Panama

¿En el Minsa solo conocen el martillo?

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Jaime Raúl Molina

“Mi mensaje a mi conciudadana embarazada a la que pretenden imponerle esa multa absurda de B/50 mil: si usted no tiene cómo pagar un abogado, por favor contácteme, que yo la represento GRATIS [...]”

El pasado jueves 9 de julio fue noticia que una ciudadana había sido detectada fuera de su casa, en el supermercado, intentando comprar comida con el vale que el Gobierno ha llamado “bono solidario”. La ciudadana había sido sometida a la prueba de la COVID-19 y debía esperar en casa los resultados. Escuché las declaraciones de un funcionario del Ministerio de Salud (Minsa), indicando que a la ciudadana le aplicarían la multa que, según el Decreto 504 de 2020, es de un mínimo de cincuenta mil balboas. ¿En qué cabeza cabe que una ciudadana que necesita el vale para comprar comida puede pagar esa multa?

Este es tan solo un caso más de los ya incontables, que acreditan que en el Minsa existe una idea nefasta de que la pandemia se combate con intimidación y tolete. Se suma a otros casos como el del ciudadano que cometió el crimen de lesa humanidad de sacar a su perro a pasear en infracción del horario absurdo que estableció el Minsa para que podamos salir de nuestras casas. O el de la madre que fue retenida porque salió un día “de varones” para comprar comida, ya que, como toda madre, no soportaba ver a sus niños con hambre.

Casos como estos son innumerables, y demuestran que las autoridades del Minsa, desde el día uno, no tienen idea de cómo tratar una crisis humana. Cuando abrieron la caja de herramientas en marzo, pusieron sus ojos sobre el martillo y desde entonces todos los ciudadanos somos clavos. Tenemos el confinamiento más severo del mundo, y evidentemente no funciona. Panamá ya está en la posición No. 22 en todo el mundo de muertes por millón de habitantes. Pero las autoridades del Minsa y el equipo asesor, tanto el anterior como el nuevo, se rehúsan a contemplar siquiera la posibilidad de aligerar las medidas. Se rehúsan a contemplar la posibilidad, cada vez más difícil de ignorar, de que el confinamiento, particularmente cuando es demasiado severo y prolongado, se torne no solo ineficaz, sino hasta contraproducente.

Pero la pandemia también ha desnudado un cierto afán delator en algunos ciudadanos. Esa sapería de llamar a la policía para denunciar vecinos que están en el área social de su edificio tomando el sol, o están paseando a su perro fuera de su “horario” o en el día del sexo opuesto, me entristece. Eso de tomar fotos a ciudadanos que, luego de cuatro meses, ya no aguantan más el hambre y han salido a ganarse el pan como vendedores ambulantes, haciendo jardinería, cortando cabello y otras actividades lícitas, para compartirlas en Twitter y denunciar a esos ciudadanos como “irresponsables”, me avergüenza. Sobre todo, porque muchos de esos ciudadanos sapos, no han dejado de recibir sus salarios en ningún momento. “Seamos solidarios”, estaba en boca de todos en marzo, pero por alguna razón hay quienes entendieron que ser solidarios es compatible con delatar en Twitter al conciudadano que perdió su empleo y está buscando ahora unos reales en el sector informal, brindando servicios de jardinería y vendiendo los “brownies” que en casa hornea su esposa.

Tengo la sensación de que la mayor parte de la ciudadanía ha sido muy solidaria. Que el que ha podido compartir un mendrugo con el vecino que perdió su empleo y no tiene qué comer, lo ha hecho. Que muchas ciudadanas que han sido contactadas por su estilista que lleva meses sin trabajar, ofreciéndose para hacerle un tinte clandestino a domicilio, lo han aceptado, tanto para recibir el beneficio de sentirse acicalada, como para ayudar a esa persona que no pide una limosna, sino tan solo que la dejen trabajar para llevarle comida a sus hijos en casa. Es mi sensación que mucho ciudadano que durante la absurda ley seca vendía cervezas y vino de forma clandestina, lo hacía porque, siendo propietario de una taberna, discoteca o restaurante, veía ese inventario como su forma de recibir algo de efectivo con el que comprar alimentos para su familia. Todo esto, mientras unos que no han dejado de recibir un centavo de sus salarios, nos regañan por la tele y le imponen multas de cincuenta mil balboas a la mujer que se rehúsa a dejar que la criatura que lleva en su vientre pase hambre.

Mi mensaje a mi conciudadana embarazada a la que pretenden imponerle esa multa absurda de B/50 mil: si usted no tiene cómo pagar un abogado, por favor contácteme, que yo la represento GRATIS para pelear contra esa multa abusiva.

Abogado

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