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"Mis padres saben que solo juego dos euros"

“Uno se mete aquí buscando la posibilidad de ganar algo, pero somos unos ignorantes. La banca siempre gana”. Santa sabe que en los bingos y casas de apuestas “uno puede perder hasta la vida”. En media hora comienza su jornada laboral en una cafetería próxima al local de apuestas de la calle de Garcilaso, en el barrio de La Sagrera de Barcelona. “Vengo aquí cuando puedo, un poco antes de entrar a trabajar, y no juego mucho. Sé que un día puedes ganar 10 euros y al día siguiente perder esos 10 y otros 20”, añade la usuaria, Santa, que prefiere no dar su apellido ni aparecer en la foto. “De espaldas también me reconocerían”, bromea esta dominicana afincada en Barcelona desde hace siete años.

La joven vive con sus hijos y un hermano, y desde hace un tiempo envía buena parte de su salario a su país. “He perdido mucho dinero y es una manera de mantenerlo fuera de mi alcance. Si hago números, he perdido más de 40.000 euros jugando. ¿Lo que he ganado en este tiempo? Nada, no ganas nada porque te lo gastas”, confiesa Santa, quien a pesar de todo considera que puede dejar el juego cuando quiera.

Las personas que como Santa no confían en su fuerza de voluntad o directamente reconocen su adicción al juego y buscan ayuda, pueden autoprohibirse la entrada en estos locales dándose de alta el Registro de Interdicciones del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas. Los responsables de estos establecimientos tienen la obligación de vetar la entrada de estas personas.

El establecimiento de La Sagrera es uno de los 35 salones de juego repartidos actualmente por la ciudad de Barcelona. “La gente que juega suele tener su lugar preferido, pero también prueba otros. Y si les va bien, repiten”, explica Santa, quien tiene localizados otros salones en la avenida de la Meridiana y el paseo de Fabra i Puig.

Mayoría masculina

La mayoría de los habituales del bingo y casa de apuestas de la calle de Garcilaso son hombres. Basta con permanecer una hora en la entrada para comprobar de forma empírica que los hombres, de todas las edades, son tristemente el colectivo que más riesgo tiene de sufrir un trastorno por el juego.

Los más jóvenes, nativos digitales, han encontrado en las páginas de juego ‘on line’ una manera cómoda de hacer sus apuestas. A partir de la mayoría de edad también pueden entrar en las casas de apuestas, a menudo en grupo. No es el caso de Iván, que se dispone a entrar solo. Tampoco empezó a jugar por la clásica ‘presión social’ o porque un amigo le animara a probar suerte. Él aprendió solo el funcionamiento y tampoco quiere dar su apellido ni mostrar su rostro, pero acepta ser fotografiado de espaldas mientras accede al local de apuestas con su patinete eléctrico.

“Vengo los martes y los viernes para apostar en la Champions y la Liga. Solo juego dos euros y puedo ganar como mucho unos 100”. Tiene 18 años y habla con la tranquilidad, eso sí, del que no esconde nada en casa. “Mis padres saben que juego solo dos euros –continúa el joven- y siempre les enseño lo que apuesto y lo que gano”. Para Iván, que lleva tres meses apostando, es prácticamente lo mismo que echar una quiniela, si bien entiende que su nuevo entretenimiento "engancha más". 

Las personas encargadas de recibir a los jugadores le permiten acceder con su patinete. Solo le piden el DNI para comprobar que es mayor de edad y que no figura en la lista de adictos al juego del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas.

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