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Ocho meses sin nevera y a vela

La vida no se lo ha puesto fácil. Nicolás, de 64 años, tiene callos en el alma. Residió en una chabola de Martín Freire, en la capital, su mujer enfermó pronto, lleva viudo 25 años y perdió muchos empleos por cuidar de sus hijos. Pero confiesa que nunca pensó verse como ahora. Sin luz, sin nevera, sin cocina, sin tele. Como en el siglo XIX. Ni en la chabola. «No lloro porque ya se me secaron las lágrimas». Habla claro, sin titubeos, pero baja la mirada. No es fácil para él y, sin embargo, vuelve a sacar fuerzas para ejercer de padre de familia y hacerse eco del drama que viven en casa. Endesa les cortó la luz en junio de 2018 por impago. A día de hoy deben 667 euros. Desde entonces intentan que el Ayuntamiento les eche un cabo. Están en ello. Pero así llevan más de medio año dos familias con cuatro niños en casa, de 3, 8, 10 y 13 años.

Esta vivienda está en Telde, en la calle Fernando Sagaseta, en Jinámar, por lo que su sufrimiento echa por tierra esa máxima que siempre arguye el gobierno local de que en Telde no hay una sola familia que viva sin luz. Al menos una sí. Se lo recuerda mes a mes, en cada pleno, la portavoz del PP, Sonsoles Martín. En este piso en el que llegan a dormir, sobre todo en fin de semana, hasta 11 personas, viven ajenos a los aires de bienestar que está trayendo la lluvia de millones y acciones sociales del Plan Integral de Jinámar, y ajenos también al convenio que Telde firmó con Endesa para evitar los cortes de luz a las personas sin recursos. Aquí viven Nicolás y las familias de sus dos hijos, ambos con niños.

Reconoce Nicolás Delgado que el primer fallo fue de ellos, pero no esperaba que el castigo les iba a costar tanto. Fue a principios de 2018. No pudieron pagar la factura de enero de ese año. 158 euros. Nicolás estaba tramitando acogerse al dichoso convenio, pero le faltó aportar un documento, el DNI de la pareja de su hijo, y eso le coincidió con un problema de convivencia familiar tras el que optó por alejarse de casa unos meses. Ahí empezó todo. Como él es el titular de los recibos, y sus dos hijos tampoco tenían como pagarlos, la deuda fue engordando.

Así se juntaron los 667 euros que ahora les impiden llevar una vida normal. Apenas entran ingresos en casa. Nicolás no encuentra trabajo. Su edad, aunque sea un mañoso, tenga una dilatada experiencia y se encuentre en plenitud de condiciones, juega en su contra. Hasta tres veces ha ido andando a la capital. Se ha visto sin dinero hasta para la guagua. Su hijo empezó en uno ayer, pero no sabe por cuánto tiempo. Su hija tampoco cobra ingresos fijos, salvo las pensiones alimenticias de dos de sus críos, y no siempre. Un amigo de Nicolás les regaló una cocina de gas y eso les permite al menos comer caliente. Pero no pueden guardar en casa ni un yogur para los críos. Sobreviven gracias a la nevera de una vecina. Y si algún día, los menos, hay para carne o pescado, se cocina sobre la marcha. No hay donde conservarlo. Los niños ven la tele en casa de sus amigos. O se entretienen con juegos de mesa. Tratan de hacer vida normal, pero no lo es. De ninguna manera.

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