Spain

A Juan Enri. Evocación

Fue en una Feria de Jerez a final de los años sesenta del pasado siglo, sobre las tres de la madrugada. De retirada con mi colega, también dibujante, J. L. Reina, -bastante achispados los dos- íbamos caminito de casa con intención de refrescarnos con la brisa primaveral de la noche jerezana. Vimos luces encendidas en una de las últimas casetas del paseo principal. Las lonas, de bandas verticales blancas y azules, ya estaban echadas. Nos paramos, nos miramos, y nos dijimos: ¡la espuela! Asomamos nuestras cabezas por un hueco que dejaba ver el interior del recinto. Allí, en total soledad, vimos a un Juan Enri, al que ya conocíamos por su vinculación a las artes gráficas, fregando vasos detrás de la barra.

-¡Quiyo! ¿Qué hacei ahí? ¡Entrá pa entro! -nos invitó con voz flamenca desde el interior-.

Cruzamos la mirada Reina y yo: la última, ¿eh?

-¡La espuela! -dijimos espontáneamente, al mismo tiempo, como si lo hubiésemos ensayado-.

Nuestro titubeante andar de curdelas delataba el continuo trasiego al que habíamos sometido a nuestros excitados cuerpos de alegres feriantes a lo largo de aquel día. Antes de apoyarnos en el mostrador, ya nos había servido nuestro amigo Juan, Tío Pepe fresquito en un par de catavinos jerezanos.

-¡Échate tú otra, Juan, picha! -le espetamos-.

-Es que yo, cuando trabajo, no bebo. Pero… como ya va ciendo hora de chá el candao. ¡Va por nozotro! ¡Zalú y libertá!

El trío de copas se fundió en un verdadero brindis de complicidad y sincera amistad. Como ya se sabe, el vino de Jerez, a parte de dar alegría, relaja la vergüenza. Empujados por el estado eufórico propio del momento, no tardamos en comenzar a hacer soniquete con los nudillos sobre la chapa del mostrador y a cantiñear, sabe Dios de qué manera, algunas letrillas flamencas.

A mí, que me gusta mucho un cante por bulerías que hacía magistralmente el alcalareño Manolito María, emulando el rezo del Padre Nuestro, no me faltó tiempo para que, sin pensarlo, saliera de mi boca, con la osadía que provoca una borracherita como la que estábamos cogiendo, aquél "Ay tiritirititin, ay tiritirititin, ay…"

Mi compañero hacía palmas como el que toca el tambor de la Cruz Roja. Pero Juan, inesperadamente, saltó de detrás de la barra. Se plantó ante nosotros. Levantó los brazos con majestad, una pataíta con gracia y a compás por aquí, un replante con mucho arte por allá; y nosotros: ¡ole, Juan! ¡ole! ¡ole! ¡ole! Un instante de inefable naturalidad.

Aquel encuentro improvisado fue el primer vínculo flamenco que tuve con el añorado Juan Enri. Después, durante más de treinta años, disfruté la oportunidad de compartir con él innumerables momentos en reuniones de auténticos cabales en Los Cernícalos, los cuales conservo en el recuerdo como un preciado e íntimo tesoro.

Ahora, seguro que nuestro buen amigo Juan estará bailando y relatando sus miles de anécdotas y aventuras flamencas, con la gracia que siempre le caracterizó, delante del Padre Nuestro que está en el Cielo, al que en una madrugada de Feria de Jerez, hace más de cincuenta años, recordamos al compás de nuestra singular bulería.

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