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Bronca en el Congreso: cuando Pablo Iglesias (PSOE) amenazó con atentar contra los conservadores en 1910

Solemos pensar que el barullo que se replica a diario en el Congreso de los Diputados es cosa de hoy; que las tensiones entre los Abascales y los Pedros Sánchez son cosa única. Para nada. La sagrada tradición de generar crispación y batirse verbalmente con el opositor político viene de largo. De muy largo, de hecho. El ejemplo más claro es la amenaza que espetó el fundador del PSOE, Pablo Iglesias Posse, contra el líder del Partido Conservador (y antiguo presidente del Consejo de Ministros) Antonio Maura, el 7 de julio de 1910: «Hemos llegado al extremo de considerar que, antes que S. S. suba al Poder, debemos llegar hasta el atentado personal».

Cierto es que no fue más que una bravuconada, pero también que aquellas palabras se convirtieron en un triste presagio. Y es que, apenas dos semanas después (el 22 de julio de 1910) el mencionado Maura sufrió un atentado en una estación de tren. Por suerte, el ataque quedó solo en dos heridas: una en la pierna y otra en el brazo.

Viejo odio

Pero vayamos por partes. La realidad histórica es que la aversión de Pablo Iglesias Posse por Antonio Maura (entonces a la cabeza del Partido Conservador) ya era palpable en 1907, cuando el PSOE todavía no había conseguido representación en el Congreso. Por entonces, eso sí, la raíz de los enfrentamientos era una causa bien distinta: la guerra que, poco a poco, desangraba al ejército español en el Rif. Como bien explica la Real Academia de la Historia, ese mismo año el socialista arremetió contra el gobierno y su líder en «¿Misión civilizadora?», un artículo sangrante contra la invasión de las kábilas o tribus locales. Poco después fue también expulsado de Francia por organizar un mitin contra la contienda, en la que también participaba el país galo.

Aunque Iglesias y Maura chocaron, a nivel ideológico, por otros tantos temas como la Ley de Represión del Terrorismo (cuyo objetivo era rebajar la violencia que empezaba a fraguarse en las calles), la presencia española en la Guerra del Rif fue, siempre, el tema que les dividió. Tras la pérdida de las últimas colonias hispanas en 1898 (las archiconocidas Cuba, Puerto Rico y Filipinas), el conservador entendía la presencia en Marruecos como una prioridad nacional; una venda para la herida en el orgullo patrio que escocía al pueblo desde hacía una década. Por su parte, el socialista veía el conflicto como una lacra que se llevaba la vida de cientos de jóvenes y clamaba -como tantos otros- contra el sistema de selección de los soldados que eran desplazados hasta la región.

Pablo Igleisas Posse
Pablo Igleisas Posse

El 11 de julio de 1909, poco antes de que la situación se recrudeciera y el embarque de soldados hacia África derivara en una revuelta social contra el gobierno (la llamada «Semana Trágica de Barcelona»), Pablo Iglesias clamó de nuevo contra la Guerra del Rif en un discurso: «Los enemigos del pueblo español no son los marroquíes sino el Gobierno. Hay que combatir al Gobierno empleando todos sus medios. En vez de tirar hacia abajo, los soldados deben tirar hacia arriba. Si es preciso, los obreros irán a la huelga general con todas sus consecuencias, sin tener en cuenta las represalias que el Gobierno pueda ejercer contra ellos». Firmar un manifiesto a favor de la huelga le costó pasar en prisión 18 jornadas.

Pero eso no valió a Maura para calmar los ánimos. Ni mucho menos. A finales de julio los disturbios se generalizaron en Barcelona durante una semana. Los resultados no pudieron ser más tristes. A nivel personal provocaron 78 fallecidos y medio millar de heridos. Y, desde el plano político, aquella tragedia derivó en que la población exigiera la caída del líder del Partido Conservador al grito de «¡Maura no!». No tuvieron que esperar demasiado. Según desvela Gerardo Muñoz Lorente en «Valencianos en la Guerra del Rif», fue a las nueve y media del 21 de octubre cuando el presidente de Gobierno presentó su dimensión y -como decíamos durante la infancia- la de todos sus compañeros ante el monarca. Aunque, al menos por entonces, decidió mantener sus reales en el Congreso.

