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«El pollo y el jamón son los reyes del estado de alarma»

La adaptación al estado de alarma ha tenido su intríngulis en la Carnicería Vallés de Cartagena. «En los primeros días todo era nuevo, tanto para nosotros como para los clientes, y andábamos como pollos sin cabeza», explica María Adela Ruiz Zamora (Cartagena. 1975). Transcurridas dos semanas, todo se ha ido acompasando, en las colas, en los horarios y en las medidas de protección. «Y las personas que vienen a comprar lo han ido aceptando cada jornada mejor, probablemente porque se han dado cuenta de que es la única forma de poder comprar con el menor riesgo».

María Adela se inició en la empresa hace 23 años, cuando sus jefes aún estaban asociados a otras familias de carniceros en un local contiguo de la calle Canales. Poco después, se mudaron a unos metros de distancia e iniciaron el actual negocio, que ofrece carnicería, charcutería, conservas y otros productos de calidad para llenar la despensa, que hacen que el local suela estar concurrido a lo largo de toda la jornada de apertura. Por eso, no fue fácil adaptarse a las restricciones en cuanto a distancias y contacto, que impone el coronavirus para reducir el riesgo de contagio. «A eso se unió cierto nerviosismo en algún cliente y alguna disputa por los encargos y los pedidos de productos que se agotaban enseguida», explica María Adela.

«En los primeros días hubo alguna disputa entre clientes porque era imposible atender los encargos de todos»

Con sorpresa, ella y sus compañeros vieron cómo el pollo escaseaba una y otra vez, porque había personas que se llevaban cuatro o cinco de una tacada. «Junto con el jamón, entero y troceado, es el rey del estado de alarma por el virus», comenta. «Creo que es porque son cosas fáciles de preparar», aventura. También porque la gente piensa que es lo que más gustará a toda la familia, si no va a poder salir en casa.

Aparte de lidiar con el agotamiento de algunas mercancía, también fue complicado pedir a los clientes que guarden cola en la calle, para no abarrotar el interior, y organizar un sistema de envíos a domicilio. En el primer caso, según Adela, todo el mundo se ha acabado adaptando, «ahora que sabe que es por su bien». En el segundo, la reducción de la apertura solo al horario de mañana, de 8 a 15 horas, ha permitido que toda la plantilla trabaje en ese turno y haya más manos y más piernas para llevar los pedidos a casa de clientes de avanzada edad. «Tenemos a compradores de toda la vida, que en estas circunstancias no están para salir a la calle. Así que les llevamos todo lo que necesitan», relata. Ella misma se ha incorporado a esa labor, cuando ha sido necesario.

«Con el paso del tiempo hemos reducido horario de ventas y han aumentado los envíos a casa de gente mayor»

Cuando acaba la tarea diaria, María Adela tiene que cuidar, junto a su marido, de su hijo de 16 años, que sufre fibrosis quística y también está afectado por epilepsia. «Ninguna de las dos enfermedades le impide valerse por sí mismo, pero las actuales circunstancias le colocan entre la población de riesgo», revela. La madre de María Adela se ocupa de llevarle la comida al chico, pero sin entrar en contacto con él, para evitar cualquier riesgo de contagio. Hasta ahora, este sistema ha funcionado y libera a la familia de esa preocupación.

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