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El olvidado territorio que España conquistó en Vietnam y poseyó hasta 1922 sin que nadie se enterase

«En 1847 España era todavía un imperio en cuyas tierras no se ponía el sol – podía leerse en ABC en julio de 1954–, que lucía esplendoroso en Manila cuando en Madrid se encendían los faroles de gas. Teníamos, en el trópico de Oriente , inmensos territorios insulares: Filipinas, Carolinas, Marianas y otras islas menores. Manila era, desde hacía siglos, la avanzadilla cristiana y occidental en aquellos remotos linderos del mundo. Irradiaba su influencia civilizadora sobre todas las naciones vecinas y los misioneros españoles llevaban su heroico apostolado a las tierras del continente asiático».

El reportaje a dos páginas se refería a la olvidada campaña militar protagonizada por unos cuantos españoles en la recóndita Annam, actual franja costera del centro de Vietnam, entre 1858 y 1862. Una incursión que llevó a cabo conjuntamente con la Francia de Napoleón III, gracias a la cual nadie sabe hoy que España tuvo presencia en aquel país durante décadas. Y cuando los miles de turistas de Madrid, Barcelona, Valencia y el resto de provincias visitan cada año Ho Chi Minh (antigua Saigón), ni se imaginan que parte de la ciudad fue territorio español desde fines del siglo XIX hasta nada menos que 1922.

La decisión de conquistar aquella territorio la tomó el Gobierno de Madrid después de que el obispo español José María Díaz, vicario apostólico de Tonkin, región de Vietnam, fuese «bárbaramente inmolado durante una persecución anticristiana y antieuropea desencadenada por los anamitas, el 20 de julio de 1857. Más de 10.000 cristianos, blancos y asiáticos, fueron asesinados por orden del príncipe de Hue, cruel señor de las costas occidentales de Indochina», explicaba este diario un siglo después, que confirmaba: «Y como España tenía alí intereses espirituales y materiales que defender, se dispuso a intervenir».

Los héroes olvidados

Aquella operación de venganza y conquista no trajo la gloria ni el reconocimiento para ninguno de los soldados españoles que participaron en ella. Al contrario, su victoria cayó en el olvido y sus protagonistas fueron abandonados por el Gobierno de Madrid. El objetivo era poner fin a la carnicería de religiosos orquestada por el mencionado emperador Tu Duc, principal gobernante de Annam. Fue él quien ordenó el asesinato de fray Díaz, bajo el pretexto de que los misioneros cristianos estaban metiendo las narices más de lo deseado en la agitada vida política del territorio.

Como explica Alfonso Ojeda en su obra «España y Vietnam: Una historia común» (Catarata, 2017), la historia del cristianismo en Vietnam se ha escrito con letras de sangre. Las continuas persecuciones, prohibiciones, destrucciones de iglesias, expulsiones e, incluso, martirios rememoran a los primeros cristianos durante la era romana. «El cristianismo no llegó a Vietnam para llenar un vacío religioso, sino para reemplazar los valores morales y espirituales preexistentes por otros nuevos. Los poderes públicos locales criticaron esa “doctrina heterodoxa” llamada catolicismo. Su influencia podía representar un contrapoder al sistema político existente», apunta el autor.

Fue tras el asesinato de fray José María Díaz cuando España, bajo el gobierno de Isabel II, recibió la propuesta de Napoleón III: había que llevar a cabo una expedición de castigo. Leopoldo O'Donnell era el presidente del Consejo de Ministros, por lo que tomaba buena parte de las decisiones trascendentales que concernían al país, y decidió que, efectivamente, había que intervenir y dejar claro que no se podía acabar con la vida de los hombres que predicaban la fe católica sin que hubiese consecuencias.

Una temeridad

La decisión de participar en la conquista del actual territorio de Vietnam era, sin duda, una temeridad. Las arcas de Estado se encontraban en una situación muy precaria, mermadas por las guerras carlistas y los altos costes que conllevaban el mantenimiento de un Imperio que, aún en su ocaso, generaba multitud de problemas a los gobernantes: la dificultad de mantener el control de Filipinas, la codicia de los piratas o los incipientes movimientos guerrilleros de independencia de Cuba. Era obvio que España tenía muchos frentes abiertos como para enfrentarse a uno más. Y, aún así, aceptó el reto.

Las tropas hispano-francesas desembarcaron en Da Nang, al sur de Hue, en el centro de actual Vietnam, el 31 de agosto de 1958. En el mismo lugar donde los estadounidenses llegaron un siglo después para librar su particular guerra contra el comunismo. La expedición la formaban 2.500 soldados franceses y 500 españoles. «La operaciones militares tuvieron pronto buen éxito. Primero se desembarcó en la bahía de Turana, cerca de Hue, precisamente el escenario de las matanzas de cristianos. Hue y Turana fueron bombardeadas y tomadas a punta de bayoneta. Viejos grabados isabelinos nos lo recuerdan con nostalgia agridulce. Los españoles, que constituían el principal contingente de tierra, figuraron en la vanguardia y las eternas virtudes castrenses de la raza tuvieron una ocasión más para probar su reciedumbre y espíritu de sacrificio», señalaba ABC.

