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Libros en ruso, cigarrillos y Coca-Cola: prisioneros de guerra rusos en Ucrania a la espera de un canje

AFP
En fila y con la cabeza gacha, varios prisioneros de guerra rusos, ataviados con chaquetas azules y pantalones y botas de trabajo, avanzan camino de un comedor para el almuerzo. En el menú de hoy: sopa de guisantes, kasha (un plato de cereales cocido, típico de la región), ensalada de remolacha y un poco de pan. De repente, se levantan y gritan a coro, en ucraniano: “¡Gracias por la comida!”.

AFP visitó un campo de prisioneros de guerra rusos, abierto el año pasado en el oeste de Ucrania. Kiev se esfuerza por mostrar que trata a los prisioneros de guerra rusos con clemencia.

Las autoridades ucranianas y varios grupos occidentales de defensa de los derechos humanos han acusado en cambio a Rusia de maltratar a sus detenidos. Petro Yatsenko, portavoz de la administración ucraniana responsable de los prisioneros de guerra, se niega a decir cuántos tiene el establecimiento pero los periodistas de AFP vieron un dormitorio con 96 camas, y un trabajador de la cantina afirmó que en la sala, con capacidad para 120 comensales, el almuerzo se sirve en tres tandas.

Este centro es la última parada antes de la libertad para los soldados, que esperan ser intercambiados. Desde que empezó la invasión rusa, en febrero de 2022, 2.598 prisioneros ucranianos han vuelto a Ucrania, en el marco de 48 intercambios entre Moscú y Kiev, según las autoridades ucranianas. Pero del último, en agosto, se beneficiaron pocos prisioneros. Según Petro Yatsenko -que fue parco en detalles-, Rusia interrumpió las negociaciones. Así, la espera puede ser larga: uno de los prisioneros dice que lleva en el centro más de un año.

Varios prisioneros le preguntaron a los periodistas si sabían si se estaba preparando algún intercambio próximamente. En el establecimiento solo viven hombres. Las camas están marcadas con una foto, un nombre y una fecha de nacimiento.

El prisionero más viejo tiene 58 años y el más joven, 19. Según Petro Yatsenko, quince detenidos son musulmanes y en el centro hay una sala de oración y una capilla ortodoxa. En la enfermería, varios detenidos se recuperan, con pijama de rayas.

A uno de los soldados, con el rostro desfigurado por la metralla de un obús, le cuesta hablar. “No puedo comer”, dice el hombre, de 46 años.

Según cuenta, es oriundo de Briansk, una ciudad rusa cercana a la frontera ucraniana, y apenas combatió dos semanas. Lleva casi cuatro meses en el centro de retención.

En el centro hay salas equipadas con televisores y neveras, y los detenidos tienen derecho a llamar por teléfono, pero bajo escucha. En una tiendita se venden golosinas, cigarrillos y Coca-Cola.

También hay una biblioteca con libros en ruso, donde pueden encontrarse desde los best-sellers de Dan Brown a obras de Fiódor Dostoyevski.

Cada mes, Ucrania gasta unos 250 euros (unos 263 dólares) por prisionero, y les proporciona jabón, dentífrico y cuchillas de afeitar.

“No les damos traje de fiesta”, explica Yatsenko, resumiendo las condiciones de detención. Según dice, algunos tienen pensamientos suicidas y reciben atención psicológica.

En el gimnasio del campo dominan los retratos del exfutbolista Andrei Shevchenko y del polémico Stepan Bandera, líder ucraniano ultranacionalista cuya organización colaboró con la Alemania nazi.

En unas pizarras está escrito el himno ucraniano, que suena cada mañana. Cada día, los soldados guardan un minuto de silencio por los militares ucranianos caídos en combate. Los prisioneros “no han venido como turistas”, señala Petro Yatsenko. “Deben saber donde han metido los pies y no olvidarlo”.