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Spain

El fracaso de Sánchez le obliga a otro «Frankenstein» con ERC o a una gran coalición con Casado

Pedro Sánchez no consiguió ayer ni uno solo de los objetivos que buscaba con la repetición de las elecciones generales: ni reforzó sus resultados (perdió tres escaños); ni desgastó tanto como le hubiese gustado a sus enemigos, especialmente a Podemos, ni logró despejar la formación de un futuro Gobierno, sino más bien al contrario. De hecho, la posibilidad de un desbloqueo está ahora más lejos, a lo que contribuyó también el fracaso sin paliativos de Albert Rivera, que como Sánchez con Rajoy hizo del «no es no» su apuesta política en la anterior legislatura. Pocas veces un eslogan electoral -«Ahora Gobierno»-, se ha alejado tanto de la realidad final.

Visto el «éxito» de la maniobra del presidente en funciones, ahora quedan tres posibilidades coherentes -hay otras menos lógicas- para formar gobierno: un pacto a lo «Frankenstein» PSOE-Podemos-Más País-PNV-ERC (valdría con que se abstuviera este último), con el coste brutal para los socialistas de tener que volver a ir de la mano del secesionismo; una gran coalición PSOE-PP, o que éstos permitan que se forme Ejecutivo previo acuerdo en grandes temas de Estado. Sin embargo, esta última posibilidad es aún más complicada porque el auge de Vox -otro de los grandes «logros» del actual inquilino de La Moncloa- limita mucho los movimientos de los populares, que no pueden permitirse en este momento el lujo de aparecer como muleta de Sánchez.

La debilidad del presidente del Gobierno en funciones es, desde ayer, mucho mayor que tras el 28-A. Después de haber intentado barrer del mapa a a Podemos, que en su día fue su «socio prioritario» de Gobierno, se ve en la necesidad de volver a pactar con Pablo Iglesias, algo que rechazó en la anterior legislatura y abocó a nuevas elecciones. El peaje para que se pueda alcanzar este acuerdo está ya muy claro: en primer lugar, eliminación del veto que Sánchez impuso al líder populista, y en segundo término, que sea un Ejecutivo de coalición. Son, además, condiciones «sine qua non»; es decir, o se cumplen ambas, o no habrá pacto. Es cierto que la formación morada ha perdido escaños (tenía 42 y ayer se quedó en 35), pero no lo es menos que sin ella no hay posibilidad alguna de un Gobierno de izquierdas, y eso le da más fuerza que la que le correspondería por su representación.

Rosario de partidos

Para que pueda salir este Gobierno será necesario además el apoyo, probablemente desde fuera, de todo un rosario de partidos como PNV, Más País, BNG, PRC y hasta el recién llegado al Congreso Teruel Existe, y aun así sería insuficiente para llegar a la mayoría absoluta. Es aquí donde entra en juego ERC, que con sus trece escaños logra una gran capacidad de influencia en un momento, además, especialmente delicado en Cataluña.

La sombra de un nuevo Gobierno «Frankenstein», por tanto, es mucho más potente que en las anteriores elecciones y pone a Pedro Sánchez en una situación muy delicada. Después de los sucesos de Cataluña, cualquier acercamiento a ERC, ya sea por la vía de conseguir su voto favorable a la investidura como una abstención, que sería suficiente en una segunda votación en la que es suficiente cosechar más votos favorables que en contra, puede ser demoledor para su partido.

Pero es que además es impensable que los secesionistas de Rufián no vayan a cobrarse ese apoyo. En ese escenario, cualquier medida del Gobierno en torno a Cataluña que pueda considerarse como una concesión al independentismo tendrá un coste brutal para el PSOE. Y Sánchez sabe que puede llegar un momento en el medio plazo en el que tenga que tomar decisiones contundentes -aplicación del 155, por ejemplo-, lo que provocaría la ruptura total con Esquerra.

La estabilidad de este Gobierno «Frankenstein», por tanto, brillaría por su ausencia y dar coherencia a la gestión del mismo una tarea poco menos que imposible. Pero si algo ha demostrado Sánchez es que es capaz de cualquier cosa por seguir en La Moncloa, así que a nadie le extrañaría que ceda todo lo que haya que ceder con tal de salvar el sillón.

Posibilidad frustrada

El estrepitoso fracaso de Albert Rivera, unido al del PSOE, ha cegado a Sánchez otra de las posibilidades que se había abierto tras el 28-A: un pacto de ambos, que habría dado lugar a un Gobierno de centro-izquierda, estable. La cerrazón del primero, con su negativa incluso a negociar con el presidente del Gobierno en funciones, fue también determinante para la repetición electoral, y los resultados han sido devastadores para él.

Ambos podrían unir sus fuerzas, pero necesitarían que el PP y Navarra Suma se abstuviesen. No parece una opción mínimamente probable, entre otras cosas porque Ciudadanos ha entrado en una crisis de consecuencias impredecibles y antes de pactar con nadie tendrá que decidir cómo se posiciona, y porque supondría un giro a la derecha del PSOE muy importante.

Así las cosas, el PP también tiene ahora la posibilidad de desbloquear la situación con sus 88 diputados, aunque a nadie escapa que después del espectacular avance de Vox su capacidad de maniobra está limitida. Sabe que si permite por acción u omisión el Gobierno de Sánchez será atacado ferozmente por los de Santiago Abascal, con apelaciones constantes a la «derechita cobarde» que tanto daño han hecho a los populares.

Ni abstención ni coalición

En la campaña electoral, Pablo Casado ha sido muy claro: no va a apoyar a Sánchez ni facilitará su Ejecutivo. Alejó, por tanto, cualquier posibilidad de una gran coalición, pero también la posibilidad de una abstención. Sin embargo, el PP también es consciente de que si el bloqueo continúa y a medida de que la posibilidad de unas terceras elecciones esté más cerca, tendrá fuertes presiones para permitir que haya Gobierno.

Si la situación entra en un callejón sin salida, no sería descartable que Casado accediese en el último instante a esa abstención, aunque por supuesto no a cualquier precio. Antes, el presidente del Gobierno en funciones tendría que firmar con él una serie de acuerdos de Estado en temas como, por ejemplo, el de Cataluña, que limitarían en buena medida la capacidad de acción del Gobierno socialista.

Pero sobre todo para Pedro Sánchez sería la constatación de un fracaso absoluto, otro más, ya que solo después de 17 meses sin haber estado en funciones tendría que apoyarse, y ceder, ante el partido al que echó del poder para dar paso a un Ejecutivo apoyado por partidos de todo pelaje, incluidos los secesionistas.

El resto de partidos de la Cámara Baja, hasta diez, están divididos entre los regionalistas -Navarra Suma, Coalición Canaria, Partido Regionalista de Cantabria y Teruel Existe-, de los que solo los dos segundos apoyarían a Sánchez, el último de ellos a expensas de las promesas que le arranque; y nacionalistas e independentistas -PNV, ERC, Junts per Catalunya, Bildu y BNG-, que querrán nuevas concesiones en materia de competencias en un momento en el que para el PSOE es muy complicado atender este tipo de peticiones.

En resumen, un panorama diabólico provocado por la soberbia de Pedro Sánchez y los errores garrafales de Albert Rivera, cuya gestión va a necesitar una enorme capacidad de negociación y generosidad de los partidos con visión de Estado.

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