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Un documental en la cabeza del genio: podemos ser David Bowie... just for one day

La más vieja aspiración del documental en general, y del documental musical muy en particular, es hacer partícipe al espectador no de una historia sino de la experiencia que la dota de sentido. 'Nanuk el esquimal', por poner un ejemplo mayor, no es tanto el relato etnográfico de una existencia condenada por el hielo, que también, como una experiencia compartida. Nanuk, a través de los ojos de Robert J. Flaherty, no nos cuenta su vida sino que nos la hace sentir. Su frío es nuestro frío. Y lo mismo vale para, por ejemplo y por excelso, 'Dont Look Back', la película de D. A. Pennebaker que en 1965 documentaba la gira británica de Bob Dylan. El único deseo del maestro (o de los maestros, sumando al cineasta el poeta) era caminar al lado del jovencísimo Robert Allen Zimmerman y cantar con él, y fumar con él, y con él perderse. Y encontrarse quizá.

Brett Morgen tiene tan claro este concepto que a él se empeña con una ingenuidad casi suicida. 'Moonage daydream' toma el título de una de las canciones de culto incluidas en 'The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars' para proponer una película que en realidad es viaje. O incluso tripi. Pero no a cualquier lado, sino al centro mismo del imaginario del músico camaleónico que hizo buena aquella eterna aspiración de la alquimia de confeccionar un universo cuyo centro esté en cada uno de los puntos de su superficie.

Se trata sencillamente de traducir el verso de 'Heroes' de la única manera posible: de 'We can be heroes, just for one day' a simplemente 'We can be David Bowie, just for one day'. Podemos ser David Bowie, aunque sólo sea durante 135 minutos. En un momento de la película, un personaje no identificado presume de ser Ziggy. Lo hace frente a la cámara y en vez de declarar su amor a su ídolo, se lo declara a sí mismo. Ésa era la pócima sagrada. Ser Bowie pasa por ser, de forma primigenia y hasta eufórica, cualquier cosa, de cualquier género, en cualquier momento.

El nuevo trabajo de Brett Morgen se hace fuerte ahí: en la lejana posibilidad de hacer sentir al espectador la certeza de ser lo que quiera ser como la única manera posible de acercarse al músico. Al contrario que sus documentales previos sobre la figura de Kurt Cobain o los Rolling Stones, esta vez nada se cuenta. O muy poco. La idea no es otra, ya se ha dicho, que vivir Bowie por dentro antes que sólo a su lado. De ser él de forma radical.

'Moonage daydream' es una película inclasificable por lo que tiene de desmedida. No es biográfica. Ni siquiera se puede considerar en sentido estricto un documental. El cuerpo de la película son 48 canciones debidamente remasterizadas y extendidas sobre dos horas y media de metraje que discurren por la pantalla a través de imágenes de conciertos principalmente. El sonido a cargo de Paul Massey y del productor Tony Visconti sencillamente está ahí para vibrar en su sentido más literal.

Una imagen de David Bowie en 'Moonage daydream'.
Una imagen de David Bowie en 'Moonage daydream'.EL MUND

Pero lo que se quiere explorar es a un Bowie total que transciende la música para serlo todo, para ser cualquier cosa. Bowie, de hecho, fue, además de músico, actor, pintor, escultor, escritor de guiones, fumador empedernido, provocador, activista... Habla Bowie a través de algunas entrevistas y la pantalla explota en una especie de crisol que igual remite a lo evidente de las imágenes de archivo que a lo inaudito de los caleidoscopios de las ferias.

En consecuencia, la película no pretende explicar quién fue Bowie. Tampoco quiere que el propio Bowie se explique. A través de sus declaraciones lo que emerge es básicamente un tipo simpático especialmente dotado para la ironía que se niega a ser encerrado en una definición. Todos sus entrevistadores fracasan. "Soy budista el martes y me gusta Nietzsche el viernes", suelta ante la insistencia del periodista. "Soy un coleccionista de personajes", se escucha decir en otra ocasión. Buena parte de los interludios narrados de 'Moonage daydream' se va en largos monólogos de supuesta inspiración filosófica que igual iluminan que desconciertan, lo mismo inducen a la risa que al bostezo. Lejos de la intención de Morgen santificar al personaje.

En una alarde de refutación o negación de sí mismo, siempre tan cerca del propio Bowie, buena parte de la película va de otra cosa, enseña otros mundos, remite a un universo por fuerza extraño. Y así desde imágenes de películas de Dreyer a Murnau pasando por las más obvias de la luna de Méliès son convocadas en una especie de sortilegio tan extravagante como disfrutable. Eisenstein, Oshima, Buñuel, Bergman, Warhol, Whale y, en lugar de excepción, 'El gabinete del Dr. Caligari de Robert Wiene, completan el desafuero que quiere ser también indefinición y fuga. Puro Bowie diría más de un impuro. Sus propias películas --con 'Feliz Navidad, Mr. Lawrence' o 'Dentro del laberinto' en el centro-- surgen a la vez que sus actuaciones teatrales como 'El hombre elefante' y siempre con la cámara fascinada por un primer plano con los ojos magníficos, magnéticos y policromos.

Las únicas pinceladas más íntimas o autobiográficas se detienen en la figura de su mujer Iman (con la que pasó los últimos 25 años de vida) y, de manera muy especial, de su hermano. Terry le enseñó, dice, lo que tenía que leer y lo que tenía que escuchar. Tras pasar por las Fuerzas Armadas, acabó internado de por vida de psiquiátrico en psiquiátrico por culpa de la esquizofrenia. Ésa es la única vez que la película que no quiere serlo interpela al espectador desde la tristeza. Y ahí también se acrecienta el deseo de acercarse, si se quiere un poco más, a Bowie.

"Bowie solo puede experimentarse", dice el director. Y en efecto, de eso se trata, de sentir el frío de Nanuk, el caos de Dylan y la lejana posibilidad de ser cualquier cosa, que es la forma de ser Bowie. Just for one Day.

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