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Spain

La seguridad como sinónimo de sostenibilidad

Casi 10,000 personas formamos Cepsa. Pero podríamos decir que incluso más. Y es que, sentimos que a nuestra compañía pertenecen también los familiares de nuestros trabajadores, los vecinos de nuestras comunidades y, por supuesto, las empresas con las que cada día interaccionamos en el curso de nuestras actividades. Tantos años de actividad en las distintas zonas geográficas donde estamos presentes respaldan este sentimiento de cercanía. Cualquier compañía que quiera ser sostenible en el tiempo tiene que ser responsable con el entorno en el que opera, y muy especialmente, segura.

Y más concretamente en Andalucía, donde hace más de 50 años iniciamos nuestra actividad. A día de hoy son 2.915 personas las que de manera directa trabajan con nosotros y más de 2.000 los empleos indirectos generados. Nuestra facturación anual de 14.500 millones de euros, la cual representa el 9% del PIB andaluz, avala la relevancia de Cepsa en nuestra Comunidad.

En un mundo frenético donde el constante acceso a la información y la instantaneidad en la que vivimos sobrecarga nuestro día a día, la importancia en las personas y cómo interactúan cobra un papel fundamental. Sobre todo cuando hablamos de seguridad.

El ejemplo de Bradley

Y es en este ámbito de personas y seguridad dónde rescatamos el Puente de Bradley. A priori, alguien poco conocido pero fundamental en el devenir de la seguridad de las organizaciones.

A través de tres ejes fundamentales (el liderazgo, la organización y los procesos), Bradley nos enseña cómo de madura es la seguridad dentro de una organización. Su famosa Curva de Bradley, muy extendida en la década de los 90, demuestra cómo debe evolucionar la cultura en seguridad de una compañía en sus comportamientos hasta alcanzar la excelencia. Sin lugar a dudas, el camino hacia ese punto es largo y requiere un ineludible compromiso voluntario, plena convención y aceptación de toda la organización.

El viaje a la excelencia de Cepsa

Nuestro viaje a la excelencia, como todos, consta de etapas y llegar a la meta no está asegurado. Partimos de un comportamiento puramente reactivo, basado en nuestro instinto natural. Es el nivel más básico, donde se tiene la sensación de que los accidentes se suceden porque sí y cada individuo trata de evitarlos con sus mejores intenciones.

Desde todos los puntos de vista, la seguridad es en esta primera etapa desordenada, caótica. Es un estado caracterizado por la ausencia de normas y supervisión. Con la aparición de las anteriores, conseguimos dar un paso hacia delante en nuestra conducta. De quedarnos en esta segunda etapa, nuestro comportamiento estaría caracterizado por ser fundamentalmente dependiente, donde la conducta se relaciona a “lo hago porque me obligan las normas”. Un orden normativo y la supervisión son la consecuencia directa de nuestro comportamiento.

La industria, en general, y la nuestra, en particular, está caracterizada por ser una actividad no exenta de riesgos. En ella, el control de los mismos se garantiza mediante la definición de reglas, procedimientos y estándares que especifican el camino correcto para desarrollar nuestras actividades de forma segura. Disponer de un orden normativo es fundamental.

Sin embargo, estas per se no garantizan su implementación. De la misma forma que el código de circulación por sí solo no evita que se produzcan accidentes de tráfico. La desviación de la práctica con respecto a las normas escritas, asociada a la falta de supervisión, suele ser la causa de un gran número de accidentes (si no hay radares en la carretera no respeto el límite de velocidad).

En este estado, queda aún mucho camino por recorrer. Pero lamentablemente aquí es donde se estancan muchas organizaciones, año tras año. Son organizaciones no eficientes porque su comportamiento no está afianzado en un convencimiento personal de todos sus miembros.

La importancia del compromiso

Su actitud frente a la seguridad está necesariamente asociada a la supervisión para cumplir las normas, que es costosa, y cuando esta adolece, surgen los accidentes. Con el compromiso personal, nuestro comportamiento se transforma en independiente. Llegamos a la tercera etapa. Ya estamos convencidos y somos plenamente conscientes de la importancia del respeto a las normas. No hay necesidad de supervisión. Las normas se cumplen independientemente. “Lo hago porque cuido de mi seguridad”.

Hemos dado un gran paso, pero aún no hemos llegado a la meta. La que nos demuestra que todos los accidentes son evitables. Para llegar a ella los miembros de la organización se deben reconocer mutuamente interdependientes. Formarán un verdadero equipo de alto rendimiento. Cualquier miembro reaccionará si algún compañero fuera a realizar algún acto inseguro, y esperará lo mismo a cambio.

En estas organizaciones, la seguridad depende de todos. Todos nos ayudamos y velamos para que nunca se produzcan atajos de seguridad. El relajamiento, la autocomplacencia, la comodidad y las prisas son los peores enemigos de la seguridad. Hábitos que nunca deben ser aceptados. Frente a ellos, tolerancia cero. Nunca banalizan el riesgo, y mantienen en todo momento un correcto estado de alerta, necesario para no perder el nivel de excelencia. Tienen siempre presente que lo que les ha pasado a otros podría ocurrirle a ellos.

La interdependencia significará sostenibilidad a largo plazo y el poder seguir ofreciendo nuestros productos a nuestros clientes. Esto sólo será posible con el compromiso y el liderazgo de todos. Tanto dentro como fuera del trabajo. En nuestras casas, con nuestras familias, a la hora de coger un coche o practicar un deporte.

Tenemos un compromiso con toda la sociedad, que nos anima a seguir creciendo y aportando valor añadido allá donde nos encontremos. Todo ello con el objetivo de llegar a ser una compañía energética global de referencia aferrada a nuestros valores: la seguridad, la sostenibilidad, la mejora continua, el liderazgo y la solidaridad.

Feliz Día Mundial de la Seguridad.

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