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Colombia

Nueva dieta

Una de las manifestaciones más explícitas de la crisis climática global se refleja en nuestra mesa. La agricultura y la cadena de producción de alimentos aportan cerca del 37 por ciento de las emisiones causantes del cambio climático. Al mismo tiempo, con eventos más extremos en el clima, como sequías e inundaciones, se afectan los suelos, la provisión del agua y los cultivos. Es un círculo vicioso de degradación que urge transformar, como lo advirtió hace unos días el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) en un reporte exhaustivo acerca de los nexos entre el cambio climático y la tierra.

Este es el escenario: los suelos están más expuestos a la erosión, la tierra arable se pierde más rápido de lo que se regenera, las altas temperaturas reducen el rendimiento de los cultivos, el agua escasea para la producción de ciertos alimentos, y la sobreexplotación ganadera no cesa. Del lado social, tampoco parece haber indicadores alentadores: la tercera parte de la comida producida se desperdicia, cerca de 2.000 millones de personas sufren sobrepeso, y, en contraste, otros 815 millones padecen hambre. Así que el modelo actual debe replantearse con premura.

La ciencia da luces respecto a ese futuro de la alimentación: una dieta más sostenible que vaya a tono con los límites del planeta. Esto implica, según el reporte del IPCC, esquemas de alimentación basados en cereales, legumbres, frutas y verduras, así como en alimentos de origen animal producidos con sistemas bajos en emisiones. Proyectos silvopastoriles y agroecológicos, en especial en países como el nuestro, con la tarea de salvaguardar bosques y humedales, son oportunidades de adaptación al cambio climático.

El asunto es muy serio. Tiene que ver nada menos que con el futuro de todos. La mesa está servida para repensar un menú sostenible

Se necesita crear mayor conciencia, pues las acciones también pueden ser tan simples como privilegiar la compra de en mercados locales y campesinos, reducir los desperdicios de comida y apoyar iniciativas de producción orgánica y justa que reduzcan las brechas de inequidad entre quienes producen los alimentos y aquellos que gozan de sus cosechas en las ciudades.

En Colombia, eventos extremos como los fenómenos de la Niña y el Niño han demostrado que pueden impactar con gravedad tanto los cultivos como el bolsillo de los consumidores. Somos vulnerables, y para mitigarlo, las soluciones deben enfocarse en reestructurar los usos del suelo con determinantes ambientales claros, y hacerlos cumplir. No es admisible seguir perdiendo grandes extensiones de suelos productivos con unas cuantas cabezas de ganado. Ni aplazar un mejoramiento de las condiciones de vida de los campesinos que implica mejores ingresos y estrategias de comercialización de sus productos.

El campanazo de alerta del IPCC, por catastrófico que parezca, no debe paralizar los esfuerzos de gobiernos, ciudadanos y empresas. La implementación del Acuerdo de París, el mayor compromiso por mantener el aumento de la temperatura por debajo de los 2 grados centígrados para finales del siglo, debe materializarse en transformar asuntos tan básicos como los platillos y bebidas que consumimos a diario. El asunto es serio. Tiene que ver nada menos que con el futuro de todos. La mesa está servida para repensar un menú sostenible.

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