Uruguay

El uruguayo que atravesó África en su moto de 1988 durante año y medio

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Hay tres elementos indisolubles en cualquier historia de un viaje largo: el viajero, el vehículo, el destino. Aquí son: Gustavo Falero, una Yamaha XJ 600 del año 1988 y la costa occidental de África. El cuarto elemento es una pregunta que el montevideano, radicado en Alemania, se hizo tres veces: “¿Y por qué no?”

El plan original no fue el final. Porque lo que empezó como una breve estadía en Marruecos antes de volver a Uruguay y para enviarle a su madre una postal que no fuese Europa se prolongó en una travesía de 18 meses hasta el cabo de Buena Esperanza en el extremo sur. A mitad de camino, este abogado de profesión y de 47 años, se dio cuenta que, aunque podría haber planificado algo (por ejemplo, haber comprado una moto mejor y no con lo que comparó como una Ondina usada con mocasines para subir el Cerro de las Ánimas) y no salir solo “con un mapa y GPS”, recorrer ese continente es impredecible.

“La moto salió con 84 mil kilómetros y llegó a Sudáfrica con 123 mil”, apuntó. Él y la moto no volvieron a ser los mismos.

Gustavo Falero moto áfrica
La moto es de 1988 y recorrió 34 mil kilómetros. Permanece en Sudáfrica.

Muchas anécdotas.

“Un viaje por África sin malaria no es un viaje por África”, dijo Falero con la tranquilidad de que atrás quedó el recuerdo. Esta fue una de las tres paradas obligatorias que tuvo que hacer en hospitales. La de la malaria le tocó en Camerún después de la mitad del recorrido. Un día se quiso levantar y no pudo. Volaba de fiebre y le dolían todas las articulaciones. Ya le habían hablado de los síntomas así que tuvo la certeza del diagnóstico. Cuatro días después recuperó un poco de movilidad. Volvió a la carretera 10 días después.

La otra parada fue en Windhoek, capital de Namibia. Un accidente en una tirolesa sobre un lago terminó con dos heridas grandes en una rodilla al golpearse contra una roca, una infección severa y dos operaciones. Y la otra fue en Togo para coserle un corte en una mano que le hizo un ladrón con una navaja. Fueron los únicos momentos en los que sintió que estaba solo.

Norte y sur.

Gustavo Falero exclama con orgullo que en los últimos cuatro años ha estado en dos lugares emblemáticos para cualquier viajero: el cabo de Buena Esperanza, el punto más austral de África, y el Cabo Norte, en Noruega, el punto más septentrional de Europa continental. A ambos lugares llegó con la misma moto, la Yamaha XJ 600 de 1988. “Toqué los dos extremos alcanzables por tierra”, comentó.

El historial médico se completa con varias caídas de motos que no fueron graves y una intoxicación en Marruecos que lo mantuvo fuera de combate durante unos días. La causante: leche de camello. Pero, de alguna forma, eso le dio resistencia para probar las carnes más exóticas a lo largo de 18 meses sin más problemas. “Comí cebra, búfalo, cocodrilo, boa, puercoespín. En un chiringuito de carretera en Congo no sabías si era el menú o la guía del zoológico. Pero en África central ya era más monótono: arroz y vegetales, pollo o raíces”.

Gustavo Falero moto áfrica
A veces se bajaba de la moto para vivir y compartir las costumbres de los locales.

Comer lo mismo que los lugareños le permitió entrar en confianza. Pero no se imaginaba que también podía ser al revés. Aunque tenía que medir la yerba, convidar un mate “abría puertas”, en particular en Marruecos, donde hay una cultura instalada del té, y que ayudó a que empezara a sentirse en confianza con el viaje. Pero la anécdota más divertida fue escuchar un “onde fica o chimarrão?” de un angoleño en Luena, una localidad de 35.000 habitantes, que lo paró por la calle mientras Falero había llevado a coser unos pantalones. Ese hombre había visto la bandera uruguaya que estaba pintada en su moto. Veinte años antes, había huido de Angola en un barco pesquero que paró unas horas en Montevideo, donde probó el mate, vio el desfile de Carnaval y paseó por 18 de Julio.

“Miró hacia la costa y señaló exactamente para donde está Uruguay. A mí se me movió toda el alma”, confesó Falero. A cambio del mate, le regaló un collar de protección que todavía tiene consigo.

