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Colombia

Pitalito, más ayer que hoy

Luis Alfredo Ortiz Tovar

Los recuerdos cabalgan, y más cuando se trata del pequeño espacio donde se aprende a comprender qué y cómo es la vida.  Mi pueblo fue un paraíso. Allí crecí sin peligro; de párvulo iba y venía atravesando el parque sin peligro rumbo al colegio, pues todo menos temores asustaban a nuestros progenitores, al fin que sólo conocidos nos encontrábamos, siempre protegiéndonos, y enseñando lo especial que es el saludo del mayor al pasar por su andén. De adolescente, la inspiración fueron los partidos de baloncesto, que entre otras era de las mayores diversiones, y las razones por las cuales se justificaba una reprimenda de parte del papá, al abandonar los oficios de picarle la caña al caballo que dormía cerca de la pieza donde más de tres pernoctábamos. Entrada la madrugada por esas calendas, se escuchaban las ramas de los barrenderos que mantenían impecable el poblado; nadaba en las quebradas, y ríos adyacentes, cosa que se podía hacer ante la claridad de sus aguas, siempre acompañado del amigo fiel.

Cuántos  recuerdos de ese paraíso que hoy más que revivirlo, es añorarlo, pues lo que era ya no es. Ir a misa era un rito dominguero infaltable, so pena de castigo, con la posibilidad de asistir al bazar para la recolecta del barrio, o de las adecuaciones para el templo; a merced del bolsillo estaba el dulce de pata, o el caramelo del artesano, y el goce del espectáculo gratuito que enamoraba a viejos y jóvenes, el castillo de pólvora; y qué decir del goce de ir de la mano de la madre o el padre, para ver en los san pedros a la reina del barrio, en cuya danza se entrelazaba la inocencia, y el deseo de seguir creciendo.

En medio de la nostalgia propia de la añoranza de un lugar que fue remanso sin tacha, me asiste la gratitud a cada personaje que se convirtió en referente, y que fueron dejando huella, misma que sigue alimentando el olor a Valle de Laboyos, revuelto con el barro que luego de servir de asiento de las vías, se convirtió en materia prima para las manos que engalanan la artesanía de la región.

Con gratitud agradezco al azar haber nacido en ese pedazo de geografía andina, donde viejos como sus padres y los míos, nos enseñaron el valor de la justicia, el sentido de lo humano, y el concepto de la amistad, no con clases, sino con actos, y por esta elemental razón, me merece con sentido de deber,  mostrarle a nuestros hijos que mi pueblo, al igual que nosotros los humanos evolucionamos, y aunque diferente su gente y las costumbres, Pitalito vivirá. En sus 200 años de existencia, reclamo de mi pueblo sentido de pertenencia de los que llegan y nos reemplazaron, amor, y rescate por las costumbres, y rectitud en la forma de gobernarse.

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