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Colombia

Yo no creo en principitos

Y este relato también lo ilustró Norma Lozano.

…y al día siguiente…

Y al día siguiente, tal como recuerda la historia, la Cenicienta hizo fila con más de dos mil mujeres, jóvenes y bellas y todas a la espera del Príncipe para que les mida el zapato de cristal que ayer alguien dejó olvidado en Palacio. Los desmayos de las jóvenes eran reales, la fila caótica, empujones y zancadillas, insultos soeces, descalificaciones gratuitas, hasta que llegó un silencio de congelador que abarcó todo el espacio. El Príncipe está cerca. Nadie dice nada y las muchachas se limitan a estirar sus piernas, ofreciendo el pie para que el bello Príncipe, vestido de Príncipe y con bucles en el pelo, sombrero de marinero, medallas de guerras vencidas y cintas tricolores en el pecho, intente encontrar a qué dama le calza a la perfección un zapato con tacón de doce centímetros que un paje lleva descansado en un cojín de seda. El paje que tiene el cojín no hace nada salvo llevar el cojín, otro paje toma el zapato con extrema delicadeza y se lo pasa al Príncipe tras una venia, y al no caber el zapato a la perfección, un tercer paje lo toma y coloca nuevamente en el cojín, a la espera de la siguiente prueba. Una eternidad tardaban en eso y nadie osó quejarse por la pérdida de tiempo, ¡faltaría más! Estamos hablando de épocas en donde por menos se cortaba la cabeza. El Príncipe, impávido, pasa de pie en pie como si aquello fuese divertidísimo, y hemos de decir que sí tenía su gracia, ya que con cada postura muchas muchachas subían sus faldas a alturas impensadas dejando ver unas tangas minúsculas, o se agachaban a ayudar en el trabajo dejando al descubierto muy generosos escotes. Hasta que llegó el momento esperado, cuando el Príncipe puso con delicadeza el zapato dentro del pie de Cenicienta, cupo perfecto, no sobraba ni faltaba una micra e hizo cloc al tocar el talón indicándose así el ajuste preciso. Todos quedamos tensos. El Príncipe, muy de hombre, miró la larga fila de mujeres que esperaban, imaginó cosas insospechadas, y con todo el aplomo y descaro del caso, permitió que el paje retirase el zapato, se levantó, dejó que le secaran la frente con una toallita humedecida con agua de manantial y aromatizada con lavanda y hojas frescas de eucalipto, y se agachó para medir el zapato a la siguiente muchacha que ya diciendo verdades deberemos de admitir que era la mujer más hermosa que se pudiera ver por esas tierras. Dicen las historias que desde entonces la Cenicienta no cree en los hombres, que dice a quien le pregunte que todos son unos triple hijueputas, y para colmo dejó de creer en los reyes magos.

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