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Spain

El arte para todos de Gilbert & George

Brexit, Brexit, Brexit! ¡Trump, Trump, Trump!... Y ahora, hablemos de arte". Con esta consigna, expresada con gravedad tras sus impecables ternos, se presentan Gilbert & George evitando (en vano) abordar cuestiones políticas. Para los que no son seguidores fieles de una de las propuestas artísticas más subversivas y estimulantes del panorama internacional, Gilbert Prousch nació en una localidad de los Alpes italianos en 1943, y George Passmore, que vio la luz en Devon en 1942 y habla con acento de la BBC, es el más alto de esta suma de dos personas que conforman una sola unidad artística desde hace medio siglo. Practican el exigente arte de ser "esculturas vivientes" desde que se conocieron en 1967 en Londres, en un curso avanzado de escultura en las aulas de St Martin’s School of Art. Su elección como invitados de honor de Brafa, la feria de arte y antigüedades de Bruselas, ha convertido a la cita en la más fotogénica de su historia y allí hablaron con este medio.

En nuestra comunidad Gilbert & George expusieron en 2010 de la mano del CAC Málaga y de su entonces director, Fernando Francés, recién nombrado ahora responsable de las políticas artísticas de la Junta de Andalucía. En la Costa del Sol mostraron su aplaudida serie Jack Freak Pictures, donde los colores rojo, blanco y azul de la bandera británica eran los ejes centrales de un discurso sobre la sexualidad, las razas, la religión, el fanatismo y las convenciones sociales. Esta mirada crítica e irreverente a los tabúes sociales caracteriza toda su producción y las cinco grandes composiciones fotográficas con forma de vidrieras que han mostrado este mes en Bruselas.

A veces hablan al unísono y en otras ocasiones uno inicia una frase y el otro concluye la idea. Han ensayado estas fórmulas centenares de veces pero para su audiencia cada ocasión suena única e irrepetible. Hay pocas propuestas estéticas que resulten tan genuinas. "Nos interesa hacer un arte para todos, que interpele a la gente corriente. Solemos evitar los museos pero nos gustaba la idea de confrontar aquí nuestra vida con el público porque en Brafa, como en nuestra obra, se mezclan el pasado, el presente y el futuro".

Se definen como "sujetos culturales" y su credo no ha cambiado a lo largo de cinco décadas: "Creemos que un país sin arte es algo parecido a una dictadura". Eso sí, nunca están en contra de nada. "Sólo firmamos manifiestos que estén a favor de algo, nunca en contra, así que suponemos que habremos apoyado alguna vez alguna causa horrible".

Nacieron en plena Segunda Guerra Mundial, "y crecimos en un momento en que se creía que todo iría a mejor, y así ha sido. El mundo occidental, con su literatura, su música y su pintura, es la mayor historia de éxito que hayamos conocido. Y Londres, la ciudad donde todo es posible". Fue en el multiétnico y conflictivo East End de finales de los 60, "paseando por las tiendas, las avenidas, las piscinas, las universidades, las librerías y las estaciones de metro, que tanto nos recordaban a los libros de Dickens", como decidieron convertirse en esculturas andantes.

Gilbert & George salpican su conversación con canciones y retazos de algunas de sus más célebres performances, como la fundacional The Singing Sculpture, que gira en torno a una canción que fue un éxito del music-hall titulada Underneath the arches. Encontraron el vinilo, icono del orgullo patrio inglés, en una tienda de cachivaches cerca de la iglesia de Spitalfields y decidieron cantar el tema a la vez que lo hacían sonar en un tocadiscos. Durante horas. La canción trata de los londinenses a los que la guerra dejó sin nada y empujó a vivir como mendigos en las arcadas bajo las vías de tren y conectaba con un momento, a finales de los sesenta, en que esas mismas arcadas de los puentes eran refugio de alcohólicos y de encuentros homosexuales. Fue su primer éxito como performers.

"El mundo del arte nos ha permitido ser espíritus libres y proyectar nuestros sentimientos. Al principio indagamos en distintas disciplinas, sobre todo con dibujos y esculturas, pero no lográbamos la calidad que queríamos, y empezamos a experimentar con nuestro cuerpo. Así llegamos a convertirnos en nuestra propia escultura humana. En paralelo, fuimos investigando el poder visual del negativo fotográfico, una imagen que es más agresiva y nos permitía expresar cómo veíamos las cosas, cuestionar la moral biempensante pero mirando al futuro. Porque somos profundamente optimistas".

Y su lección para quienes quieren acceder a este mundo es sencilla: "Damos a los jóvenes dos consejos: cree siempre en ti, cierra tus ojos y antes de levantarte decide qué quieres decir hoy al mundo. Y el segundo consejo es: que le den al profesor (fuck the teacher)".

Gilbert & George residen desde los años setenta en el mismo lugar, en una casa baja ubicada en el número 12 de Fournier Street, dirección que aparece a menudo en sus cuadros. Porque su obra gira siempre en torno a los sentimientos, la vida -sin excluir sus aspectos más escatológicos- y sus propias experiencias. Es un arte accesible, comprensible por todos - "nuestro primer gran éxito fue gustarle a la limpiadora de la galería donde debutamos", recalcan- y, a la vez, profundamente inteligente. Porque no había nada tan rebelde en los años setenta como cuestionar los códigos estéticos y el ambiente elitista de la escena galerística. "El arte conceptual nos parecía pesimista, críptico, monocromo, un peñazo. Nosotros en cambio apreciábamos el humor, el color, la figuración, los tabúes sexuales, justo lo contrario", recuerdan de aquellos inicios en que su propuesta, de la que muchos comenzaron riéndose o ridiculizándolos, fue descubierta y promovida por dos de los marchantes más influyentes del momento: Konrad Fischer, que los catapultó exhibiéndolos en Düsseldorf, e Illeana Sonnabend, que los invitó a Nueva York.

