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La Alejandría que se esconde bajo el mar

Nada queda allá donde durante siglos una luz guió a un desfile de embarcaciones. A unos metros, unas escolleras recién colocadas han cancelado el último asueto permitido de los alejandrinos: atisbar las aguas del mar Mediterráneo. Al final de una pequeña península, a unos metros de la fortaleza árabe que hoy domina la costa llana y rocosa y donde buscan refugio las parejas de enamorados, proyectó una vez sus haces el Faro de Alejandría, una de las maravillas de la antigüedad.

«Así como el Partenón se había identificado con Atenas, y San Pedro iba a serlo con Roma, del mismo modo, en la imaginación de los contemporáneos, el Faro se convirtió en Alejandría y Alejandría en el Faro», dejó escrito E.M. Forster, que residió en la villa durante la I Guerra Mundial, en su monumental obra Alejandría: historia y guía.

Del Faro, transfigurado en icono de una ciudad arrasada, permanecen algunos vestigios bajo las aguas. Un testimonio del edificio civil más evocador de la Historia que concibió Alejandro Magno para su urbe marítima pero que solo se consagró hacia el 279 antes de Cristo, en tiempos de Ptolomeo Filadelfo. «Las ruinas no están lejos de la fortaleza de Qaitbey, a unos cinco o seis metros de allí. Tras años de excavaciones hemos logrado recuperar 36 fragmentos del Faro que trasladamos al teatro romano de Alejandría», relata Ehab Fahmy, jefe del departamento de Arqueología Submarina del Ministerio de Antigüedades egipcio.

Es una mañana de invierno y desde su despacho se percibe el salitre marino. Sus dependencias se hallan emplazadas en el perímetro del que fuera el museo marítimo de la segunda ciudad de Egipto, la urbe donde Cleopatra y Marco Antonio se prometieron amor más allá de la muerte y a cuyo perdido aire cosmopolita los griegos Constantino Cavafis y Georges Moustaki profesaron nostalgia eterna.

«Lo que hemos rescatado son estatuas del Faro, inscripciones del periodo faraónico y bloques del edificio. En el periodo islámico, durante el mandato de Saladino, se arrojaron algunas piezas al mar para que los barcos no se aproximaran a puerto», rememora Fahmy.

Quienes han documentado el hoy extraviado Faro, diseñado por el arquitecto Sostratus, recuerdan sus dimensiones extraordinarias -más de 100 metros de altura- y sus cuatro plantas, construidas con piedra caliza, mármol y granito violeta rojizo de Asuán que provocaron inmediatamente la fascinación de los habitantes de la ciudad. Todo resultaba hipnótico: la planta baja con 300 habitaciones para mecánicos y guardas; el segundo nivel de forma octogonal y dedicado a las rampas; el tercero, circular; y, por último, la linterna, un potente sistema de iluminación desconocido y rodeado de teorías que estaba rematado por una estatua de Poseidón.

Las sucesivas remodelaciones y fechorías estéticas que sufrió el Faro acabaron en el siglo XIV, cuando un terremoto cimbreó los últimos cimientos del esqueleto hasta desmoronarlos. Desde entonces, su legado permanece invisible a quien persigue su rastro desde tierra. «Hoy la única opción de verlo es contratar una sesión de buceo en uno de los centros que existen en la ciudad», reconoce el arqueólogo, uno de los impulsores de un museo de arqueología submarina que podría revolucionar la aventura de reivindicar la memoria del Faro.

«Su construcción se ha barajado en varias ocasiones. La idea es disponer de un museo que cuente la historia naval de Egipto y que disponga de una parte submarina».

La primera iniciativa, con el apoyo de la Unesco, fue alumbrada en 1998. El arquitecto francés Jacques Rougerie, cuyo trabajo busca inspiración en las leguas de ingenio de Julio Verne, esbozó entonces un edificio enclavado en la bahía de Alejandría, con su armazón demediado por el mediterráneo y un coste cercano a los 150 millones de dólares. Tras años de agitación política, vaivenes y aplazamientos, el plano original -que contemplaba una serie de túneles bajo las aguas- ha sido descartado por las autoridades, que persiguen ahora un nuevo diseño. «Necesitamos ese museo porque debemos mostrar a nuestros vecinos y a quienes nos visitan los tesoros sumergidos de la ciudad», arguye el funcionario. «Existen dos posibles emplazamientos, frente a la nueva biblioteca de Alejandría y cerca de Qaitbey. El problema de la ubicación próxima a la Biblioteca es la falta de visibilidad. El agua no es clara».

La financiación en mitad de una severa crisis económica y los estragos del cambio climático -la urbe de cinco millones de almas se ha llenado de diques en su batalla contra el aumento del nivel del mar, que amenaza con inundar los barrios más humildes y los monumentos costeros- complican la ejecución del proyecto para ofrecer una ventana a cerca de dos milenios de historia. «El problema es que aquí cada uno tiene una idea. Todos quieren construir el museo pero no puede ser una idea individual. Hay que trabajar en equipo y crear una institución que sirva también como un centro de estudio», reconoce quien supervisa la retahíla de misiones, locales e internacionales, que auscultan la costa alejandrina en busca de sus vestigios.

«Hay otra ciudad esperándonos bajo el agua. Resulta fascinante pero también muy costoso y son tiempos difíciles», murmura el arqueólogo. Una de las expediciones con más solera es la que dirige el galo Franck Goddio en la bahía de Abukir, a unos 30 kilómetros al noreste de Alejandría. Sus campañas han descubierto las ciudades sumergidas de Thonis-Heraclion y Canopus. Hace unos meses el equipo estudió uno de las 70 embarcaciones halladas en el puerto de Thonis-Heraclion, la mayor «tumba de barcos» localizada jamás. El navío número 17, de 28 metros de eslora, fue descrita una vez por Heródoto cuando visitó la tierra de los faraones alrededor del 450 antes de Cristo. «Parece que fue un tipo de barco muy común en aquel puerto. Era usado para transportar productos importados y locales producidos alrededor del Nilo y su delta», señala Damian Robinson, director del Centro de Arqueología Marítima de la Universidad británica de Oxford. «Fue hallado sin cargamento por lo que creemos que fue reusada como una pieza de la infraestructura del puerto. Todos los artefactos que se habrían utilizado durante la vida activa de navegación del barco, así como su carga, junto con elementos como el mástil, las velas y los aparejos, fueron eliminados antes de su conversión en un muelle flotante».

De los 70 barcos que permanecieron durante siglos atracados en puerto, la misión solo ha examinado cuatro. «Hay mucha investigación por delante. Hemos excavado un pequeño bote que parece estar vinculado con los retos de un barco usado en los rituales del templo. Franck suele decir que solo ha excavado entre el uno y el dos por ciento de la ciudad», concluye Robinson.

Una tarea -la de desentrañar templos, palacetes y viviendas- que también aguarda al Faro de recuerdo inmortal. «Iluminó la imaginación, no sólo a los barcos, y mucho después de que su luz se hubiera extinguido, su recuerdo continuó brillando en las mentes de los hombres», reseñó E.M. Forster.

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