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Spain

Bautista tropieza con Rublev

Se decide el primer punto de la serie en un maratón de intercambios del que sale hinchado Andrey Rublev. El ruso se sostiene mientras a Roberto Bautista se le agota el combustible en el tramo definitorio de un cruce decidido a dentelladas. Las asesta sin miramientos el joven de la melena rubia, que atraviesa con una lanza –rodillo en el tie break: 7-0– para que celebre su equipo y la memoria del castellonense tenga que volver atrás contra su voluntad. 3-6, 6-3 y 7-6. A comienzos del año pasado cedió contra el entonces 114 del mundo (el británico Cameron Norrie) y en septiembre también cayó en Lille (ante Benoit Paire). Se repite, pues, otra mala experiencia en la Copa Davis, competición que castiga sin medias tintas, a quemarropa.

Y eso que, al cuarto juego, Rublev muestra algunos signos de desesperación. Él dicta, él propone y él embiste, pero choca una y otra vez contra un frontón que lo devuelve todo y no se agrieta, porque solo hay una manera de sacar a Bautista de la pista: a empujones. Ejerce el español un tenis de mármol y se agarra a cada situación con crampones; compite siempre con el mismo espíritu pétreo y un juego uniforme, de ahí el sorpresón en el desenlace final, al que llega el castellonense fundido. Se le apaga la luz en la última recta, cuando Rublev ha disparado su servicio y guerrea con alas, y entrega el primer punto.

“Me he puesto en disposición de ganar varias veces, pero no ha querido entrar y estoy tranquilo. Lo he dado todo en la pista. Hemos jugado 2h 40m de calidad, pero desgraciadamente no he podido ganar el punto”, lamenta tras el duelo el tenista, instalado ahora en el noveno escalón mundial, con su mejor ranking histórico.

Antes, la temperatura ambiental de la Caja Mágica va en aumento. Banderas de Torrevieja, La Línea, San Roque… Y el arreón de Paquito el Chocolatero, tan manido en bodas, bautizos y comuniones, y también cuando interviene la selección española en cualquiera de sus formatos, sonando a todo trapo mientras Bautista desequilibra por primera vez, para 3-1. “¡Viva España!”, profiere un hombre de mediana edad que lleva una llamativa peluca amarilla, el mismo que celebra airadamente los fallos de Rublev y todavía más los de la hinchada rusa, cuando uno de ellos proyecta una largo “yeeeeeesssss!” antes de que acabe un kilométrico peloteo de 47 golpes. Error.

Entonces, el ruso –22 años, 23 del mundo y excesivamente intermitente– estrella la pelota en la red y Bautista apaga el enésimo fuego, privando a su rival de un quiebre amenazante. El español atrapa con oficio el primer parcial, pero no solo no termina ahí la batalla, sino que se recrudece porque Rublev se corrige y su golpe empieza a pisar las líneas; replica en la segunda manga, cuando han pasado ya nueve trenes y convierte su primer break, y en la definitiva el duelo ya es a cara de perro, un toma y daca tenso que se traduce en cuatro roturas consecutivas. Ninguno manda, pero los dos se rebelan. Vale su peso en oro este primer punto.

Le empuja la grada (“¡A por ellos!”, “¡A por ellos!”, “¡A por ellos!”), se desgañita Bruguera en el banquillo y Rafael Nadal lo ve ya desde el vestuario, porque el mallorquín se ha retirado al vestuario hace rato para calentar y ponerse a tono; lo hace después de escuchar el himno, recto como un mástil, y de presenciar unos pocos juegos del partido. Se decide este con el apagón de Bautista, al que se le agota el combustible y se diluye en el tie break final. En ese punto se esfuma la inspiración conforme se engrandece Rublev, el chaval que hace cuatro años ya envió a España a una comprometida situación en Odense .

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