"Queremos hablar a la gente corriente y a los jóvenes. No nos interesa hacer un arte para los ricos y la élite"

Gracias a su ayuda se convirtieron, de la noche a la mañana, en el verso suelto imprescindible del joven arte inglés. Como curiosidad, la mujer casi nunca aparece en sus obras -con excepciones como la reina Isabel de Inglaterra-, que, en cambio, reflexionan constantemente sobre la representación del cuerpo, el deseo y el amor masculino, al igual que sobre la religión. "Habría que prohibir todas las religiones, el mejor momento en la historia humana es la Ilustración, cuando los hombres no necesitaron a los dioses para ser ellos mismos", reivindica esta pareja que tiene a Charles Darwin y a la Revolución Industrial como referentes.

Ahora acaban de comprar una antigua destilería de su barrio para abrir allí su propia galería, mostrar su archivo y ayudar a las nuevas generaciones de artistas. Será un centro donde divulgar y preservar su legado, y seguir extendiendo su fe en el "arte para todos, ése que habla a los jóvenes y a la gente corriente". Una fe que incluye el cerrar los ojos "porque haciéndolo el mundo se ve mejor y distinto, es un mundo de sentimientos y emociones". Ellos, por su parte, se jactan de evitar las exposiciones y los pandilleos artísticos, el mundo cultural en suma. "Descubrimos pronto que los artistas sólo hablan de cotilleos y negocios, lo que no tiene nada que ver con el arte, y además tienes que mentir y decirles lo maravillosas que son sus obras. Quisimos ser libres de todas esas constricciones y por eso no tenemos amigos artistas. Cada artista necesita un espacio propio y nosotros teníamos que encontrar algo distinto al minimal art, al pop, al conceptual".

"No queremos estar contaminados por nada y por eso cada mañana entramos en el estudio sin planes preconcebidos. Tiene que ser un arte de dentro de nosotros hacia fuera", insisten. Trabajan con un asistente que les ayuda con el archivo pero nada más, a diferencia de artistas tan populares como Ai Weiwei, que no suele realizar sus obras sino que deja su ejecución a talleres artesanales o equipos de producción.

Ir juntos por la vida les dio la dirección que iban a recorrer durante más de medio siglo. En las aulas de St Martin's fueron compañeros de otros pioneros del arte de acción como Richard Long, el hombre que convirtió la caminata en un arte. Ellos, en lugar recorrer los senderos del sur inglés, decidieron perderse por las calles de Londres, su ecosistema y el eje de toda su carrera. "Cuando empezamos a hablar como esculturas andantes, en noviembre de 1969, tuvimos que quitarnos de encima todo rastro de gente ordinaria", recuerdan de su particular estética de corbata y camisas almidonadas, en las antípodas del mundo obrero en que ambos crecieron, tan distinto a su vez al de la elitista generación anterior de Francis Bacon y Lucian Freud. Ambos proceden de familias de clase media baja -el padre de Gilbert era zapatero y George no conoció al suyo hasta que tuvo 21 años, fue su madre quien lo sacó adelante trabajando como empleada doméstica-. Presumen de no haber tenido becas, ni ayudas del Estado, "y carecer de familias pudientes o de clase media que depositaran expectativas sobre nosotros sólo nos ha beneficiado. Nunca hemos recibido un penique de nadie. Hemos sido completamente libres y eso es una ventaja. La clase media ni siquiera es libre para elegir sus destinos vacacionales, van todos al mismo sitio".

Rechazan hablar sobre una Inglaterra que daría la espalda a Europa, lo han dicho desde el principio, pero George reconoce que "todos los hombres de mi familia lucharon en las dos guerras mundiales y su experiencia me enseñó a ser optimista. Nada cambiará por el Brexit, sólo será distinto".

Su mundo espiritual, insisten, sigue siendo el que surgió tras la Segunda Guerra Mundial y el Blitz, "un Londres donde la felicidad y el amor libre eran posibles". Reconocen que alguna vez han añorado la naturaleza, los pueblos con iglesias medievales de piedra, pero un día en que paseaban juntos por la campiña se acercaron a saludar a un matrimonio que jugaba con sus tres hijos. "El padre nos miró, extrañado al ver nuestros trajes impecables, y nos gritó: ¡Fuera de aquí, pervertidos! Y ya nunca más quisimos salir de nuestro barrio", relata George.

"No tenemos amigos artistas, descubrimos pronto que los artistas sólo hablaban de cotilleos y negocios”

"Las ciudades son más liberales, todos nos tratamos con todos. En los años 60 y 70 Londres era más agresiva y el sexo, las drogas y la prostitución estaban muy presentes en el East End. Nuestro barrio ahora es un enjambre de gente muy distinta, musulmanes, hindúes, judíos... Aunque está cambiando muy rápido por la gentrificación y por cada restaurante indio que cierra, abre un café vegano. Tenemos hasta una peluquería vegana", dice Gilbert.

Ellos no tienen cocina en casa y por eso acuden a diario desde hace treinta años a un turco llamado Mangla 2 "donde encontramos comida deliciosa y camareros besables, ¿qué mas se puede pedir?". Lo único que ha variado de sus rutinas es el sastre que les confecciona sus trajes. "Durante años fue el mismo, un artesano judío que vivía en nuestra calle, pero desde su jubilación hemos ido alternando y cada vez quedan menos judíos en la zona. En cambio no paran de abrir mezquitas", observan estos espíritus libres que nunca quisieron ser parte de los museos ni llevar puesta la pegatina de artista todo el rato pero van dejando un reguero de genialidad a su paso.

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