This article was added by the user . TheWorldNews is not responsible for the content of the platform.

Primero personas

La autoridad exterior sin la autoridad interior jamás educará ni podrá formar comunidades

“La autoridad moral no puede ser fabricada ni exigida. Es el resultado de un proceso interior en quien detenta la autoridad, por el cual él mismo lucha por los valores que desea transmitir. Su primer papel es el de encarnar un ideal y conducir hacia él. La fuerza motriz para el cumplimiento de tal papel es la actitud de servicio. La autoridad moral se basa en ser consecuente con las decisiones que se toman, con lo que se dice y lo que se hace. Se basa en conceptos tales como la verdad, las convicciones y el ejemplo. Por lo tanto, si quien detenta la autoridad es inconsecuente, miente u obra de forma errada, su palabra carecerá de valor”.

Fuerza moral

Angelo Giuseppe Roncalli así lo expresó: “La autoridad que se funda tan sólo o principalmente en la amenaza o en el temor de las penas o en la promesa de premios, no mueve eficazmente al hombre en la prosecución del bien común; y aún cuando lo hiciere, no sería ello conforme a la dignidad de la persona humana, es decir de seres libres y racionales. La autoridad es sobre todo una fuerza moral; por eso los gobernantes deben de apelar, en primer lugar, a la conciencia, o sea, al deber que cada cual tiene de aportar voluntariamente su contribución al bien común de todos”.

¡Qué razón tiene Roncalli! Y esta realidad no es exclusiva de los gobernantes, sino aplica a todos por igual. Sin embargo, si analizamos un trozo de las cotidianas realidades, veremos que, generalmente, tendemos a enseñar o enmendar a los demás, antes de hacerlo con nosotros mismos. Mil veces intentamos “enderezar” a nuestros semejantes a pesar de que, en el ámbito privado, probablemente exista una abismal incongruencia entre actos, palabras y pensamientos.

PARADOJA

En algunas ocasiones, en este espacio, he comentado que la autoridad genuina, la que realmente tiene fuerza es, precisamente, la autoridad moral, la que se adquiere, se gana, mediante el ejercicio continuo del testimonio, esa que nace del ejemplo.

Autoridad genuina porque es imposible conquistarla por decretos o investiduras externas, ni mucho menos por imposiciones o castigos; solo se conquista por la coherencia entre el decir y el hacer, entre el hacer y el ser. La autoridad moral es auténtica ya que no puede ser fabricada ni tampoco exigida.

Esta autoridad es potente porque la persona que la tiene encarna un ideal y emprende las acciones necesarias para alcanzarlo siendo testimonio. Por tanto, su esencia, paradójicamente, se encuentra en una actitud de servicio desinteresado hacia los demás, el derecho a ser obedecida con buena voluntad.

Por tanto, si “la autoridad interior se basa en el servicio desinteresado a la vida ajena, entonces la autoridad exterior sin la correspondiente autoridad interior jamás educará ni podrá formar las verdaderas
comunidades”.

PREGUNTARNOS...

Hoy es común lamentarse por la ausencia del respeto y el desorden que impera en nuestras comunidades, es sencillo decir que la gente ahora no esta muy dispuesta a dar, a convivir o a mostrar interés por el bien común. Y creo que es tiempo de preguntarnos si personalmente somos nosotros mismos ese modelo de comportamiento del cual decimos que socialmente carecemos.

SI QUEREMOS...

Como muestra varios botones: si pensamos que hoy priva la impuntualidad, preguntémonos si nosotros somos puntuales; si nos quejamos que no hay democracia, primero hay que cuestionarnos si acaso, individualmente, somos tolerantes y respetuosos con las ideas y creencias de los demás; si juzgamos que al país lo esta carcomiendo la corrupción, pensemos en nuestra propia honestidad, convoquemos a nuestra conciencia y preguntémosle si acaso trabajamos con ahínco, indaguemos si acaso no le robamos tiempo al tiempo, si en verdad cumplimos con lo prometido, si realmente hacemos nuestro mejor esfuerzo en las tareas encomendadas. Si acaso, al querer una ciudad limpia, somos nosotros quienes levantamos los papales de las calles.

