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Ciudadanos lucha por repetir el éxito de Andalucía en Madrid, Aragón, Murcia y Castilla y León

En 2015, cuando Ciudadanos comenzó una expansión nacional que, a juzgar por las recientes elecciones generales, está lejos de haber tocado techo, Albert Rivera dio orden tajante de no participar en ningún Gobierno. Así, ni Juan Marín entró en el Ejecutivo de la socialista Susana Díaz en Andalucía ni Ignacio Aguado en el de la popular Cristina Cifuentes en Madrid. Rivera, predicando con el ejemplo, hizo lo propio rechazando en 2016 la oferta de Mariano Rajoy de formar un Gobierno de coalición, la misma que el PP había hecho en la Comunidad de Madrid.

El cuartel naranja considera que la estrategia fue un gran acierto que permite ahora asumir el debut en un determinado Gobierno con el bagaje de una legislatura de brega parlamentaria, negociando codo con codo los Presupuestos autonómicos.

Así ocurrió a principio de año en Andalucía, donde Marín se convirtió en vicepresidente de la Junta presidida por el popular Juan Manuel Moreno, y así ven posible repetirlo en Ciudadanos el próximo domingo en cuatro de las doce comunidades en juego: Madrid y Murcia, donde simplemente habría que mantener la victoria sobre la izquierda de 2015 pero esta vez formando parte de los respectivos ejecutivos autonómicos, y Aragón y Castilla y León.

Madrid, muy ajustado

La batalla madrileña ya estuvo reñida hace cuatro años. Durante buena parte del recuento el socialista Ángel Gabilondo se vio en la Puerta de Sol hasta que en un decisivo escaño permitió al PP retener uno de sus feudos con el apoyo de Ciudadanos. Fuentes muy próximas a Rivera creen que puede decidirse otra vez por la misma diferencia, aunque al margen de la batalla del Gobierno aspiran a que Aguado replique sobre Isabel Díaz Ayuso el sorpasso dado por Rivera a Pablo Casado en las generales en esa comunidad. El fichaje del sucesor de Cifuentes, Ángel Garrido, que irá en el numero 13 de la lista naranja, en la última semana de la campaña de las generales comenzó a enrarecer las relaciones entre Rivera y Casado, sentando las bases de su actual batalla fratricida por el mismo espacio político.

En Murcia la historia naranja tiene un capítulo aparte. Es el único lugar donde Ciudadanos forzó la dimisión de todo un presidente autonómico, Pedro Antonio Sánchez, tras su imputación en varios procesos (un caso distinto al de Cifuentes) pero el hombre que llevó a cabo esa tarea, Miguel Sánchez, fue defenestrado posteriormente (como por otra parte casi todos los candidatos autonómicos) y la actual candidata es una independiente, la periodista Isabel Franco. Con ella y con la inestimable colaboración del PP y quién sabe si de VOX, Rivera ve posible evitar que la izquierda logre esa plaza, en la que Miguel Garaulet revalidó el pasado 28 de abril los dos escaños al Congreso.

En Aragón el partido está al alza en las encuestas con una apuesta del Secretario de Organización, Fran Hervías, que convenció al periodista Daniel Pérez, toda una celebridad en esa tierra por su actividad como presentador de telediarios, para ser el candidato independiente. Pérez pide al socialista Javier Lambán que se desmarque de Pedro Sánchez pero sin cerrar del todo la puerta a gobernar con los socialistas y aspirando, claro está, a adelantar de nuevo al PP, como en las generales. Aragón evidenció entonces que Ciudadanos ha empezado a superar uno de sus principales hándicaps, el de ser un partido con poco arraigo en la España rural o vacía, para la que Rivera ha propuesto un pacto de Estado nacional.

Otro lugar donde se superó ese problema y donde sin duda los planes no fueron como los diseñaron Rivera y sus más próximos es en Castilla y León. El candidato a la presidencia de la Junta, Francisco Igea, lo es tras encabezar una rebelión contra el aparato en la que, con el apoyo de su viejo amigo Luis Garicano, consiguió el hito de ser el primer dirigente naranja que le dobla un pulso a Rivera en trece años. Pero llegados a este punto, no hay mal que por bien no venga, piensan en la cúpula naranja, convencidos de que también allí se puede entrar en el Gobierno aunque, como en el caso de Aragón, con posibilidades de pacto muy abiertas, en una región dominada por el PP desde hace décadas. El mismo partido que abandonó la candidata por la que apostaba Rivera, Silvia Clemente, antes de perder unas primarias que en un primer momento, pucherazo mediante, parecía haber ganado.

El fracaso de Valls y la esperanza de Villacís

A nivel municipal el que ya se asume como un gran fracaso es la célebre "Operación Valls" que aspiraba a, en pleno desafío secesionista, hacer del ex primer ministro de Francia el alcalde constitucionalista de Barcelona que haga de dique de contención contra el separatismo, con serias opciones de lograr la alcaldía con un emblemático nombre, Ernest Maragall, al frente de ERC. Valls, con el que Rivera ha evitado coincidir en toda la campaña, apenas mejoraría en un concejal el resultado de Carina Mejías en 2015, según las horquillas más altas de las encuestas. Y todo ello después de que Rivera sacrificase su marca en la ciudad que vio nacer a Ciudadanos en 2006 para integrarse en una coalición de incierto futuro.

El fracaso de Valls sería incluso olvidable si el centroderecha le arrebata la capital de España a Manuela Carmena. Como en el caso de la comunidad, y al igual que las últimas elecciones, la carrera madrileña puede decidirse en el sprint final, pero ni siquiera Villacís tiene garantizado quedar por encima del popular José Luis Martínez-Almeida pese a que, como repiten los dirigentes naranjas "tiene más cara de alcaldesa". Baste un dato, el sorpasso al PP en la comunidad en las pasadas generales no se reprodujo en la capital, donde la papeleta de Casado recibió más apoyo que la de Rivera. La última plaza relevante donde Ciudadanos sueña con gobernar es Valencia capital. Allí Fernando Giner ya logró el sorpasso sobre el PSOE en 2015.

Pese a todo, la cautela reina en la sede de la calle madrileña de Alcalá, donde se temen que la noche del domingo pueda tener el mismo sabor agridulce que tuvo la del 28A. Alegría por un crecimiento exponencial en escaños, pero tristeza por un gran resultado de la izquierda.

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