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Spain

El cambio climático llega a Londres de la mano de Sorolla

La National Gallery de Londres habla español -al menos durante los próximos meses- porque su actual director, Gabriele Finaldi, que antes fue director adjunto del Museo de Prado, así se lo ha propuesto, y lo confiesa públicamente. Primero, ha recurrido al más que agradecido y agradable Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Cercedilla, Madrid, 1923) con la exposición Spanish Master of Light, que iluminará la primavera y parte del verano londinense (hasta el 7 de julio, luego viajará a la National Gallery de Dublín). Nada nuevo bajo el sol, a no ser que, precisamente, el sol «sorallesco» -como Dios manda o como lo entendemos quienes disfrutamos del copyright de playa y paella por los siglos de los siglos- luce en un Londres que no se quita el chubasquero del Brexit ni aunque le paguen por ello una millonada. Pero Finaldi no se conforma con lucir el palmito del popular Sorolla, sino que luego se arriesgará con Bartolomé Bermejo (Córdoba, 1440-Barcelona, 1498), algo más recio en sus formas y en su pintura, en la estela de los espadones y los santos góticos. España también es esto, que no se piensen por allá que todo son niños en la playa y olas que van y que vienen. Por eso la National Gallery va a hablar español por lo que resta de temporada en sus más festivas acepciones, y en esas otras más cuajadas de espiritualidad, misa y santos. Typical Spanish.

No solo tópicos

Tampoco Sorolla se agota en sus tópicos, y esto es lo que ha logrado demostrar con mayor acierto esta exposición compuesta por sesenta cuadros que proceden de muy distintos y señeros museos repartidos por medio mundo; porque algo que nadie puede arrebatar a estas alturas al pintor valenciano es que fue en su época -y sigue siendo en el mercado del arte actual- uno de los artistas más cotizados. Si Blasco Ibáñez triunfó en literatura, Sorolla lo hizo en el arte. Un pintor que se hizo rico a mucha honra de él y de los dignos sucesores que cuidan su legado como pocos herededos de grandes maestros han sabido hacer.

Joaquín Sorolla nació en Valencia ya siendo pintor y murió en Madrid -en Cercedilla, en su residencia veraniega- casi con las botas puestas, pues le pilla a traición un ataque de hemiplejia cuando está pintando el retrato de la mujer de su amigo Ramón Pérez de Ayala. Corría el año 1920. Aguantó tres años más totalmente inactivo. Una muerte en vida . Entremedias, pintar y pintar a destajo, pero no se glosa en esta muestra de una manera cronológica, sino por capítulos: «El hogar de los Sorolla», «Temática española: reputación internacional», «Fiel a la tradición española», «La luz, el sol y el mar», «Visión de España», «Paisajes y jardines» y «Bajo la luz del sol». Como se ve, inciden en un asunto casi único y universal: España. Por algo le fichó el mecenas Archer Milton Huntington en 1911 para que realizara la serie de tipos y costumbres de nuestra geografía que atesora la Hispanic Society de Nueva York y que «retiró» a Sorolla al olimpo.

Corte social

Pese a esos tipismos que todo amante de la pintura (y de las postales) conoce hasta la extenuación, Sorolla tiene más que enseñar, y así lo hace en esta muestra. Empezando por esas escenas de corte más social donde denuncia la miseria de un país (el nuestro) que tiene más sombras que luces (¡Y aún dicen que el pescao es caro!, La vuelta de la pesca...). Luego vendrán los innumerables retratos a su mujer (Clotilde) y a sus hijos, como el titulado precisamente así, en el que el grupo infantil tiene un toque victoriano a lo Henry James, lo cual demuestra que Sorolla no fue un artista encerrado en la torre de cristal española y sus españoladas. Salta en sus influencias de Velázquez y Goya a Sargent.

Entre tanta playa y tanta luz, y porque el cielo de Londres está nublado por el tormentoso Brexit, solo queda por reconocer que Sorolla capta como nadie la luminosidad mediterránea, en el cielo y en los cuerpos relajados. Londres ya puede sacar las sombrillas.

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