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Ramón Puello Báez cuenta anécdotas sobre vida de Trujillo 

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Ramón Puello Báez

SANTO DOMINGO.- Ramón Puello Báez, autor de la obra “Crónicas de San Cristóbal: Reseñas de acontecimientos notables del Siglo XX sancristobalense”, realizó un recuento de diversas anécdotas que resaltan las diferentes etapas de la vida del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina desde su niñez hasta su muerte. 

En una entrevista para el programa «Revista Dominical Dejando Huellas», transmitida por CDNRadio, el abogado de televisión aseguró que la vanidad y autoridad que caracterizaron a Trujillo se formaron desde sus primeros años de vida, posiblemente por influencia de su abuela. 

Según explicó a Onorio Montás, productor del programa, en una entrevista a propósito de la fecha de onomástico y cumpleaños de Trujillo el 24 de octubre, durante su niñez fue amigo de los hermanos Modesto y Juan Tomás, hijos de un hombre de mucha influencia en la sociedad y en Trujillo llamado Lucas Díaz.  

En honor al padre de esa familia, se nombró un puente que cruza el río Nizao, entre San Cristóbal y Baní. 

Rafael L. Trujillo Molina y Manuel de Moya Alonzo

Relató que Trujillo solía jugar con su amigo en el patio de la familia Díaz y que la madre de Juan Tomás preparaba un dulce de coco tradicional de la región. Para servirle a los niños, la mujer cortaba hojas de naranja de su árbol que utilizaba a modo de platos. 

Sus hijos aceptaron gustosos el postre, sin embargo, cuando se lo ofreció a Trujillo, éste le pidió que se lo colocara en un platillo y le diera una cuchara. 

Años más tarde, Juan Tomás pasaba a tener serios problemas con el dictador, su hermana Chana se asiló en la embajada de Brasil junto a un grupo de jóvenes, entre ellos Mario Read Vittini, Trujillo le encomendó que sacara a su hermana de la embajada de Brasil y ella se negó a salir por lo que Trujillo lo abofeteó. 

Según relató Puello, Trujillo fue hasta la Cancillería para verlos partir exiliados y estaba impactado por lo sucedido, pues lo percibía como una traición. 

Otra anécdota narrada por el escritor, se sitúa tras contraer matrimonio con su primera esposa, Aminta Ledesma, entre 1913 y 1925. Tradicionalmente se cree que la pareja tuvo una hija llamada Flor de Oro, pero existió también una segunda niña poco conocida por los dominicanos llamada Genoveva. 

Sin embargo, Genoveva Trujillo falleció a una corta edad, mientras aún seguía siendo un infante y sus restos fueron sepultados en el cementerio de San Cristóbal. Puello recuerda haber visto en la tumba de los Ledesma la lápida de la niña. 

Para esa época, el generalísimo vivía en la calle Padre Ayala, al lado de la familia Uribe Macías, quienes llegaron a convertirse en sus compadres y fueron quienes bautizaron a su fallecida hija. 

“Cuando era teniente tenía poca ropa y él esperaba sentado en pantaloncillos en el patio, que sus compadres lo veían, a que Aminta le almidonara y planchara la ropa para él salir a la calle”, contó el abogado. 

En su opinión, a Trujillo desde una muy corta edad le gustaron las mejores cosas que estuvieran disponibles en el mercado, pero, debido a la precariedad que enfrentó su familia durante su crecimiento, nunca tuvo acceso a los lujos que tanto anhelaba. 

Por esta razón, en cuanto llegó al poder se encargó de adquirir todo cuanto pudiese para demostrar su capacidad adquisitiva, un ejemplo de esto, son los grandes terrenos que compraba, que, para aquel entonces, eran sinónimo de riqueza. 

También, contrató a Manuel Moya Alonzo, como encargado de vestimenta, quien le traía bebidas, ropa y perfumes exclusivos y, en el Palacio Nacional, se decoraron salones que imitaban al palacio de Versalles, ubicado en Francia. 

Puello recordó la costumbre que tenía Trujillo de ir caminando todas las noches, después de cenar, desde la casa de su madre, Julia Molina (donde hoy está Apec, en la parte alta de la avenida Máximo Gómez) hasta el malecón, llegando al obelisco de la avenida George Washington. Un trayecto de varías cuadras  con algunos de los funcionarios y amigos. 

Se trataba de una tertulia en la que todos los invitados iban vestidos de traje. 

De acuerdo con el escritor, Trujillo “se transforma y pasa a ser un hombre de Estado, dejando de lado todo lo malo que sí tuvo, porque fue sanguinario y fue ladrón, pero me da la impresión de que él encontró en el hombre de Estado su verdadera vocación”. 

Detalló que, durante el ciclón de San Zenón, que ocurrió cuando apenas iniciaba su mandato, el tirano demostró su capacidad de mando y resolución de problemas, lo que, en el momento, le brindó confianza a la población. 

“Era un hombre progresista, transformador, que moderniza y fortalece el Estado Nacional”, dijo. 

Sobre la llamada Masacre del Perejil, de 1937, el abogado señaló que Trujillo se encontraba asediado y molesto con los informes que decían que los haitianos estaban matando al ganado y cometiendo otros delitos que, de acuerdo con diferentes investigadores, agotaron la paciencia del dictador. 

“Ningún otro gobierno hizo el esfuerzo del régimen de Trujillo por reestructurar la frontera y dominicanizarla”, consideró Puello. 

Sobre los acontecimientos posteriores a la muerte del tirano, el escritor contó que cuando Ramfis le reclamó a uno de los oficiales de seguridad  porqué permitió que sus enemigos lo asesinaran, este le respondió: “¿Cuáles enemigos?. Si fueron los amigos más cercanos”. 

Finalmente, concluyó resaltando que muchos intelectuales enaltecieron la figura de Trujillo tanto en vida como después de su muerte y leyó un poema de la poeta Aída Cartagena Portalatín publicado días después de su muerte, a pesar de la represión y las injusticias cometidas durante su régimen dictatorial. 

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