Argentina

Con la Celeste y Blanca : tres DTs, tres estilos... y un solo crack

Entonces tenía la vida entera por delante. Apenas había cumplido los 17 años, pero el dolor se pareció el dolor del final. Era dolor de frustración. Si había dado muestras suficientes de su calidad de superdotado, si había sido un acontecimiento nacional su debut con la camiseta celeste y blanca en el amistoso contra Hungría, en febrero de 1977. Pero un año después la voz grave de César Luis Menotti le cayó como una tremenda maldición: “Usted no va a estar en esta oportunidad, pibe, pero su camino es largo. Ya habrá tiempo de Selección. Tiene todas las condiciones para estar en las próximas”.

Y se mordió fuerte los labios Diego Armando Maradona para no permitirse mostrar las lágrimas en público. Y se fue con los dientes apretados a llorar en el vestuario de la Fundación Salvatori, de José C. Paz, el búnker de aquella Selección: su ausencia del Mundial que llegaba, justamente el Mundial de Argentina 78. Lloró y juró que nunca le perdonaría a Menotti ese desaire. Porque tenía una enorme ilusión por inscribir su apellido entre los 22 que representarían a la Argentina en ese Mundia. Y encima sabía que Pelé se había dado el gusto de levantar una Copa del Mundo justo cuando tenía 17 años.

No tardó demasiado en llegar la primera revancha. Fue tan sólo un año después, en Japón, con aquel Mundial Juvenil inolvidable y un Diego brillante que condujo al equipo hacia la vuelta olímpica. Entonces Maradona lo perdonó a Menotti, aunque no olvidó aquel dolor del 78. Ni siquiera con su título de campeón, el primero de su carrera. Pero siguió, si tenía la vida entera por delante. Y se adueñó de la camiseta número 10, nada menos, de la Selección para siempre.

César Menotti y Diego Maradona, durante una práctica de Barcelona en la temporada 1982/83. (Archivo Clarín).

César Menotti y Diego Maradona, durante una práctica de Barcelona en la temporada 1982/83. (Archivo Clarín).

Y deslumbró en las giras del equipo de Menotti por Europa. Con goles espectaculares, jugadas mágicas y un muestrario de talento. Todo el mundo hablaba de ese “zurdo retacón” que de su Argentinos Juniors natal había pasado a la gran conmoción de Boca y que ya era patrón de equipo campeón del mundo. Aquel de “monstruos” como Passarella, Fillol, Kempes, al que había llegado con su compadre, el “Pelado” Ramón Díaz para sumarle brillo. Y vino el estruendo de Barcelona. Y el Mundial de España en el 82. También las patadas indecentes del italiano Gentile y la frustración argentina.

A César Menotti lo siguió Carlos Bilardo. Nada cambió para Diego. O sí. Se hizo propietario de la cinta de capitán que había estado atada al brazo de Daniel Passarella en los últimos tiempos. Pero le debía a su orgullo un título mundial con la Selección Argentina y se preparó para el Mundial de México 86 con la fe entera, aplastando al flagelo que ya lo perseguía. Produjo el milagro de un r rendimiento incomparable. Y aquellos goles contra Inglaterra. Justo contra Inglaterra:uno, el mejor de la historia de todos los Mundiales; el otro, el de la “mano de Dios” como una ofrenda de picardía que -por una vez- mereció el aplauso de la reivindicación. Y todo lo otro. La Copa y el título, tras la victoria por 3-2 sobre Alemania.

Bilardo y Maradona en el mundial de México 86 cuando Argentina fue campeona del mundo.

Bilardo y Maradona en el mundial de México 86 cuando Argentina fue campeona del mundo.

Pero había tiempo. Y volvió a llorar en Italia, en el Mundial de 1990, cuando el sueño de otro título se había esfumado en el último escalón. Bastó su magia, aquel encuentro con Claudio Caniggia, otro de sus compadres futbolísticos, para eliminar a Brasil y seguir hasta la final con Alemania.

Diego llegó, físicamente, muy disminuido a esa cita mundialista, sobre todo por una lesión en el tobillo. Aún así, por decisión y coraje, se sobrepuso al dolor y condujo al equipo a una final en cierto modo inesperada (tras la derrota inicial con Camerún). Y el título se escapó por poco, los alemanes se cobraron el desquite con un penal -polémico- sancionado por el mexicano Codesal.

Después del ciclo de Carlos Bilardo, asumió Alfio Basile en la Selección. Y nada cambió para Diego en cuánto a su voluntad por la celeste y blanca. Habían pasado los años, también había sufrido la primera sanción por dóping en Italia, la salida del Nápoli y la posterior llegada al Sevilla (el reencuentro con Bilardo como DT). Fue convocado por Basile cuando peligraba la clasificación para EE.UU. 94 -tras la goleada que nos asestó Colombia en el Monumental- y aportó en la clasificación ante Australia.

El equipo llegó a Estados Unidos con pronóstico de campeón, comenzó con triunfos ante Grecia y Nigeria. Pero pasó lo que pasó con Diego, con aquel famoso y polémico caso de la efedrina. Y todo se derrumbó. Volvió a llorar Diego Maradona. Fue su famosa frase de “me cortaron las piernas”. El llanto era por impotencia, cuando insinuaba otro final. Pero ese fue, justamente, su final con la Selección.

Diego Maradona en el Mundial 94, cuando la enfermera lo sacó de la cancha para un control antidoping.

Diego Maradona en el Mundial 94, cuando la enfermera lo sacó de la cancha para un control antidoping.

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