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Argentina, entre malos y peores

Antes de que el comunismo soviético alcanzar la siniestra sofisticación de diagnosticar demencia y encerrar en hospitales siquiátricos a los intelectuales y dirigentes que no acordaran con el marxismo-leninismo, Stalin trataba de ignorantes y negligentes a quienes lo contradijeran.

En la Revolución Cultural maoísta, a los miembros del PCCh que cuestionaban los ideologismos de Mao se los humillaba públicamente paseándolos por sus aldeas y ciudades portando orejas de burro. Incluso Deng Xiaoping fue condenado a mostrarse como un burro, cuando cayó en una de las tantas purgas contra el “revisionismo” y el “desviacionismo burgués”.

Ese recurso típico del totalitarismo comunista abunda en el arsenal de descalificaciones que usa Javier Milei contra todos los políticos, periodistas y quien fuere que cuestione sus certezas.

La palabra que más usa en esas ocasiones es precisamente “burro”. Como también usa con frecuencia insultos de grueso calibre y vocifera obscenidades con el rostro desencajado, su recurrencia a devaluar mentalmente a quienes disienten con él llama poco la atención. Sin embargo, es el más revelador de sus insultos.

Todos los ataques son tomados como señales de severos desequilibrios síquicos y emocionales. Pero la subestimación mental de quienes lo contradicen es también una señal de instinto autoritario. Y no cualquier autoritarismo, sino el de naturaleza totalitaria.

Ese rasgo genera cientos de análisis de intelectuales, políticos y periodistas que buscan respuestas al fenómeno Milei en patologías como el nazismo. Como si estuviera viendo desde el siglo XIX lo que engendraría su país en el siglo XX, Goethe habló de los “impulsos oscuros de la historia”. Se refería a los tiempos en los que fermentan los liderazgos que canalizan aborrecimientos colectivos.

Es fácil explicar las causas del fenómeno Milei. Están a la vista en un gobierno calamitoso y una clase política decadente. Lo difícil es ver en ese fenómeno la matriz de un buen gobierno.

En Milei bulle lo que Goethe llamó “momentos oscuros de la historia”. Los dos casos de liderazgo con señales de desequilibrios emocionales son Trump y Bolsonaro. Ambos intentaron golpes de Estado.

Las democracias de Estados Unidos y Brasil lograron conjurar el germen autoritario inoculado por los brotes sicóticos en las urnas.

No todos los ultraconservadores son desequilibrados y golpistas. Giorgia Meloni es de ultraderecha, pero su discurso puede ser duro, pero jamás desequilibrado, mientras que su gobierno, hasta ahora, no ha tenido derrapes extremistas.

 
A quién se parecería Mileo como gobernante: ¿a sus admirados Trump y Bolsonaro, o a la inteligente primer ministra italiana?

Que Milei tenga un lado oscuro no implica que sus dos principales contendientes no los tengan. En el lado oscuro de Sergio Massa están su falta de escrúpulos para valerse de las ventajas que le da el cargo; la naturalidad con que cambia de posiciones sin explicar esos giros copernicanos, y su fracaso como ministro cuya misión principal era disminuir o, por lo menos, contener los crecimientos desbocados de inflación, pobreza y endeudamiento.

Patricia Bullrich, más que lado oscuro, lo que tiene son carencias. Por caso su incapacidad de explicar (y tal vez de entender) la crisis económica y los caminos para superarla. Sobre economía solo puede balbucear de manera confusa.

Por suerte lo tiene a Carlos Melconián, que es quien llena sus vacíos con contenidos lúcidos y equilibrados.

Pero más allá de Melconían hay un desierto de ideas. Un buen asesoramiento le sugeriría dejar de decir que “va a terminar con el kirchnerismo”. Suena como un eco invertido del “vamos por todo” de Cristina.

Un gobierno de Bullrich no proscribiría a nadie, pero repetir todo el tiempo que va a “acabar con el kirchnerismo” suena proscriptivo. Lo que debiera prometer es “sacar” al kirchnerismo del gobierno, sin olvidar que su mayor problema en esta elección no es Cristina, sino Milei.

Bien asesorada, lo que Bullrich repetiría es: “nosotros podemos sacar al kirchnerismo del gobierno y cambiar la Argentina, sin chocarla”.