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Juan de Dios (2-2)

Se fue el Dios del fútbol, se queda la pelota. Como siempre ha sido. Y no para. En Málaga hubo un pequeño homenaje a la vieja. En un territorio tosco, de menos brillo, pero también auténtico. Un chico de nombre Juan de Dios, defensa con la L en la parte trasera, obró el milagro como su nombre obliga. Firmó un doblete cuando el Lugo tenía a su equipo en la lona y superioridad numérica. Una reacción con su rubrica pero en la que hubo mucha fe, mucho amor propio. La pregunta es qué hace falta para ver siempre ese colmillo, esa sangre en los ojos. O no siempre cuando las cosas están realmente feas.

La lectura de la alineación daba buena espina en teoría. Un equipo con alternativas sobre el papel y capacidad para mandar y elaborar sin que eso supusiera una merma en el blindaje, para continuar así la nueva senda que se comenzó a trazar en Girona. Caye Quintana daba reposo a Chavarría y las alas para Rahmani y Jairo resguardados por Luis Muñoz y Ramón más Cristian como elemento vertebrador. En la base, una línea de cuatro huérfana de Escassi: Casas, Lombán, Juande, Calero. Y con Barrio al cerrojo en su segunda mitad de turno.

El duelo, nunca mejor dicho, comenzó tras un solemne minuto de silencio en memoria de Diego Armando Maradona, que es como decir en memoria del fútbol. El Pelusa jugó una vez en Martiricos y formó un lío. Lo normal. Tenían la obligación moral ambos equipos de regalar un espectáculo a la altura de su memoria. Pero la Segunda División es muy suya y rara vez se trata al balón de usted. Aquí la fantasía es lo último, manda el estajanovismo.

Al Málaga le habría venido bien algo de inspiración frente al muro lucense, que a los 25 minutos perdió a Canella. En un abrir y cerrar de ojos, el Lugo mordió. Una buena combinación, con los toques justos y la colaboración de la defensa blanquiazul, otra vez blandita, y que permitió a Hugo Rama meterse casi hasta la cocina.

Se creció el conjunto visitante, que asestó un hachazo a balón parado. Una falta lateral en la que no se tiró bien el fuera de juego y Venancio, en dos tiempos, firmó el 0-2. Aún tuvo tiempo el Lugo de dar otro susto antes del descanso que atrapó Barrio en la línea.

Era turno de Pellicer, porque tocaba pulsar teclas y dar soluciones para competir el partido. Y turno de los jugadores, da mostrar agallas en escenarios así. Chavarría y Joaquín, al campo por Cristian y Jairo. Caye se equivocó torpemente tras recibir un feo pisotón de Carrillo (naranja mínimo). Se revolvió, le puso la cabeza en la cara al rival, que le añadió la suficiente exageración para que el colegiado pasease la roja. Hizo otro par de retoques Pellicer (uno Ismael Casas por lesión).

Justo cuando casi nadie daba un céntimo por el Málaga, Joaquín sacó el primer conejo de su chistera y Juande logró su tercer tanto del curso. Fue una tonelada de moral para los blanquiazules, que no parecían menos sino más. Un exceso de honradez de Chavarría frustró el empate tras un robo del niño de Miraflores, a quien buscó el argentino para devolver el regalo. Insistió e insistió ante su atrincherado rival. Y en una de esas, Ramón sacó el guante tras sobar el balón para que Juande peinara con la coronilla y obrase el empate.

La épica es bella, pero eso no puede impedir que el análisis obligue a ser más exigentes en ciertos momentos y aspectos con el Málaga.

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