Cuba

La carrera que nunca termina: salvar vidas

Elena es rumana. Fue la paciente número cien en recibir el alta médica en el hospital. Aprovecho la visita de su amigo, el doctor Luis Miguel, a su casa, para entrevistarla. Su historia de vida es complicada. Los recuerdos que guarda de su infancia son maravillosos. Sin embargo, su abuelo fue «opositor» en la etapa socialista –le habían expropiado su empresa de aceites y sus tierras–; pero ella estudió pedagogía y ciencias económicas en la Universidad y se casó con un estudiante de energía y petróleos. Tuvieron una hija.

En 1989, a los 27 años, cuando el país abandonó el rumbo socialista, se convirtió en jefa del departamento económico de una gran empresa. Sus subordinados eran mucho mayores. Fue feliz. «Yo había estudiado mucho –dice–, y tenía un buen sueldo. Pensaba que obtendría una buena jubilación y que llevaría a mis nietos a pasear por todo el mundo, que visitaría a Papá Noel. Ese era mi sueño». Pero la crisis económica se interpuso. A los 48 años, en 2009, el Presidente de la República recortó los salarios a la mitad, y sintió que le habían robado su dinero. Su esposo trabajaba en el Medio Oriente, y ella decidió irse, primero a Israel –pero consideró que podía ser peligroso–, y luego a Italia.

Aquí se hizo auxiliar de enfermería. «Mi tía me recomendó que estudiara sanidad, que así podría trabajar en algún hospital. Ya para entonces tendría 48 o 49 años, y pensé, ¿volver a empezar otra vez?, pero lo único que me interesaba era ganar dinero para retomar la responsabilidad de mi familia. Entonces empecé otra vez desde cero. Comencé a entender cómo se hacen todos los procederes. Llegué a la escuela sanitaria el lunes, después de haber arribado el sábado a Padua, para mi entrevista. Y ahí se inició la etapa más dura, porque de noche estudiaba y de día trabajaba. Así durante dos años.

«En ese periodo me aparecieron dolores en las articulaciones, porque en esta parte de Europa, donde está el Mar Adriático, hay mucha humedad. Y pensé que tenía que mudarme a una región donde no hubiese mar. Entonces busqué trabajo en Turín. He trabajado en diferentes hospitales, y me contaminé con la covid-19; no sé cómo pasó, porque había respetado todas las reglas. En Turín compartía con una amiga un apartamento.

«Cuando fui al hospital Martini, porque me dolían los riñones, no tenía ningún síntoma de la covid, pero después de dos tampones negativos, los dolores en mis articulaciones aumentaron. Entonces, el tercer tampón ya fue positivo. Empecé a respirar mal, y con el sars-cov-2 ha empezado la tragedia. Tuvieron que operarme. Finalmente me llevaron para la ogr.

«Yo trabajé durante un tiempo en el Cotolengo y protesté, porque me dije, ¿por qué en la ogr? Pero al llegar he encontrado a estas personas maravillosas. Al primero que encontré fue a Miguel, y me dijo, yo soy un médico neumólogo cubano. Ah, qué bien –respondí–, he hablado con una amiga que es neuróloga, y le dije, me envían a la ogr, y ella me dijo, quédate tranquila porque allí ha llegado un equipo de médicos cubanos y son muy buenos, no te preocupes. Si tienes algún problema me llamas, pero tranquila. Desde que llegué, el doctor Miguel y el doctor Luis Miguel, que podría ser mi hijo, me han atendido».

El 8 de junio, un día antes de salir del hospital, supo que su madre había fallecido. La conversación se extendió durante hora y media. Elena me confesó que escribe un libro sobre su vida. Después le consultó a Luis Miguel sobre algunos medicamentos y procederes. Nos intercambiamos las direcciones electrónicas. La vida sigue, y Elena volverá algún día a Rumanía, para reencontrarse con su hija y su esposo.

Se acerca el fin de la misión en Turín. Siento la respiración sincopada y profunda de los maratonistas. Este es el tramo más difícil, cuando la meta está lo suficientemente cercana para ser avistada y lo suficientemente lejana, para exigirnos un último esfuerzo. No podemos perder el ritmo, ni relajarnos, ni siquiera podemos pensar en la victoria. Somos maratonistas. Los espectadores empiezan a aplaudir, se anticipan, pero nada ha cambiado, nada, hasta que se pisa la meta. Comienza el mes de julio y se inicia el conteo regresivo. La semana que viene el hospital, nuestro hospital en Turín, cierra, al menos por unos meses. Se prepara la despedida, pero nosotros todavía corremos.

Hemos venido por una emergencia y nos retiramos cuando cesa. Que la emergencia se suprima es una victoria. Pero aún hay alrededor de 20 pacientes en el hospital, algunos muy antiguos y queridos, como Martina y María, las dos amigas. Un tampón acaba de darle negativo a María, pero Martina aún es positiva. Martina y yo nos escribimos por Facebook. Ella lee mis crónicas, las traduce el señor Google. Me ha enviado fotos de los pacientes «amotinados», diciéndonos adiós y un pequeño video en donde todos claman al unísono ¡ogr!… Si ella no se cura, la victoria no es completa. ¿No sabremos más del destino de esos hombres y mujeres? Siempre habrá maratonistas, la carrera nunca termina, somos nosotros los que terminamos, ahora, aquí, para seguir mañana allá, o en cualquier otro lugar. La meta es provisoria, personal, entregamos el batón a otros corredores. Pero dejamos atrás afectos, bellas experiencias, satisfacciones incomparables.

Este edificio, alguna vez, volverá a ser un centro cultural recreativo. En la enorme zona roja, despojada de cubículos y camas, se reunirá una muchachada dispuesta a bailar hasta la madrugada. En el escenario, una banda de rock estremecerá las paredes de la ogr y las luces de colores recorrerán los rincones donde antes lucharon por la vida enfermos y médicos. Serán mejores tiempos. Pero en algún otro lugar del planeta, los médicos y enfermeros de la Brigada Henry Reeve iniciarán o terminarán otra carrera. Los que salvan vidas son maratonistas. No hay descanso para ellos. Empiezan a escucharse los aplausos, pero aún corremos. Nunca dejaremos de correr.

Quiero referirme hoy también a la solidaridad anónima, la que recibimos sin aspavientos, sin oropeles ni primeras planas; ahí están los rostros de esos jóvenes voluntarios que nos atienden y miman, rostros que para nosotros representan la ciudad de Turín y que no olvidaremos. Ilham, la italomarroquí, hoy se trajo a su padre y a otros representantes de su comunidad para despedirnos, porque dicen que saben lo que es vivir lejos de la Patria, y agradecen también el sacrificio que hacemos. Sigue ondeando en el edificio de estudiantes, situado frente al nuestro, la bandera cubana que manos anónimas situaron allí durante el periodo de aislamiento físico. Y Max no cesa de enviarnos fotos de los miembros de su agrupación, Cuba Va, enarbolando la misma bandera o carteles de agradecimiento.

No existe la Italia egoísta, la desagradecida que algunos describen y temen, no la percibo. Ni siquiera en el mercado, cuando no encontramos un producto, y decimos, «pudiera ayudarme, es que soy cubano», y la primera respuesta no es «sí», sino «gracias Cuba». Turín parece no percatarse de nuestra presencia, tal es su ritmo altivo de ciudad industrial, desperezándose de la modorra producida por el confinamiento obligado. Pero la gente sabe. Y algo se prepara para la despedida.

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