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Spain

El rey busca novia

Hace dos siglos, más o menos por estas fechas, el rey Fernando VII estaba muy ocupado buscando novia. Había enviudado dos veces y, tras ese tercer matrimonio, volvería a enviudar y a casarse, hasta que por fin quien enviudara fuera su mujer, su cuarta mujer, la regente María Cristina, que quedaría para la historia como la Muñoza por su posterior matrimonio con un militar apellidado Muñoz. Vayamos por orden. La primera mujer de Fernando VII fue María Antonia de Nápoles, con la que se casó en 1802 y que sólo vivió cuatro años más. Su segunda mujer fue María Isabel de Braganza, con la que contrajo matrimonio en septiembre de 1816 en una ceremonia conjunta en la que su hermano Carlos María Isidro se casó asimismo con María Francisca de Braganza. Tanto María Isabel como María Francisca eran hijas de la hermana mayor de los contrayentes, la infanta Carlota Joaquina, y por tanto sobrinas carnales de estos. Cuando Carlos María Isidro (el posterior Carlos V de los carlistas) enviudó de María Francisca, escogió como segunda esposa a otra de las hijas de su hermana Carlota Joaquina, su sobrina María Teresa de Braganza. Eso sí que era endogamia, y de la buena. Visto el panorama, ¡qué bien hizo Isabel II, hija y sucesora de Fernando VII, en retozar con cuantos militares se dejaban caer por el palacio Real y negarse a tener hijos con su marido, su primo Francisco de Asís, también conocido como el Natillas! Que no se diga que la Reina Castiza no se ocupó de regenerar la sangre de la dinastía.

La segunda mujer de Fernan-
do VII, su sobrina María Isabel de Braganza, sobrevivió poco más
de dos años a su boda con este, que de inmediato se puso a buscar novia. Acabó decidiéndose por María Josefa Amalia de Sajonia, con la que se casó en octubre de 1819. El catedrático Emilio La Parra no hace concesiones al chismorreo en su apasionante biografía Fernando VII, un rey deseado y detestado, y aun así no puede evitar dar algunas sabrosas pistas sobre la intimidad de la pareja. El día de la boda, la buena de María Josefa tenía sólo quince años, veinte menos que el contrayente, y según algunos testimonios salió despavorida del lecho conyugal al ver el miembro del marido, “largo como un palo de billar”. El hecho de que nunca llegara a quedarse embarazada alimentó los rumores sobre su mojigatería, aunque parece ser que se esmeraba en cumplir su principal deber como reina, que no era otro que proporcionar un heredero al trono. Sí está demostrado que en algún momento se hartó de tener relaciones con su marido. Eso incomodó de tal manera a Fernando VII que escribió nada menos que al papa León XII para que, por un lado, recordara a María Josefa su compromiso del débito conyugal y, por otro lado, alejara de la corte al confesor de la reina, al que hacía responsable de la situación. La carta, de comienzos de 1829, no sirvió de nada porque tanto el Papa como la propia María Josefa murieron muy poco después, uno en febrero y la otra en mayo de ese mismo año. Eso sí, Fernando VII no dejó pasar la ocasión de vengarse del confesor y al año siguiente lo envió a prisión.

(Jordi Barba)

Cruel, desleal, cobarde, despótico, arrogante hasta la estupidez, Fernando VII es­taba en manos de la camarilla de aduladores que conseguían ganarse su confianza. Entre ellos, por ejemplo, hubo un tal Lozano que, conchabado con un sirviente de palacio que le informaba de las indisposiciones del monarca, simulaba una sintomatología similar para convencerle de que eran almas gemelas. El libro de Emilio La Parra nunca pierde de vista el contexto internacional, y el lector es siempre consciente del contraste entre la mediocridad de Fernando VII y la época ­extraordinaria que le tocó vivir. Eran tiempos en los que se estaba decidiendo la con­figuración de España como nación, y Fernando VII, que podía haber seguido por la vía del liberalismo constitucional, dedicó todos sus ­esfuerzos a bloquear cualquier intento de modernización. Sólo cuando el levantamiento de Riego le forzó a jurar la Constitución de 1812, declaró cínicamente aquello de “marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”, para acto seguido volver a conspirar a favor del retorno al ­absolutismo.

Fernando VII estaba en manos de la camarilla de aduladores que conseguían ganarse su confianza

Fue Fernando VII el último rey absoluto, que utilizó cuando quiso a los moderados y combatió con ­saña a los liberales. Aun así, su absolutismo les pareció insuficiente a algunos ultramontanos catalanes, los agraviados o malcontents que en 1827 se levantaron en armas para exigir la vuelta al antiguo régimen y el restablecimiento de la Inqui­sición. Un levantamiento popular de catalanes contra un Borbón que, por cierto, la historiografía na­cionalista tiende a olvidar porque contradice su interpretación del pasado, esa interpretación mágica que mantiene vivos los episodios que le convienen y silencia los que no. Ya sabemos que algunos historiadores hacen con el pasado lo que los niños en los bufets libres: servirse sólo y muy abundantemente de lo que les gusta.

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