Si vemos con injusticia el pago que recibimos del trabajo, reflexionemos si acaso, personalmente, somos justos con el esfuerzo de los demás; si nos quejamos de la ausencia de calidad en algún servicio que demandamos, pensemos si el servicio que nosotros damos es entregado con calidad.

Insisto, ¿somos testimonio de lo que demandamos, pedimos, exigimos, o de eso que nos lamentamos? No vaya a ser que sepamos correr muy bien, pero que lo hagamos fuera del camino.

INTEGRIDAD

He observado que las personas con autoridad moral son manantiales de humildad: no buscan medallas, ni reverencias, ni mucho menos éxito – por lo menos como la mayoría lo entendemos -, sino solamente hacen, emprenden sus sueños, conviven, aman intensamente las vidas de sus semejantes y, obviamente, las suyas.

Estas personas enseñan que la excelencia consiste en realizar actos continuos de humildad, muestran que el mejoramiento se encuentra en saber callar, en querer escuchar con el corazón y la mente, emprendiendo lo pensado en la realidad. Silenciosamente profesan que la fuente de la excelencia de sus actos se encuentra en sus propias almas, muestran que es ahí, en sus zonas luminosas y oscuras, donde habita el motor de las potencialidades, pero también su propio freno.

Estos tiempos, donde abundan cascadas de promesas de todos tipos y colores (la mayoría luego frustradas), en donde existe la polémica y el desencanto, en donde se desea obtener seguridad (la mayoría de las ocasiones infructuosamente), precisan no esperar tanto de los demás, solamente hacer lo que cada persona, guiada por su corazón, debe hacer.

CONVERSIÓN

Interactuamos en un mundo en donde los valores fundamentales de la convivencia humana se ven constantemente amenazados, habitamos en una época en donde ha hecho crisis la información, la ciencia y la tecnología con la espiritualidad y la vida del ser humanos, y el tiempo de mejorar socialmente quizá nos parezca insuficiente. Pero no debemos esperar que las transformaciones cardinales y radicales requeridas para ser más humanos se den en los demás, es más conveniente empezar individualmente ese proceso de conversión.

Que provechoso sería edificar, en nuestros pequeños ambientes de vida, trincheras que nos permitan ser testimonios del bien ser y hacer, pues ahí radica la cruzada para lograr una sociedad de vida y esperanza. Más humana.

HACIA ADENTRO

Si queremos familias unidades, mejores escuelas, comunidades solidarias y un país en donde prevalezca la certidumbre y la alegría, empecemos a ser justos individualmente haciendo a un lado la tentación de intentar cambiar a los demás. Más bien, corrijamos nuestra individual forma de ser. Forjémonos, desde la intimidad de nuestra alma, una mejor persona. Miremos hacia nuestro interior y enmendémonos desde adentro, ya que ahí, en estas diminutas cruzadas personales, reside la esperanza de hacer un México más humano.

Tengamos presente que para desarrollar esta fortaleza es indispensable una decisión personal. Es inevitable que cada uno seamos autoridad moral, ante aquello que exigimos. Es necesario enseñaros a nosotros mismos, antes de querer mostrar el camino a otros. Es imprescindible comprender que, en nuestro interior, existe la fuerza necesaria para hacerle frente a los retos.

CAMINO ANGOSTO

El motor del progreso de México anida en el corazón y la mente de cada uno de sus ciudadanos, de ahí la necesidad de poner manos a la obra, de traducir las ideas en realidades, cada quien desde su ámbito de acción; hay que hacer bien lo que debemos hacer, desde ser puntuales hasta honrar la palabra dada, siempre buscando, voluntariamente, el bien común.

Coincido con Thoreau: ¡hay que ser primero personas y ciudadanos después! Esto implica ser personas de primera, siendo modelos de responsabilidad, integridad y congruencia; y así, cada mexicano se pueda convertir, mediante sus propios actos, en una autoridad moral: en ejemplo del bien hacer y del deber cumplido.

Programa Emprendedor

Tec de Monterrey Campus Saltillo

cgutierrez@tec.mx