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La obsesión y frivolidad en torno al salario mínimo

Antes de tomar partido por alguna posición ideológica, empecemos aclarando algo. Nadie en su sano juicio puede negar que la prosperidad de una economía descansa en la capacidad de producir bienes y servicios, y que en la medida en que los consumidores puedan acceder a un volumen mayor de aquellos, se estaría contribuyendo a satisfacer sus necesidades.

Para alcanzar el objetivo anterior de una manera más sostenible, se requiere de aumentos en la productividad que permitan producir una cantidad mayor de bienes y servicios, que asegure una oferta suficiente de estos a la población, sin el riesgo de que incrementos a los salarios se traduzcan en presiones inflacionarias.

En este sentido, la decisión de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Conasami) de acordar un aumento al salario mínimo del orden del 22% para el próximo año, resulta a todas luces irresponsable por llamarlo menos.

Pero si esto podemos decir de la Conasami la cual está integrada por representantes del Gobierno, de los trabajadores y del sector empresarial, la posición adoptada en lo individual por la iniciativa privada al respaldar esta decisión no deja de causar extrañeza y por qué no decirlo, hasta cierto grado de sospecha.

Uno puede entender las motivaciones políticas y clientelares del gobierno de haber apoyado este incremento desproporcionado. Es también comprensible que los representantes de los trabajadores, buscando su propio beneficio -sin dimensionar las implicaciones negativas que esta medida tendrá- hayan empujado esta medida. Pero resulta incomprensible la posición del sector empresarial.

En un entorno donde tenemos una inflación del 7.05% -la más alte en 20 años- y siendo más del doble de la meta establecida por Banco de México, el cual proyecta que volveremos al objetivo del 3% con una variabilidad de más/menos 1% hasta el tercer trimestre del 2022, la verdad es que no se ven elementos por ninguna parte que justifiquen un incremento de tales proporciones en el salario mínimo.

Lo anterior en una coyuntura en la que habremos de presenciar volatilidad en el tipo de cambio por el inicio del tapering en los Estados Unidos, así como por el ciclo de alza de tasas a nivel mundial; la incertidumbre en las afectaciones en las cadenas de suministro que pudiera provocar las variantes del COVID-19 y un clima adverso a la inversión privada en el país que pudiera retraer la producción de bienes y servicios, además del daño que se ocasionaría al sector eléctrico y su impacto en los costos de las empresas.

El nivel de salario mínimo se ha convertido en una obsesión, en una fijación enfermiza del anterior y del actual Gobierno, que ha sido tomada como bandera por el sector empresarial. No es el momento para esas frivolidades que le pueden salir muy caro al país.

Economista y Catedrático de la

Universidad La Salle Saltillo