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Spain

Vilallonga, el aristócrata catalán que revienta las redes con su canción a los "burgueses oprimidos"

"10.000 visualizaciones en dos días. Estoy flipando", me dice Alfonso de Vilallonga, el autor de la única canción que ha sido capaz de restarle protagonismo a Meritxell Batet durante las últimas 48 horas, cuando le llamo por teléfono.

En realidad, se queda corto. A la hora de escribir este texto, el vídeo en YouTube de El lamento de los burgueses oprimidos, una inclemente sátira sobre el victimismo de la burguesía catalana del procés, supera ya las 11.000 visualizaciones. Una cifra sorprendente para un músico y cantautor conocido básicamente como compositor de bandas sonoras de cine y teatro.

"A ver si el éxito se traduce en conciertos, que es lo que yo quiero", me dice un Vilallonga al que llego a través de amigos comunes del círculo del periodista Arcadi Espada. La apuesta era fácil: no hay intelectual, empresario, escritor, político, bohemio o francotirador cultural barcelonés refractario a los dogmas nacionalistas que no orbite o haya orbitado en alguna ocasión en torno al autor de Contra Cataluña. "Nos conocemos, sí, pero no por temas musicales". 

Alfonso de Vilallonga (Barcelona, 1962), ganador de un Goya por la música de Blancanieves y autor de las bandas sonoras de algunas de las películas más conocidas de Fernando León de Aranoa o de Isabel Coixet, como PrincesasCosas que nunca te dije o Mi vida sin mí, no quiere entrar en debates políticos. A tenor de sus palabras, El lamento de los burgueses oprimidos es poco más que una diversión con una eminente función práctica: liberar tensiones larvadas.

"Yo lo que tengo que decir sobre política lo digo en forma de canción. Lo que pueda decir en prosa no creo que tenga mucho interés", dice el cantante. "Además, es que en esta canción en particular tampoco me estoy mojando mucho. La canción es un retrato de la sociedad que me rodea. El Periódico de Cataluña la ha llamado 'canción vitriólica', pero la verdad es que no es más que el resultado de la necesidad de expresarme y de utilizar las armas de las que dispongo para poder sobrevivir, y que son la música y la palabra".

Barón por partida doble

Pero aunque Vilallonga le resta importancia a su creación, como sucede con muchos artistas cuando ven que estas adquieren vida propia y escapan del pequeño escenario para el que fueron concebidas, no puede negar que la canción es un retrato perspicaz y, si no vitriólico sí mordaz de una clase social que él conoce bien. Porque Vilallonga es sobrino del escritor y actor José Luis de Vilallonga, IX marqués de Castellbell y Grande de España, además de barón por partida doble: de Maldà y Maldanell, y de Segur. 

Y de casta le viene al galgo. ¿O no fue José Luis de Vilallonga el mismo que dijo que entre el cielo y el infierno, prefería el segundo?: "Lo que me da miedo es morir y que exista el cielo. No quiero ir al cielo, me encontraría con toda la gente que odio en la vida y de repente estaría ahí con los Oriol, con las beatas, con los del Opus. El infierno es mucho más apetecible, están todos los amigos… y los obispos vascos". 

Su sobrino, sin embargo, esquiva la pregunta sobre esa clase social a la que bautiza en su canción como "el rebaño escandinavo", una referencia nada velada al narcisismo desaforado de una burguesía catalana, capaz de calificarse a sí misma como "la Dinamarca del Sur". "Yo soy un cuentacuentos del momento en el que vivo. Pero sí. Conozco esa clase social. Claro que la conozco". Y ahí se queda la respuesta. 

El silencio de los corderos

Como a Vilallonga ya le han preguntado de política en la sección de Cultura de EL ESPAÑOL, yo me centro en preguntarle de música para la sección de Política. Cosa que él, por cierto, agradece: o mucho me equivoco o la política le incomoda tanto como le aburre. "A mí siempre me ha encantado el cabaret alemán, y Kurt Weill y Bertolt Brecht, y la canción francesa, y Jacques Brel. Pero también tengo influencias de la canción mejicana. Mi padre era un loco de las rancheras y yo crecí con ellas. También estudié jazz cuando viví en Estados Unidos. Y todos esos géneros y esos artistas son el caldo de cultivo de la música que hago". 

Sorprende, en cualquier caso, el silencio de las víctimas de Alfonso de Vilallonga. Quizá El lamento de los burgueses oprimidos esté circulando únicamente por los canales constitucionalistas de las redes sociales. O quizá nadie haya querido darse por aludido, ni aunque sea por vanidad. En la Cataluña actual, la de los barrios de clase alta que votan a la CUP, no hay nada más sedicioso que considerarse burgués y rebelde a la estética pobrista del nacionalismo y el populismo de extrema izquierda. 

"Ni una crítica. No. Ni siquiera he visto comentarios negativos. Nada malo", me cuenta, sorprendido, Vilallonga. "Ni siquiera aquello que hacen a veces de poner el pulgar para abajo en los periódicos. A ver, la canción hace sólo dos días que ha salido, pero así como con Maldà State (Estat Propi), donde hablaba de bendecir la estelada con unas gotas de pipí, sí que hubo gente que, bueno, ya sabes, dijo cosas, con ésta… nada de nada". 

Según Vilallonga, eso tiene una explicación obvia: no hay nada que criticar. "Es que tampoco sé qué crítica pueden hacer. Es una canción con una letra que no insulta a nadie, así que tampoco creo que tengan mucho margen para criticarla. Yo creo que esta canción sólo la pueden criticar los más tontos. Que también los hay. Y muchos". "Para exportar", le respondo. Y Vilallonga me da la razón. Siempre quedará, en fin, la posibilidad, como dice en Maldà State (Estat Propi), de encontrar "un Estado propio con un buen porro de opio".  

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