Uruguay
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La difícil aventura de cambiar de sexo en el interior de Uruguay

Nicole mira con una sana envidia a las chicas trans de la capital. Las ve espléndidas, sin la necesidad de andar retocándose retazos de polifones o inyectándose aceite dañoso para ocultar lo que no son. En cambio ella, en Rivera, lleva cuatro años esperando unas prótesis mamarias que le den una apariencia más acorde a su identidad.

Álex todavía se enoja cuando recuerda las casi dos horas de ida y dos horas de vuelta en ómnibus que tenía que hacer desde Melo hasta Treinta y Tres en el inicio del tratamiento de hormonización. En su localidad no había un endocrinólogo que quisiera recetarle las hormonas que le darían los pelos, la voz grave y masculina que estaba buscando desde su adolescencia. Cada kilómetro recorrido le revivía aquel calvario que padeció en el liceo, cuando sus profesores, adrede, le llamaban por el nombre con que la habían registrado y no por el que él quería: Álex.

Agustina se ríe —porque el paso del tiempo convirtió el mal trago en humor— cuando rememora las primeras veces que empezó a vestirse como mujer, con 14 años, y que al pasar por la casa de un vecino de su pueblo, Mendoza Chico, el hombre se acercó hasta la ventana para ver pasar “a esa rareza: la primera mujer trans de la localidad”.

Uruguay tiene desde hace cinco años una ley que les dio a las personas trans el derecho a, sin importar su prestador de salud, adecuar su cuerpo a su identidad de género. A cambiar su apariencia. Su voz. Su físico. Pero en los últimos consejos nacionales de diversidad sexual, la sociedad civil organizada manifestó su “preocupación” por las dificultades del acceso a este derecho en algunos lugares del interior. Que no hay endocrinólogos para prescribir el tratamiento. Que el médico de familia no sabe cómo hacer el seguimiento. Que hay discriminación.

El Ministerio de Salud Pública tomó nota y está elaborando un relevamiento para dar cuenta sobre la magnitud del problema, un fenómeno que a priori es más “grave” en la frontera con Brasil y en los pueblos más lejanos a las capitales departamentales.

Según Juan José Meré, consultor de ONU Sida y del Fondo de Población de Naciones Unidas, “Uruguay tiene una normativa ejemplar en la materia, pero todavía tiene que avanzar en la adecuación y la equidad de los servicios”.

Álex nació hace 21 años en el cuerpo de una mujer. Cuando comenzaron sus primeras menstruaciones y sus pechos empezaban a tomar volumen, confirmó que estaba en el cuerpo equivocado. Fue entonces que trató de exteriorizar su sentimiento en el liceo y los docentes —“salvo una profe de arte”—se negaban a llamarlo por su apellido.

—Hasta que usted no cambie su nombre en el registro, seguirá siendo quien figura en la lista—, le decían.

La familia, al contrario de lo que le sucede a muchos varones trans, lo aceptaron “mejor de lo que pensaba”. Y fueron ellos, los más cercanos quienes le alentaron a iniciar el tratamiento con hormonas. La ley tras vigente desde 2018 lo preveía.

“Pero en Melo la endocrinóloga decía que no sabía cómo hacer eso para varones trans, sí para mujeres trans, así que me mandaron hasta Treinta y Tres… por tres meses”.

El consultor Meré explicó que los endocrinólogos son los especialistas médicos idóneos para la prescripción de un tratamiento de este tipo, pero “a veces en algunos lugares de interior no hay la cantidad suficiente, o los días suficientes para garantizar que las personas trans gocen de sus derechos en tiempo y forma”.

Cuando está el endocrinólogo, puede que tarden en llegar las dosis de hormonas que suelen estar en Montevideo. Y cuando está el endocrinólogo y las hormonas, puede que el médico de cabecera encargado de hacer seguimiento al tratamiento no conozca al detalle los derechos de los usuarios.

El Área de Diversidad de la Intendencia de Florida, por ejemplo, realizó entrevistas para conocer los niveles de acceso a los derechos de las personas de la comunidad LGBTIQ que hoy conmemoran la Marcha de la Diversidad. Cuando a un joven varón trans del departamento le preguntaron por cómo se sintió atendido en la salud, el muchacho respondió: “Después un par de veces cuando me atendí ahí, en Florida, siento que había un poquito de desinformación”.

Y una mujer trans, un poco más grande y del mismo departamento, contestó: “Enseguida te preguntan si tenés VIH, o si te hiciste un test de VIH, el estigma del VIH es como una cosa que no le zafás nunca”.

Nicole, la riverense, reconoce que “a las mujeres trans se les hace más difícil que a los varones trans… son tratamientos más difíciles, hay más estigma, pasás menos desapercibida y la prostitución es de las pocas salidas laborales con las que te asocian”. En esa vulnerabilidad, dice, “se cuela cómo se trata en los prestadores de salud y la falta de accesos”.

Ella había empezado a hormonizarse de adolescente, cuando este derecho todavía no era ley. Conseguía recetas de otras trans del otro lado de la frontera, en Livramento, iba a la farmacia y se inyectaba. “No tenía a nadie que me controlara o que atendiera la montaña rusa de emociones por ese shot hormonal”. La primera vez que acudió a un centro de salud para dar seguimiento a su tratamiento, lo hizo en Montevideo a más de 500 kilómetros de su ciudad.

Meré reconoce que las demoras o faltas de especialistas en el interior van más allá del derecho a adecuar el cuerpo a la identidad de género. Pero explica que en estos temas cada tiempo perdido o cada discriminación “genera problemas de autoestima, genera menos interés de acercarse al centro de salud, menos controles…”.

Agustina, quien inició el tratamiento en la capital de Florida a unos diez kilómetros de su pueblo, matiza diciendo de que “la adecuación es cuestión de tiempo y que hay buena disposición del personal de salud para aprender y para hacer sentir cómoda a la gente”. Por eso es optimista que así como su caso ayudó a perder los prejuicios en un pueblo de 1.000 habitantes, siendo la primera mujer trans, también el tiempo irá extendiendo los servicios y conocimientos.

En esa línea, el Ministerio de Salud se ofreció para ser la sede del próximo consejo nacional de diversidad. Allí debatirán qué derechos están todavía rezagados y en qué departamentos hay más falencia de profesionales capacitados. De los datos preliminares, dijeron fuentes de la cartera, “la frontera con Brasil sigue siendo la más relegada”.