren radicarse en Chile, porque “hemos escuchado en los medios de comunicación que ahí hay una mejor calidad de vida”, dice. Completan hoy los casi 20 días de viaje desde Barranquilla, donde el joven de 25 años llevaba viviendo dos años: “Mi familia fue llegando poco a poco. Yo trabajando acá les mandaba dinero y ellos reunieron el pasaje hasta allá”, indica. Desde la capital del Atlántico emprendieron el camino a pie –los días que no tuvieron suerte– y –otros días– encaramados en las tractomulas que les quisieron “dar el aventón”.

Como Paola y Eliomar, son miles los venezolanos que atraviesan Colombia a diario para cruzar a Ecuador. Ipiales se ha convertido en una especie de embudo por el que confluye gran parte del flujo migratorio que retrata el éxodo masivo de ciudadanos del país vecino que huyen de la crisis económica, política y social. La consultora venezolana Consultores 21 estima que, desde que Nicolás Maduro asumió la presidencia en 2013, cuatro millones de personas han abandonado el país. Naciones Unidas alertó que el número podría ascender a 5 millones a finales de 2019. Se trata del mayor movimiento de población en la historia reciente de América Latina.

Con corte al 31 de mayo de este año, Colombia acogía a 1’260.594, la mayoría (770.975) están en situación regular.

Frontera entre Perú y Ecuador

Los niños dominan las multitudes de migrantes que llegaron a la ciudad fronteriza peruana de Tumbes.

Crisis humanitaria

Rumichaca huele a desgaste. La fragilidad y el deterioro de los cuerpos es evidente; el frío característico de esta zona al suroccidente de Colombia no ayuda. Los venezolanos, acostumbrados a temperaturas más clementes, se enrollan en cobijas, en sacos, en lo que encuentran o reciben de las organizaciones humanitarias para soportar las bajas temperaturas que se desploman hasta los seis grados por la noche y martillan como cristales los huesos. “Son personas que llegan muy descompensadas, deshidratadas o enfermas porque no han tenido acceso a un tratamiento adecuado para una enfermedad crónica en su país de origen, como la diabetes o la hipertensión”, señala Nathaly Cabrera, coordinadora del punto de salud que tiene la Cruz Roja colombiana a pocos metros del puente internacional.

El flujo de personas con necesidades médicas ha aumentado considerablemente en los últimos meses, dice. Cuando se inauguró el centro, en julio de 2018, el promedio de pacientes diarios era de 75; ahora es de 120. “La mayoría llegan con dolores de cabeza, musculares y dificultades para respirar por la dureza del trayecto”, añade Cabrera.

En medio de la entrevista, un hombre irrumpe en las instalaciones con una joven aturdida en los brazos. Cabrera corta abruptamente la conversación y sale corriendo para atenderla junto al resto de equipo médico. Vuelve después de unos minutos: “Un desmayo. Hay muchos días en los que uno no puede más, por ejemplo, esta semana. Hemos tenido muchos pacientes con problemas cardiorrespiratorios y hemos tenido que darles reanimación. Ha sido muy complejo”, relata aliviada de que este no sea uno de esos casos. Muchos llevan días sin comer...

Pero el cuerpo no es lo único que se resiente. También la mente, que llega a Rumichaca agotada y angustiada, después de recorrer los 1.418 kilómetros que separan Cúcuta de este punto. Un trayecto que, solo por carretera, tiene una duración de un día y dos horas. En el caso de los caminantes, el viaje puede alargarse semanas. “Lo que más atendemos son pacientes con depresión, estrés y sensación de pánico y persecución. Nosotros les hacemos una descarga emocional para que puedan desahogarse y continuar”, explica Cabrera.

Entre las personas que atienden a los venezolanos se habla también –con cierta reserva– de un incremento de los casos de migrantes que llegan al paso fronterizo golpeados o que han sufrido atracos y robos en el camino. A José Gregorio y José Miguel Urquiola, dos hermanos del estado Barinas, de 28 y 15 años, les robaron los documentos y todas sus pertenencias en Ibagué, Tolima. “Fue un grupo de hombres. Llevo el mes completo con la misma ropa interior porque no cargo nada más que ponerme. Me da mucho temor lo que nos pase adelante en el camino”, cuenta el mayor. El Grupo Interagencial sobre Flujos Migratorios Mixtos (GFMM) alertó en su informe de febrero de este año de la presencia de grupos armados irregulares en el trayecto, que establecen el cobro de peajes. Estos varían entre los 2.000 y los 20.000 pesos, según la carga que porte el caminante.

Lo que más atendemos son pacientes con depresión, con estrés y sensación de pánico. Les hacemos una descarga emocional para que puedan continuar

Luz al final del túnel

Al lado ecuatoriano de la frontera se amontonan las maletas y las personas por igual, sobre todo niños que, en muchos casos, no superan el año de edad. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) ha instalado unas unidades habitacionales para que los migrantes puedan descansar o pasar la noche. De ahí salen autobuses gratuitos diarios hacia Huaquillas (frontera de Ecuador y Perú) financiados por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Cada semana ingresan por el paso fronterizo entre 2.500 y 3.000 personas. De estas, un 80 por ciento están de tránsito hacia otros países, como Perú, Chile o Argentina. El otro 20 por ciento se queda en Ecuador –mayoritariamente en Quito, Guayaquil o Manta–, porque o bien tienen un trabajo asegurado, o bien tienen familiares o amigos residiendo en esas ciudades, señala Joel Vega, coordinador del Plan Nacional de Movilidad Humana de la Cruz Roja ecuatoriana. “La mayoría son casos de reunificación familiar”, explica.

La llegada masiva de venezolanos a Ecuador tiene desbordadas a las autoridades del país, que por primera vez en su historia se enfrentan a una emergencia humanitaria de estas magnitudes. En mayo, el presidente Lenín Moreno anunció su intención de exigir un visado a los migrantes que quieran cruzar Ecuador. La medida entró en vigor este sábado. Se estima que entre 230 y 250.000 venezolanos viven en territorio ecuatoriano.

María Conde también quiere hacer de Ecuador su nueva casa. Está sentada sobre sus maletas, fatigada por el ajetreo del último mes y el sol que le ha dejado la cara roja como un camarón, pero ya mira de frente el final de su odisea: Guayaquil, a 1.480 kilómetros de distancia (11 horas en carro).

A esta mujer, que en agosto cumplirá 60 años y es originaria de Valencia, en el estado de Carabobo, se le caen las lágrimas cuando recuerda que cada domingo, antes de que estallara la crisis, reunía a sus seis hijos y a sus nietos en su casa para prepararles sancocho. Solo una de ellas, la pequeña de 30, vive todavía en Venezuela. El resto ya cogieron rumbo. “Mi vida era muy bonita, una buena casa, mi restaurante; pero hace cuatro años tuve que cerrar el negocio porque escaseó la comida y todo subió”, relata. Viaja con su sobrina y los tres hijos de esta, de 11, 13 y 15 años; y aunque sueña con volver algún día a Venezuela, su anhelo más inmediato es encontrar un trabajo de cocinera “o lavando, limpiando o lo que sea” para ayudar a su familia. “Todavía me siento dura para trabajar”, dice.

Sí, la esperanza es lo último que debe perderse.

JULIA ALEGRE BARRIENTOS


Redacción Domingo
EL TIEMPO

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