Guatemala
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Cualquier populismo es un efecto, no causa

Las personas con criterio, derivado tanto del pensamiento “de izquierda” como el “de derecha”, tienen dificultades de explicarlo cuando se colocan en posiciones extremas y de “blanconegrismo” político y económico. Este es un término nuevo pero útil para explicar la necesidad de observar la realidad, no en referencia a estos dos extremos, sino entendiéndola como una variedad de grises, porque no todas las ideas son cien por ciento erróneas en cualquiera de esas posiciones. Es inevitable, si no se quiere caer en el fanatismo ciego, aceptar algo tan simple como la posibilidad de razón en las ideas de quien tiene pensamiento contrario. La aplicación total de los criterios es la fuente de los convencimientos estólidos, es decir, carentes de razón, con un resultado terrible.

El populismo, al ser un efecto, obliga a pensar tanto en sus causas como en los éxitos de sus engañosos argumentos. Son evidentes la corrupción, burla a la ley, compadrazgo, descaro, incapacidad, gracias a pertenecer a pseudo partidos y pseudo representaciones de los diversos grupos politiqueros y económicos muchas veces existentes solo en el papel. Se suma la falta total de vergüenza de quienes participan en pactos tácitos o abiertos entre gentuza dispuesta a acabar con el Estado y provocar la mayor cantidad de daño posible a través del despiadado pillaje contra la estabilidad del aparato estatal. Estas condiciones se dan desde hace tiempo y aunque no terminan de afianzarse, explican la animadversión a toda crítica, sobre todo periodística.

Este malsano populismo tiene en los tiempos actuales inesperadas aliadas, casi compinches: las redes sociales, donde muchas veces impera y se manifiesta la cobardía, fomentada por gobiernos, partidos, grupos de choque y personas individuales malintencionadas y corruptas, tontas útiles o también corruptas. La ignorancia, la incapacidad o falta de voluntad de analizar o descubrir las razones ocultas y corrientes subacuáticas se agregan con entusiasmo ciego y absurdo, con el agregado de no comprender la participación de estas en los daños irreversibles o de una recuperación lenta y tal vez sin frutos verdaderos. Tampoco se puede olvidar el papel crucial de las iglesias cuyos pastores o sacerdotes abandonan su papel y fomentan la corrupción.

Es importante reiterar estas realidades porque para extirpar el populismo de cualquier bandería política se debe eliminar la corrupción existente y castigar con la ley a los culpables. No es moralina ni exigencia de imposibles, sino que cada ciudadano tenga el valor para exigir la aplicación de las normas más elementales, sin cuyo cumplimiento un país desaparece. El crecimiento del populismo autodenominado de izquierda en América Latina es resultado de los abusos de aquellos gobernantes y regímenes también autodenominados de derecha. Chile constituye un buen ejemplo, sobre todo el primero, porque eran innegables los avances económicos, pero los sociales no estuvieron a la altura y fueron acompañados de abusos.

Guatemala no es ajena a un populismo de izquierda al estilo del de Perú. Hay hartazgo por el pillaje, los abusos de todo tipo y el convencimiento del efecto negativo de agregar nuevos pseudopartidos pertenecientes a caras conocidas o desconocidas, pero igualadas por la falta de experiencia y la duda sobre sus intenciones. Esto, en un país donde el porcentaje mayoritario de votantes solo se ha logrado en una elección y entonces la mayoría de una minoría ha decidido. En el panorama reinan el horror y el desprecio. El gobierno continuará burlándose de la ley y las instituciones, al fomentar la participación de gente sin ninguna posibilidad. Esto y las promesas populistas de un aspirante nuevo seguirán causando un daño mortal al país. Ya lo veremos.