Unos 800 soldados de tierra, la mitad de ellos españoles, se embarcaron después en una flotilla con rumbo a la baja Conchinchina. El 10 de febrero de 1858 marca el inicio de otra fase de la campaña: el bombardeo de Vung Tau y de una serie de fortalezas que daban entrada por vía fluvial a Saigón, el verdadero objetivo que acabaron conquistando poco después. Manteniendo el control en la ciudad, dejaron a 900 hombres: 800 franceses y 100 españoles. El valor de estas fuerzas terrestres quedó reflejada en numerosas crónicas de la prensa, que se hacían eco también del cuantioso botín con el que se hicieron: navíos, piezas de artillería, fusiles, pólvora, arroz en abundancia y un tesoro compuesto de barras de plata.

«Captura de Saigón por las fuerzas expedicionarias francesas y españolas», de Léon Morel-Fatio
«Captura de Saigón por las fuerzas expedicionarias francesas y españolas», de Léon Morel-Fatio

En marzo de 1860, cuando mejor iban las cosas, el alto mando francés ordenó evacuar a sus fuerzas acantonadas en Turón y las envía a China, mientras los españoles regresan a Manila. El ejército amanita pensó entonces que los invasores no eran tan invencibles como se pensaba. De ahí que iniciaran sobre Saigón todo tipo de ataques y contraataques. Hubo un momento en que la situación alcanzó un punto crítico, por aquellas escasas fuerzas aliadas que defendieron con heroísmo aquel importante enclave. Incluso consiguieron dominar algunas fortificaciones vecinas.

El envalentonado ejército vietnamita, al mando del general Nguyen Tri Phuong, no se dio por vencido y siguió durante seis meses su duro asedio a las tropas enemigas que defendían Saigón con uñas y dientes. Tanto resistieron que, al final, perdieron toda esperanza de reconquistar la ciudad en todo aquel periodo que va desde marzo de 1869 en que los franceses abandonaron Turón, hasta febrero de 1861, cuando el cuerpo expedicionario galo regresa de China.

Esa fue la clave y la razón de que, durante la primera semana de febrero de 1861, el imperio de Annam perdiera definitivamente Saigón y muchos otros territorios: que al finalizar la campaña militar de China, Francia pudo reforzar el frente de Vietnam con 3.000 hombre más muy bien equipados y una flota con 70 buques de guerra. La batalla se decantó rápido del lado de los aliados europeos, que fueron haciéndose con el control cada vez de más zonas con relativa facilidad. Hasta que, el 23 de marzo de 1862, se daba por concluido el conflicto tras la conquista del área de influencia en la zona meridional del país conocida como Cochinchina.

El parque Bach Tung Diep

Unos dos meses después, el 5 de junio, se puso fin a la guerra oficialmente con la firma de un tratado de paz entre Francia y el Rey de Annam. Según Juan Francisco Fuentes en «El fin del Antiguo Régimen (1808-1868)» (Síntesis, 2007), España no participó en él. El Gobierno de París comenzó entonces a penetrar en Indochina tras la concesión de tres provincias. El Gobierno de Isabel II, por su parte, recibió una indemnización económica, algunos derechos comerciales y un terreno de 4.000 metros cuadrados en Saigón, lo que hoy es el parque Bach Tung Diep.

Se trata de una zona muy visitada por los turistas que viajan a Vietnam y que casi nadie supo jamás en España que les pertenecía. Según revelaba a EFE hace cinco años el historiador británico Tim Doling, autor del libro «Exploring Ho Chi Minh City» (Explorando Ciudad Ho Chi Minh): «Me sorprendió el dato, pero no hay dudas porque lo encontré en dos fuentes históricas diferentes. Era solo un terreno abandonado en el centro de la ciudad y los franceses lo convirtieron en jardín público cuando lo recuperaron».

Situado frente a un museo dedicado a la historia de la ciudad, y a pocos metros de edificios emblemáticos como la Ópera, el Hotel Continental o el mercado de Ben Thanh, se trata de un lugar habitual de tránsito para los turistas. Pero se trata de una posesión español que ha pasado tan desapercibida para los españoles que actualmente no existe ninguna indicación sobre el pasado hispano del parque. Al igual que tampoco se conocen los motivos exactos por los que fue devuelto a Francia en 1922. El historiador británico apuntaba a la falta de interés de los gobiernos desde la Restauración Borbónica. «España no lo mantuvo en buen estado y Francia lo recuperó para convertirlo en un jardín público. Las autoridades españolas no designaron a nadie para administrarlo, supongo que no les interesaba», comentaba.

Tan solo pequeño cementerio franco-español del siglo XIX cerca de Danang, en el que están enterrados decenas de soldados de ambos países, recuerda a los héroes de aquella guerra. Pero sus tumbas son poco a poco engullidas por la creciente industria de los alrededores. En uno de sus rincones, deterioradas y comidas por la maleza, se pueden encontrar las tumbas de los 32 militares españoles fallecidos en la conquista de Vietnam.