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Caso Plácido Domingo: contra los linchamientos

Hace unos días escribía Fernando Savater que una de las bases en que se sustenta nuestra cultura democrática es la separación entre las ideas de pecado y delito. Delito es aquello que va contra la ley, mientras que el pecado es algo personal que depende del sistema de valores de cada uno. Cuando el pecado pasa a ser considerado delito, nos encontramos en un estado teocrático, donde la moral de un grupo se convierte en criterio impuesto a toda la comunidad. Uno se siente muy inquieto cuando un artista de la talla de Plácido Domingo empieza a ser perseguido porque no es una persona intachable y perfecta, o porque su comportamiento resulta, para algunas personas, vergonzoso o incluso inmoral. Todo ello por no hablar de la presunción de inocencia, un pequeño detalle que los americanos parecen haber olvidado por completo. Cuando desaparece, se instituye la ley de Lynch.

Los artistas no son, ni tienen que ser, ni lo han sido nunca, modelos de perfección moral ni tampoco tienen por qué ser buenas personas. Los artistas son admirados y aplaudidos por sus creaciones, no por sus virtudes éticas. Plácido Domingo, que yo creo que sí es una gran persona y un hombre que deja huella en todos los que le conocen, es, y esta es la pura verdad, un Don Juan, un seductor, un mujeriego, un ligón, si quieren. Pero intentar seducir a todas las mujeres con las que uno se cruza, decirles a todas cosas bonitas y agradables y hacerles «proposiciones», no es, al menos por el momento, un delito.

Es posible que una mujer se sienta incómoda si un hombre se le acerca y le dice con tono seductor «¿tienes que ir a tu casa esta noche?». Es lo que le dijo un día Plácido, muchos años atrás, a Patricia Wulf. Pero, ¿es eso un delito? ¿Es acoso sexual? Desde luego que no. La única manera de no sentirse nunca incómodo en ningún intercambio humano es vivir recluido en una celda.

He hablado durante estos días con varias personas que conocen bien a Plácido Domingo. Sería difícil encontrar a una personalidad tan universalmente querida. Las historias de su generosidad, de su entrega a los demás, de su energía incesante para apoyar cualquier causa que se le presente, de meterse en un estudio de grabación a las cuatro de la mañana, de dar su nombre y de poner su prestigio o su arte al servicio de cualquiera que se lo pida si la causa le parece meritoria (un teatro con dificultades económicas, un colegio en África, un joven cantante que necesita apoyo), son infinitas.

Plácido tiene solo una obsesión: hacer felices a los demás, sean quienes sean. Los que le conocen bien afirman enfáticamente que Plácido jamás haría daño a nadie conscientemente y mucho menos a una mujer. Todo el sentido de su vida personal y artística van exactamente en la dirección opuesta. En el Teatro Real, por ejemplo, todo el mundo lo adora: cantantes, miembros del coro, peluqueras, personal de limpieza. Todos, hombres y mujeres, pero sobre todo las mujeres. Cuando se está un rato con Plácido, me dicen, una se siente como una reina. Todo esto puede parecernos anticuado, una forma de comportarse de otra cultura, quizá, o de otra época. Pero debemos respetar los modos de otras culturas. Sí, soy consciente de lo extraño que resulta decir eso en esta época en la que, insensiblemente, todos estamos siendo dominados por los valores de la cultura anglosajona, con su tremenda inhumanidad y su incapacidad para establecer relaciones personales no basadas en reglas y en protocolos.

Total y completo

Domingo es uno de los grandes cantantes de ópera de todos los tiempos. No se trata solo de la maravillosa belleza de su voz, naturalmente adecuada al repertorio italiano y, desde luego, al español, pero que él ha sabido llevar a muchos otros repertorios, como el alemán, con sus heroicas grabaciones de Wagner o su inolvidable «Emperador» de La mujer sin sombra, ya que Plácido ha cantado al menos en once idiomas, sino sobre todo a su inmensa musicalidad.

Plácido, que ya con quince años estaba dirigiendo zarzuelas y haciendo arreglos instrumentales en la compañía de sus padres, es un músico total y completo. Su generosidad, su entrega a infinitas causas (pocos saben, por ejemplo, que después del terremoto de México construyó un barrio entero en esa ciudad de forma anónima), la legión de colegas que le adoran (y que apenas se atreven a defenderlo en público por miedo a la nueva inquisición), la impresión imborrable de bondad y de alegría que ha dejado en tantas personas que lo conocen son, sin duda, importantes. Pero Plácido no es un artista mundialmente reconocido por sus grandes cualidades como persona, sino por sus cualidades artísticas. Mezclar ambas cosas es un disparate.

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