Revolución socialista

El regocijo de Iglesias fue, probablemente, el mismo que demostraron los diarios españoles después de conocer la noticia. El Heraldo de Alicante fue un claro ejemplo de ello. En su portada tituló con un sangrante «Alleluya» y, en el interior de sus páginas, terminó su editorial de una forma no menos dolorosa: «Españoles, ya cayó Maura con todos sus filisteos. ¡Alegrémonos!». Poco después, y ya fuera de prisión, el socialista accedió al Congreso por la puerta grande. «En las elecciones del 8 de mayo de 1910 salió elegido diputado en las listas de la Conjunción. Era el primer socialista que llegaba al Parlamento español», desvela el catedrático Joan Serrallonga Urquidi en su artículo para la Real Academia de la Historia sobre el político.

Antonio Maura
Antonio Maura

El biógrafo de Iglesias Posse, Gustavo Vidal Manzanares, explica en su libro «Pablo Iglesias», que el representante tuvo que enfrentarse, desde el principio, a un ambiente hostil, pero que -a pesar de ello- jamás contemporizó ni midió sus palabras. Así lo demuestra el discurso que dio en su primera intervención, en la que atacó de forma frontal (y sin paliativos) a la clase política, religiosa y militar:

«Sé lo que son los asilos, lo que es el hospital, lo que es la cárcel, lo que es la autoridad gubernativa, lo que es la autoridad judicial, lo que son casi todos los organismos que funcionan en la vida del Estado, y esto lo sé por ciencia propia... El partido que yo represento aquí aspira a concluir con todos los antagonismos sociales, a establecer la solidaridad humana, y esta aspiración lleva consigo la supresión de la Magistratura, la supresión de la Iglesia, la supresión del Ejército y la supresión de otras instituciones necesarias para este régimen actual de solidaridad y antagonismo».

Bronca en el Congreso

Con este currículum de conflictos a sus espaldas, no parece extraño que, el 7 de julio de 1910, Pablo Iglesias se enzarzara en una trifulca con el Conde de Romanones (entonces presidente del Congreso) después de haber atacado a Antonio Maura. El incidente fue de tal calibre que quedó recogido en el sumario del «Diario de las sesiones de cortes» de aquel día de la siguiente guisa: «Alusiones personales del Sr. Iglesias. Incidente producido por unas palabras del Sr. Igleisas y en el cual intervinieron, además del Sr. Presidente de la Cámara y dicho Sr. Diputado, los Sres Pedregal, Presidente del Consejo de Ministros, Azcárate y Dato».

La bronca comenzó a eso de las seis y veinticinco de la tarde, poco después de un receso y de que el socialista hiciera referencia a la barbarie demostrada por los «agentes conservadores» de Maura y llamara a la caída del Régimen establecido:

«El Sr. Maura ha hecho posible la conjunción de las fuerzas socialistas con las fuerzas republicanas, no la con las fuerzas republicanas de la extrema izquierda, sino con las fuerzas republicanas gubernamentales, con todas. Y el compromiso adquirido por esta conjunción cuando el Sr. Maura seguía en el mando era derribarle del Poder, considerarle un peligro para los intereses del país, para la libertad, para todo lo que aquí debemos defender. Y no solamente derribarlo, sino trabajar para impedir que S. S. [Su Señoría] pudiera volver á él. Y como entendíamos que podía no bastar esto y además había otras razones, como garantía de que S. S. no vuelva al Poder, ya. que S. S. entiende que no se debe retirar de la política, viendo la simpatía, viendo la inclinación del régimen hacia S. S., comprometernos para derribar ese régimen».

Los murmullos y los improperios se generalizaron en la sala, según el «Diario de las sesiones de cortes», provenientes de los grupos monárquicos y de «varios señores de la minoría tradicionalista». El Conde de Romanones interpeló entonces a Iglesias: «¡Orden, orden, Sr. Iglesias! No se puede discutir el régimen». El socialista se negó a retirar sus palabras. Poco después, uno de los diputados le apoyó desde su escaño: «No es contra S. S. contra quien protestamos, sino contra que lo único sagrado aquí sea la Monarquía». Segundos después retomó la palabra nuestro protagonista... para amenazar a Maura:

«Tal ha sido la indignación producida por la política del Gobierno presidido por el Sr. Maura en los elementos proletarios, que nosotros, de quienes se dice que no estimamos á nuestra Nación, que no estimamos los intereses de nuestro país, amándolo de veras, sintiendo las desdichas de todos, hemos llegado al extremo de considerar que, antes que S. S. suba al Poder, debemos llegar hasta el atentado personal».

