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Spain

Castilla y León o la derrota más inasumible para el Partido Popular

Van ya 23 años, también fue en mayo, desde que Aznar hiciera este mismo recorrido acompañado por una comitiva de unos 200 vecinos detrás de una pancarta que decía: "Bienvenido, José María, presidente de España". Los 200 esperaron al presidente a la puertas del Ayuntamiento de Quintanilla de Onésimo y anduvieron con él, gritándole hasta guapo, los ciento y pico metros que lo separan del bar Redondo, donde Aznar solía ir a jugar al dominó. José Antonio, detrás de la barra, señala una mesa: "Ahí se ponía siempre a jugar. Uno puede pensar lo que quiera de él y yo lo respeto, pero Aznar hizo mucho por Quintanilla y por el Ribera de Duero". Por todo el pueblo se levantan señales que indican el camino hacia los viñedos y las bodegas de vinos que hoy son celebérrimos y celebrados y que antes de Aznar no lo eran tanto, a cada cual lo suyo. "La gente venía por aquí preguntando. Mucha gente. Incluso se pensaban que tenía aquí un chalé y qué va", continúa el amable dueño del bar, "esto se llenaba de policías y entraban en el bar los perros olisqueando, porque te hablo de poco después del atentado [fallido con el que ETA quiso asesinar al entonces líder de la oposición en 1995]". Curiosamente, el último cargo del PP que apareció por el bar Redondo fue Alberto Núñez Feijóo: "Entró y se sentó a tomar un café, estaba solo, sin escolta ni nada, no sé, estaría de paso".

Quintanilla es un nombre que se asocia al aznarismo como Rodiezmo se asocia al zapaterismo. De hecho, Zapatero jugaba a la siempre tentadora asociación guerracivilista cuando, para referirse al antiguo lugar de veraneo de su rival político, le añadía a la localidad el apellido de quien le da nombre: el fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, las JONS, que se hicieron apéndice de la Falange. Zapatero remarcaba que Aznar veraneaba en Quintanilla de Onésimo Redondo -¡Onésimo Redondo!-, espantajo primigenio del trifachito que muchos años después serviría para movilizar a la izquierda en las elecciones generales. El pueblo, de poco más de mil habitantes, ha sido un curioso laboratorio desde las pasadas municipales. Ha tenido cuatro alcaldes en esta legislatura, dos del PP, uno del PSOE y uno de Ciudadanos. Después de que dimitieran los dos primeros, por cuestiones laborales y de salud, socialistas y naranjas pactaron una permuta del cargo. En la antigua plaza del Generalísimo -el escueto callejero de Quintanilla es todo un festín para la Ley de Memoria Histórica- un vecino se declara harto de los cuatro y anuncia su abstención.

Castilla y León es mucho para el PP. Como Galicia, o más. Es tanto, que una derrota aquí sería la más dramática de cuantas pueda sufrir el partido este 26-M. De aquí proceden las dos personas que se jugaron el destino del partido en las pasadas primarias, el palentino Pablo Casado y la vallisoletana Soraya Sáenz de Santamaría, y tantos pesos pesados del presente y el pasado popular que a la región se la considera un vivero liberal-conservador.

Quintanilla de Onésimo, pueblo vallisoletano destino de vacaciones de José María Aznar

LA REFUNDACIÓN DE AZNAR

Castilla y León es en realidad el inicio de todo, o más bien el reinicio. Aquí comenzó Aznar la refundación de un espacio de mayorías que pretendía reunir a todos aquellos que se consideraban políticamente a la derecha del PSOE. En paralelo a la reconstrucción ideológica se producía la reconstrucción orgánica, no menos relevante para la conquista de la hegemonía. El PP es un partido con un férreo anclaje municipal y de ahí su solidez y ese altísimo suelo electoral que siempre envidió un PSOE con un electorado más propenso a la astenia. "Mi nacionalismo es el municipalismo", proclama el presidente de la Diputación de Valladolid Jesús Julio Carnero; "nosotros somos un partido de territorio, los únicos que presentamos listas en todos los municipios". Y exhibe datos: 234 candidaturas, 225 municipios y nueve pedanías. Eso significa que en las municipales el PP ya ha ganado en más de 60 ayuntamientos antes de subirse al autobús de campaña.

