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También en París hay cementerios

No iba yo a París. Iba a Bruselas, a participar en un congreso internacional de universidades. Pero París, que bien vale una misa, vale también un alto en el camino. Y regresé a los amados sitios que recorrí cuando por ser muy joven tenía cosas muy importantes qué hacer. Entre esos queridos lugares cuento un cementerio: el del Pére Lachaise. No es sitio frecuentado por turistas. Se necesita haber entrado por la gran puerta de los libros al alma de París para saber dónde está ese sitio de recogimiento.

El Pére Lachaise, de seguro, es el panteón más bello del mundo. Su belleza no es una belleza funeraria, ni menos aún museográfica. Es la belleza de un bosque al pie de cuyos árboles hay tumbas. El registro oficial señala algunas. Están las de los grandes de Francia, y están también los de muchos grandes del mundo, pues el mundo es en alguna forma una prolongación de Francia. Ahí Moliére y Lafontaine; ahí también Wilde y Rossini...

Hay tumbas muy conocidas. La de Chopin es la más visitada. En ella hay siempre pequeños ramos de violetas de Parma, la flor predilecta del polaco, y nunca faltan cirios votivos encendidos por gente de todos los países. Ante la tumba de Allan Kardec, el fundador del espiritismo, se ofician extraños ritos por mujeres enlutadas que caen de pronto en trance y comienzan a hablar con el ectoplasma del desaparecido. Los novios visitan la tumba donde reposan los cuerpos de Abelardo y Eloísa, apasionados amantes medievales.

Ahora el Pére Lachaise se ha convertido en sitio de peregrinación para incontables chavos y chavas de la nueva ola. Van a rendir tributo a uno de sus ídolos caídos, el músico Jim Morrison. Ahí reposa ese rockero, si es que los rockeros pueden reposar alguna vez. Por los días en que estuve en París se cumplió un aniversario más de su muerte, y su tumba se cubrió de ofrendas, algunas un tanto heterodoxas, como carrujos de mariguana, por ejemplo. Los guardianes del cementerio -al fin franceses- respetaron los tributos de los dolientes. No todas las ofrendas funerarias tienen que ser coronas fúnebres.

Hay tumbas que no aparecen registradas. Conozco una de ellas. Es la de Pierre Duval. Fue un mediocre periodista del pasado siglo que murió en un duelo a pistola. Su inconsolable viuda le pidió a un escultor que le hiciera en bronce la imagen yacente de su esposo, para ponerla sobre su tumba. Vaya usted a saber por qué, el caso es que el escultor le dejó a Monsieur Duval un sospechoso abultamiento en la parte correspondiente a la bragueta. Es muy notorio el bulto. ¿Se trata de algún homenaje póstumo de la señora esposa del desaparecido, que conservaba de él buenas memorias? No lo sé. Lo cierto es que cualquier varón querría tener en vida lo que el señor Duval presenta en muerte.

Eso ha dado lugar a una curiosa tradición. Hay casadas que tardan en encargar familia, aun deseándola. Ese es un problema, pues ya se sabe que los niños vienen de París, y no tenerlos ahí es gran complicación. Las aspirantes a mamá van entonces al Pére Lachaise, y cuando nadie las mira se levantan las faldas, se montan sobre señor Duval y frotan vehementemente su correspondiente parte en la abultada parte del difunto. Se cree que con eso encargarán familia. El tratamiento, según el folklore parisino, es más efectivo que las aguas de San Serenín en la vecina España.

Visité en esta ocasión la tumba de uno de mis autores predilectos: Alphonse Daudet. Su novela de juventud, “Le petit chose” –traducida por la benemérita Colección Austral como “Fulanito”, y por otras editoriales como “Poquita cosa”- me causó impresión imborrable cuando la leí en la adolescencia. Sentimental hoy como ayer, compré un pequeño ramo de jacintos y lo dejé sobre la tumba de Daudet. Mi ofrenda vivirá unos cuantos días. Todos vivimos unos cuantos días.