Guatemala
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Leer o no leer, esa es la cuestión

El libro es un artefacto que nació hace cinco mil años, cuando en Egipto se descubrió que el papiro tenía el potencial de convertirse en algo que pudiera contener los símbolos que, como especie, nos permitirían reconocernos y comunicarnos en el tiempo. Tal es el poder de los libros, que pueden contener muchos mundos, todos los tiempos y despertar las mentes.

De allí que algunos quieran destruirlos, como el Obispo de Landa y los dictadores e ignorantes de todas las latitudes y todas las eras; y también de allí que otros conquisten por un libro todos los reinos. Alejandro Magno, el fundador de 70 ciudades, dormía siempre con un ejemplar de la Ilíada y una daga debajo de su almohada, o al menos así lo cuenta Irene Vallejo en su enorme libro El infinito en un junco. Seguramente, dice Vallejo, “le gustaba pensar que estaba viviendo su propio poema épico”. Era cuando Oriente era el foco de la civilización y Occidente aún un territorio de bárbaros.

Sin embargo, otros libros en el tiempo no idealizan a Alejandro y lo sitúan en lugares menos afortunados, hasta definirlo como un megalómano, obsesivo y cruel conquistador. El debate histórico sobre el personaje continúa, pero Vallejo dice que, si le preguntaran, ella jamás contaría sobre sus victorias o sus viajes, sino sobre “la extraordinaria aventura de la Biblioteca de Alejandría”. Para ella, “la idea de crear una biblioteca universal nació en la mente de Alejandro”. Maravilloso libro de Vallejo, que es muchos libros al mismo tiempo.

Me paso a dos hechos fundamentales que están sucediendo en Guatemala: el primero fue el Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango, organizado por Métafora, en su versión número 18, dedicado a la artista de Comalapa Paula Nicho y a las madres que buscan a sus familiares que han desaparecido. Poetas de la región se encontraron en la palabra y la poesía durante varios días, para darle vida a una polifonía de voces que preguntan hondo por la esencia de la poesía y para qué sirve, en un mundo como el nuestro. “Llevamos poesía para curar el corazón de todas y todos los que nos escuchan”, dicen en Metáfora; “La poesía no sirve para nada y por eso es absolutamente fundamental”, dice Ana Luisa Amaral, galardonada con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. La poesía es un antídoto contra el odio y el horror. Por eso es fundamental. Gracias, Metáfora, otra vez y siempre.

El segundo hecho memorable es la XIX Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua), que está sucediendo ahora y que termina el 4 de diciembre. A pesar de los intentos por quitarle desde el espacio hasta el nombre, la Filgua 2022 está de pie y sigue siendo el mayor acontecimiento literario y cultural de Guatemala, y uno de los más grandes de la región. Esta vez está dedicada a Irene Piedrasanta, editora guatemalteca incansable, especializada en lectura y literatura infantil. Una feria del libro en un país casi-sin-libros, con tanta violencia, poca educación, mucha censura y mucho más corrupción y desnutrición es un acto de profundo amor y aún más profunda resistencia.

Aquí, donde la pobreza es innombrable y el analfabetismo la estrategia más obscena de sumisión, los libros son siempre mundos nuevos con todo su vértigo y nuestro asombro. Leer es un ritual y en la Antigüedad, dice Vallejo, “cuando los ojos reconocían las letras, la lengua las pronunciaba, el cuerpo seguía el ritmo del texto, y el pie golpeaba el suelo como un metrónomo. La escritura se oía. Pocos imaginaban que fuera posible leer de otra manera”.

Que se oiga recio. Hay libros esperando que nuestras manos recorran sus portadas y adivinen sus ritmos; palabras que esperan nuestra mirada cómplice; cuentos regalando alas a la imaginación de las niñas y los niños; más de 50 editoriales ofreciendo mundos, y todos esos mundos esperando abrirse. Bienvenida sea siempre la Filgua.