Ecuador
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Los muertos los pone el pueblo

Carlos Arellano

En una de sus más recientes declaraciones, el presidente Guillermo Lasso fue consultado acerca de la muerte del excandidato presidencial Fernando Villavicencio. En respuesta, expresó: “Yo comprendo que esas imágenes que recorrieron el mundo generen una sensación de absoluta inseguridad en el Ecuador, que no es tal, porque gran parte de la violencia, yo diría el 90%, es entre las pandillas, entre los grupos delincuenciales organizados que se disputan territorios para la venta de droga”.

A lo largo de dos años y medio, este individuo, escaso de dignidad y sabiduría, ha ostentado la presidencia. En ningún momento parece haber asimilado que «los muertos los pone el pueblo». Envuelto en una burbuja de opacidad, le resulta imposible comprender que millones de ecuatorianos enfrentamos a diario la violencia, los robos, las extorsiones y los secuestros. Dos años de una inoperancia absoluta que han robado la escasa tranquilidad que alguna vez caracterizó a este país.

A él, enclaustrado en los confortes y lujos que el poder proporciona, le cuesta entender que este país se desangra por su inacción y la ineficiencia de sus ministros y allegados. Durante casi dos años, endosó a los asambleístas el fracaso, las limitaciones de su gobierno y la falta de avance en su plan de trabajo. La «muerte cruzada» representó la oportunidad de desenmascarar el intento de golpe de Estado forjado por un centenar de asambleístas, y de alcanzar rápidamente varios objetivos de su plan de gobierno. Sin embargo, la ineficaz Asamblea que pronto volverá a sesionar no era más que una coartada para justificar su propia inacción.

Por otro lado, Lasso parece incapaz o renuente a interpretar las cifras que llegan a sus manos, por ejemplo, la ola migratoria que se desató el año pasado no cede, debido a la escasez de empleos y a la inseguridad que aqueja a varias zonas del país, especialmente en el litoral ecuatoriano. Cada día imploramos que este desdichado gobierno llegue a su fin, esperanzados a que el próximo gobernante tenga la determinación de afrontar la criminalidad con un sólido plan, recursos adecuados, honradez y, sobre todo, con el firme propósito de devolvernos lo que Lasso nos arrebató: nuestra tranquilidad.