Mirar al océano Atlántico y señalar el horizonte se hizo una costumbre durante el viaje. Así explicaba dónde había nacido. Otra opción era “agarrar un palito y dibujar el planisferio en la arena, cruzar el océano y conectar África con el lugar donde está mi padre, mi madre y mis hermanos”, relató el aventurero.

Donde no necesitó esa introducción fue en Ghana y su nacionalidad fue motivo de recelo. Pero no fue nada que un asado en la playa y un picadito de fútbol no pudieran solucionar. Eso sí, él tenía la camiseta de Forlán y no la de Suárez.

Gustavo Falero moto áfrica
El mate llamaba la atención y le abrió “muchas puertas” para trabar amistades.

Tener tiempo y no tener reloj.

Si Falero estuvo dos veces en el hospital, la moto estuvo muchas más veces en el mecánico. Necesitó cambios de neumáticos, de suspensión, de carburadores, de luces y más. Por varios kilómetros anduvo con el chasis partido; se lo arreglaron en Camerún y se salvó de llevarse “un porrazo grande”. Las reparaciones las hicieron mecánicos con “ingenio”.

“Cuando llegué a Sudáfrica me dijeron que parecía salido de la película Mad Max”, se rió. Él sintió que, una vez que llegó al sur, ya no era Gustavo Falero. En 18 meses había dormido en chozas de barro, en tiendas de bereberes, en casas rodantes, en sillones prestados y en camas de hospital. Le habían enseñado que una cosa es “tener un reloj” y otra “tener tiempo”. En África se tiene tiempo y “la prisa mata”.

El agua corriente o la ducha caliente eran los lujos que se daba en los que llamó “zona de abastecimiento”, los apartamentos de extranjeros que lo recibían por unos días. Lo demás fue “apechugar”.

Y volvería a hacerlo. La moto quedó en Sudáfrica. Él ahora está en Alemania. A penas pueda la va a ir a buscar para retornar por la costa este y completar un nuevo plan que ni siquiera soñó cuando se subió a la Yamaha y solo marcaba 84 mil kilómetros.

Un abrazo en la frontera entre Benín y Nigeria.

En 18 meses a Gustavo Falero le robaron una vez sola. Le quitaron algo de dinero mientras estaba en una playa al atardecer en Togo. No obstante, dijo que no fue la “única vez que lo quisieron desplumar”. Pero no habló de ladrones, sino del personal de las aduanas de algunos de los países que esperaban alguna compensación económica por sellarle el pasaporte. Por otra parte, el pago de ciertas visas, como para ingresar a Camerún o Angola, podía alcanzar los US$ 120. “En la frontera te daban la sensación de que no eran bienvenido pero, fuera de allí, la gente siempre estaba contenta. Nadie tenía mala onda”, apuntó. En particular, en los países musulmanes la hospitalidad era destacable y nunca le faltó una invitación para pasar la noche o cenar.

El momento en el que pensó que un pedido de soborno iba a terminar con su viaje fue durante el pasaje de Benín a Nigeria.

Así lo relató: “Cuando me van a levantar la barrera aparece un militar enorme con una metralleta que se apoya en el manillar de la moto y apreta el freno. Me dice: ‘My friend, you are coming from Germany. What did you bring me for me?’ (mi amigo, tú vienes de Alemania. ¿Qué trajiste para mí?) Yo no sé si me inspiré o qué pero le dije que venía de Uruguay y tenía un abrazo de amigo para regarle y lo abracé. Los demás militares se rieron y me dejaron pasar”. Él se fue temblando.

En Gambia le pasó otra cosa. Ya había estado unos cuantos meses afuera y estaba pensando en volver a Alemania. Pero conoció a un español que lo animó a continuar con su vehículo y a seguir el camino hacia Sudáfrica. Desde ese encuentro, Falero nunca dudó más en seguir y llegó hasta el final. En otro momento supo que el camino de la costa oeste “es la figurita difícil”, es decir, “es la parte de África que hacen los viajeros para terminar de conocer el continente, no para empezar”. Esto se debe a que gran parte del trecho se hace en países sin infraestructura turística y donde casi no hay extranjeros. “No me encontraba con muchos viajeros. Me crucé con algunos que andaban en moto en ese año y medio. Nos agregábamos a un grupo de WhatsApp; éramos 15 más o menos. Casi no compartí el viaje. El 80% lo hice solo. En algún momento te pica el bichito de que tenés que seguir tu camino solo”.

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