Réplica a réplica

Los conservadores no tardaron en protestar y se formó un caos tal que el Conde de Romanones se vio obligado a rocar de forma insistente la campanillla para llamar al orden. A partir de ese momento comenzó una discusión entre ambos y en la que el presidente instó, una y otra vez, a su interlocutor a retirar aquellas amenazas:

-Conde de Romanones: «¡Orden, orden, Sr. Iglesias! Su señoría no puede ampararse en la inmunidad parlamentaria para cometer un delito. Por lo tanto, S. S. tiene que retirar esas palabras y darlas por no dichas. No puede continuar S. S. mientras no rectifique esas palabras. ¡No faltaba más! ¡Orden, orden, orden, Diputados! Señor Iglesias, ruego á S . S. que oiga las indicaciones de la Presidencia».

-Pablo Iglesias: «Manifestaba antes que yo no quería venir con nada que significase.. [Rumores que impiden oír al orador]. Recordaba esto, citaba esto para demostrar el estado de ánimo, no mío solamente, sino de las fuerzas que yo represento, y para que no se creyera que esto que había dicho fuera del Parlamento no tenía la sinceridad de decirlo aquí».

-Conde de Romanones: «¡Orden, orden, Sr. Iglesias! Su señoría no puede decirlo aquí, tiene que rectificarlo, porque eso es la comisión de un delito. Lo que haya podido S. S . decir fuera de aquí no le compete á la Presidencia; lo que le compete es lo que aquí diga.

Pablo Iglesias, en pleno discurso
Pablo Iglesias, en pleno discurso

-Pablo Iglesias: «Lo he dicho por esa razón».

-Conde de Romanones: «A mí no me importa la razón de haberlo dicho. Su señoría tiene que darlo por no dicho».

-Pablo Iglesias: «Lo he dicho por esa razón».

-Conde de Romanones: «[...] Señor Iglesias, invito á S. S. por última vez á que retire esas palabras. Señor Iglesias, S. S. tiene que retirar las palabras que ha pronunciado, é invito á S. S. á hacerlo por última vez».

-Pablo Iglesias: «¿Por qué?».

-Conde de Romanones: «Porque no ha debido pronunciarlas».

-Pablo Iglesias: «Voy a explicarlas».

-Conde de Romanones: «Hay que retirarlas».

-Pablo Iglesias: «¿No puedo explicarlas? Pues no las retiro».

-Conde de Romanones: «Señor Iglesias, S. S. tiene suficiente dominio de la palabra para poder acceder á esta petición, sin mengua ninguna de sus prestigios. Su señoría ha dicho una cosa que no podía decir, y tengo la seguridad de que ahora estará pesaroso de haberla dicho, porque aquí la inmunidad parlamentaria no está para venir a cometer delitos y lo que ha dicho S. S. constituye un delito».

-Pablo Iglesias: «Su señoría ha hablado de retirarlas y yo he hablado de explicarlas».

La tensión se desató en el Congreso. A partir de ese momento intervinieron una infinidad de diputados. Algunos, para rebajar la tensión y enarbolar artículos que podían solventar la situación, otros, para reprochar a Iglesias sus palabras. Al final, el socialista rebajó la tensión, como él mismo dijo, en «pocas palabras»:

«Yo, Sr. Presidente del Consejo de Ministros, no me he propuesto hacer la apología del atentado; yo no me he propuesto amenazar; lo que yo me he propuesto es indicar que cuando un hombre político realice, en las condiciones en que ha realizado el Sr. Maura su política, con las desdichas inmensas que ha producido al país, el Partido Socialista y yo creíamos que si el Sr. Maura persistiera, si otra vez viniese á causar al país estos daños, hasta ahí se debía llegar. Esto es lo que quise decir y lo que digo».