Cuba

Perucho

Siempre he sostenido que nos hace falta dedicarle una película a aquel hombre romántico llamado Pedro Felipe Figueredo Cisneros, el mismo que murió fusilado el 17 de agosto de 1870 en Santiago de Cuba, a los 52 años. Tal vez con un filme que recree los pasajes de su vida, los pinos nuevos —y hasta los mayores— entenderían la novela real de ese hombre, que lamentablemente hemos nombrado solo como el autor del Himno Nacional.

Es probable que con tal cinta más de uno llore o se rinda de admiración ante la trayectoria de ese integrante de una generación que dejó de dormir en mansiones para sacudir en pleno monte a la nación y hasta quemó sus pertenencias para sacar de las cenizas una enseñanza eterna.

Un historiador de Bayamo, la ciudad donde nació y se hizo grande, ha hecho una observación interesante: Es de los grandes héroes del pasado el único que ha sido nombrado con un mote. Sin dudas, ese «Perucho» significa que se codeaba con los que tenían menos, que era querido en abundancia por el pueblo, que no andaba por los aires.

Sus contemporáneos expresaron que tocaba varios instrumentos a la vez, pero especialmente hacía llorar el piano. No en balde los conspiradores le asignaron la tarea de crear «nuestra Marsellesa», que fue finalmente La Bayamesa, hoy himno patrio.

¿Cómo podía aquel hombre arreglárselas para componer, tocar, hacer dibujos y caricaturas, atender las propiedades (que incluían más de 700 cabezas de ganado vacuno, más de 250 caballos y un ingenio azucarero), escribir poemas, redactar artículos en periódicos y, además, conspirar? ¿Y cómo habrá hecho aquel abogado que estudió en La Habana y Barcelona para atender, junto a su esposa, Isabel Vázquez, a 11 hijos?

Son acaso los vínculos familiares de esos seres humanos los que debemos estudiar más, para comprender sus sueños y pasiones, sus uniones sagradas, sus maneras de amarse.

Perucho era miope, usaba lentes octagonales que le daban un aire intelectual a su fisonomía. Delgado, alto, comunicativo, sonriente, dulce... Amigo entrañable de Carlos Manuel de Céspedes en las buenas y en las malas, llegó a decir con que él se iría a la gloria o el cadalso cuando trataron de disuadirlo del levantamiento armado.

Fue Mayor General del Ejército Libertador y Secretario de la Guerra en tiempos en que los méritos se ganaban con sacrificios colosales. Pero quizá el lado más admirable de Perucho esté en las anécdotas vinculadas con sus horas finales.

Quién no se estremece al leer la carta que escribe a su esposa, un día antes de morir, después de ser capturado con enormes úlceras en los pies en las cercanías de Jobabo y trasladado a Santiago de Cuba. «Hoy se ha celebrado consejo de guerra para juzgarme y, como el resultado no me puede ser dudoso, me apresuro a escribirte para aconsejarte la más cristiana resignación (…) la última súplica pues, que te hago, es que trates de vivir y no dejes huérfanos a nuestros hijos (…) en el cielo nos veremos y mientras tanto, no olvides en tus oraciones a tu esposo que te ama», le dice.

Quién no se estremece al saber que no podía caminar cuando se dirigía al pelotón de fusilamiento y, al llevarle un burro, dijo que no sería el primer redentor que cabalgaba sobre un asno. Sus últimas palabras fueron, como su himno, de combate y Patria, de fuego, gloria y vida.

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