El problema para el PP de Pablo Casado es que el balance de estas elecciones del 26-M no se va a hacer contando uno a uno municipios y pedanías. Si el PP pierde el poder que lleva 32 años disfrutando en Castilla y León, casi todo lo demás será secundario. Las encuestas le presagian una noche de infarto. La de Sigma Dos para EL MUNDO sitúa al PP y al PSOE en la misma horquilla en las Cortes regionales, con una ligera ventaja de dos puntos para el PSOE. Eso significa que la primera llamada que tendrán que hacer tras el escrutinio tanto el socialista Luis Tudanca como el popular Alfonso Fernández Mañueco será al teléfono del líder de Ciudadanos, al que la media de los sondeos concede alrededor de 14 valiosísimos procuradores.

EN MANOS DE CIUDADANOS

Cualquier español razonablemente informado pero no lo suficientemente preocupado por la realidad política castellano-leonesa pensaría que eso garantiza la investidura de Mañueco. No será tan fácil. Francisco Igea es un ejemplar único en Ciudadanos. Se define de "extremo centro" y así desactiva, con humor, la parodia con la que sus adversarios de izquierda sugieren que la moderación de Ciudadanos es una pura fachada. Es un liberal que habla del liberalismo con el desparpajo con el que los comunistas hablan del comunismo. "Una ideología sexy", dice con descaro de izquierdista. Ataca la radicalidad de Vox sin emplear eufemismos. Hasta aquí no hay nada demasiado llamativo, su discurso quizás esté en una escala distinta pero no estridente. Lo que lo hace único es la forma en la que fue elegido. Si él está ahí y no Silvia Clemente -ex popular, ex rutilante fichaje- es porque su equipo de campaña descubrió que la candidata del aparato había ganado las primarias gracias a un grosero pucherazo. Esa circunstancia le da una autonomía inusual en un partido de una verticalidad vertiginosa. Francisco Igea es lo más parecido que tiene Albert Rivera a un barón regional, más incluso que el andaluz Juan Marín.

Una mujer pasa ante la Iglesia de San Pablo en Valladolid, donde fueron bautizados Felipe II y Felipe IV

En el debate entre candidatos de esta semana, el popular Fernández Mañueco se desgañitó preguntándole a Igea si pactaría con el socialista Tudanca. Fue en vano. Ya a la tercera, le pudo la ansiedad y lo llamó veleta y le recordó su pasada militancia en UPyD. Sin resultados. Un día antes de que esto ocurriera en un plató de la televisión local, Igea le anunciaba a EL MUNDO, en la sede de Ciudadanos en el centro de Valladolid, que negociaría con ambos partidos: "Nosotros no nos cerramos a pactar con el PSOE si hace sus deberes, levanta el dedo y se manifiesta claramente en contra de lo que ha supuesto el sanchismo en desigualdad o tolerancia con los secesionistas". El adverbio de la frase anterior quizás sea una de las materias negociables en periodo postelectoral. Durante la campaña, Igea ha criticado demasiadas veces "el sectarismo" como para que su mensaje -"hay que ensanchar el espacio del centro a izquierda y a derecha"- no se interprete como un preámbulo de las conversaciones que mantendrá antes de la investidura.

El popular Jesús Julio Carnero, presidente de la Diputación de Valladolid, empezó la campaña creyendo que Ciudadanos sería un aliado seguro para la investidura, pero ha ido convenciéndose de lo contrario. En el debate electoral salió de dudas y ahora está casi persuadido de que si el PP no obtiene una victoria -y aun así habría que negociar- Castilla y León será socialista. Sería una debacle para Génova. Pablo Casado suele repetir dos argumentos cuando tiene que defender -cada vez más habitualmente- la vigencia de su liderazgo. El primero es que sus predecesores en el PP dispusieron de tres intentos y la segunda es que Mariano Rajoy perdió prácticamente todo el poder territorial del partido en 2015. En el adverbio vuelve a estar la clave, porque incluso en ese momento crítico Castilla y León se mantuvo fiel. Juan Vicente Herrera, ahora a unas horas de la jubilación, se quedó al filo de la mayoría absoluta. Bastó con la abstención de los cinco procuradores de Ciudadanos para hacerle presidente. Después de aquel nuevo arrase conservador, al socialista Luis Tudanca se le puso cara de muerto viviente y se multiplicaron las peticiones de dimisión. El coro tenía una tonalidad muy parecida -tono menor, de marcha fúnebre- al que acompañaba a Pedro Sánchez tras las elecciones generales de 2016, muestra de que todo puede cambiar en tan sólo unos años. Castilla y León permanece políticamente inmutable desde hace 32, de ahí que las sombrías encuestas y la imperturbable ambigüedad de Igea tengan en vilo a todos los inquilinos de un despacho en el PP, desde la vallisoletana calle María de Molina a la madrileña calle Génova.

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