Mexico

La estatua de Colón

Imaginemos por un momento, tal como lo hizo Octavio Paz, lo que habría sucedido en la península que más tarde se llamaría España si Axayácatl hubiera desembarcado en Cádiz. Sin duda, sus huestes no habrían sido más benignas que Cortés y sus soldados.

29 de Octubre de 2020

La jefa de Gobierno de la Ciudad de México ordenó retirar la estatua de Cristóbal Colón “para restaurarla”, según dijo, y poco después invitó a discutir su pertinencia y a festejar la fundación de la Gran Tenochtitlán. Sólo desde la ignorancia histórica se puede sostener que la estatua de Colón no debe volver al Paseo de la Reforma porque, según sostienen quienes son partidarios del no retorno, su llegada a nuestro continente fue el inicio de la devastación de la Arcadia de los pueblos originarios que vivían en plena armonía y no habían sido corrompidos por la maldad, la codicia y el hambre insaciable de poder que irrumpieron en estas tierras de la mano de los europeos.

Esa Arcadia nunca existió. Los sacrificios humanos eran una constante entre los mexicas. Se practicaba el canibalismo. No sólo los prisioneros de guerra eran sacrificados o reducidos a la esclavitud. Cualquiera podía convertirse en esclavo por haber cometido un delito o incluso como pago por sus deudas. Algunos padres vendían a sus hijos por su mal comportamiento. El sometimiento de numerosos pueblos por parte del imperio azteca no se mantenía con buenos modales, sino que era consolidado por medio de la violencia bélica. Nadie ignora que la Gran Tenochtitlán fue vencida por los combatientes de esos pueblos, hartos de la explotación despiadada de los mexicas, en alianza con los soldados de Cortés.

Los conquistadores, que arribaron después de Colón a lo que más tarde se llamaría América, cometieron atrocidades, como todos los conquistadores. Pero la mayor parte de la mortandad indígena no fue causada por las armas, sino por enfermedades infecciosas traídas por aquéllos. Imaginemos por un momento, tal como lo hizo Octavio Paz, lo que habría sucedido en la península que más tarde se llamaría España si Axayácatl hubiera desembarcado en Cádiz. Sin duda, sus huestes no habrían sido más benignas que Cortés y sus soldados.

Es insostenible el aserto, repetido en diferentes países que han quitado los monumentos que le rendían homenaje, de que Colón fue un genocida. Colón no fue un guerrero sino un navegante visionario y soñador que ensanchó los límites del mundo. Es verdad que, como gobernante de los nativos, cometió y toleró injusticias y abusos, como era usual en aquella época —y lo sigue siendo—, pero, desde luego, no se propuso exterminar a sus súbditos, entre otras cosas porque eran utilizables, y fueron utilizados, como mano de obra. Sí, se hizo de esclavos… en una época en que la esclavitud era legal y generalizada en el mundo, como lo seguiría siendo cientos de años después.

Desterrar la estatua de Colón sin cerrar el Templo Mayor o desaparecer el monumento a Cuauhtémoc, por ejemplo, respondería, como advierte Christopher Domínguez Michael (Letras Libres, octubre), a la postura de “los relativistas posmodernos, que encuentran horrenda la hazaña náutica de Colón y su triste consecuencia, pero que justifican los sacrificios de recién nacidos y de niños, consuetudinarios entre los aztecas para invocar a las lluvias, porque formaban parte de una religión natural ajena a la perversión de Occidente”.

Colón es el precursor, conditio sine qua non, de nuestro mestizaje. Su estatua, en la avenida más bella de la Ciudad de México, tiene un valor simbólico inocultable. Los símbolos pueden eliminarse, pero el pasado es imborrable e inevitablemente forma parte de lo que hemos sido y lo que somos. Era el alba del Renacimiento, un momento estelar de la humanidad. Los secretos de la tierra empezaban a desvelarse. El mar se volvía mensurable. Los aventureros más audaces se atrevían a lo ignoto. El encuentro entre los dos mundos, Europa y lo que sería América, tenía que ocurrir. Pudo ser otro navegante el que llegara a esta parte de la tierra, pero lo hizo Colón, quien, como apunta Stefan Zweig, convirtió los mapamundi de Ptolomeo, irrefutable reliquia sagrada durante veinte generaciones, en una broma infantil. Una hazaña portentosa.

El islamismo radical ha acabado en los últimos años con parte importante del patrimonio cultural del norte de África y Oriente Próximo —templos, torres funerarias, estatuas— por móviles ideológicos. Esconder la estatua de Colón sería un acto motivado en un fanatismo sectario semejante.

De nada, doctora Sheinbaum, y que se restablezca pronto.

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